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Entrevista a Juan Carlos OnettiJorge Onetti El antebrazo vertical, la palma de la mano al frente, nos saludamos como los indios de las películas del Oeste toda vez que entro en la caparazón que le hace de dormitorio o viceversa. Esto, aunque ya de rigor, es un espontáneo y adecuado salve para el gran jefe Toro Acostado. Sin embargo, hoy es distinto ya que me lleva la -para mí- jodida misión de entrevistar a Juan Carlos Onetti. Dadas las circunstancias, es preciso que tome nueva conciencia del entorno: penetro en un pequeño caos biblio-medicamentoso condensado entre dos camas de hospital. Abunda el humo de tabaco, murmura un volcán electrónico que vomita vapor, me enfocan pequeños reflectores aptos para la confesión o para un rodaje en Liliput mientras que, una virgen encinta colgante de una pared, lamenta nostálgica la ausencia del "Rosenkavalier". Como telón de fondo, una ventana idiota. Si se pretende ser poético y tropical como el cubano Lezama Lima, "una cornucopia heteróclita". Me siento en la cama desocupada, que es la de Dolly, esposa del escritor -y ocasionalmente también de Biche, olvidada perra de la dicha consorte- y no sé por dónde empezar. Desde la otra cama el escritor oriental (por ser nacido, pronto hará 85 años, en la República Oriental del Uruguay) me dirige una mirada brillante, las cejas asombradas, la boca con un temblor imperceptible en el esfuerzo de dibujar una sonrisa comprensiva sobre una mueca burlona. "Y bueh" -dice mientras sus finísimas y prolongadas manos de bambú o de negro ablandan suavemente un cigarrillo-, "adelante. ¿Qué se le va a hacer cuando no hay más remedio?" Jorge: ...ahí va: La presentación de tus cuentos completos será el dos de marzo. De entre todos ellos, ¿cuál es tu favorito? Juan: Por razones que no se pueden decir, en este momento mi cuento favorito es "Jacob" y el otro... responde encarándome para después evadir el rostro. Jorge: ¿A qué viene tanto misterio? Juan: Porque está en trámite una versión cinematográfica. Jorge: ¿Y, eso, qué tiene que ver? Juan: No lo puedo decir todavía. ¡Qué se le va a hacer! Jorge: Puede decirse que, por alguna oculta razón, Jacob es tu cuento preferido. Guarda silencio. Sorbe, lento, de su vaso de whisky y finalmente responde: Juan: No es exactamente el que más me gusta. Luego, ahora, por ese asunto cinematográfico, es el cuento que está separado de mis recuerdos. Es decir, que me lo separaron. Jorge: Porque está descontaminado de recuerdos. Juan: Sí, algo por el estilo. Jorge: Ahora yo tendría que preguntarte... a ver... Sí: ¿cuál es el cuento que te proporcionó mayor placer? Juan: ¡Ah!... Es lo mismo que si me preguntaras por mujeres. ¿Quién se acuerda? ¿Quién mide? Jorge: Entonces, si me lo pones así, ¿cuál fue el texto que te produjo más dolor? Juan: Puede haber sido Los adioses, que no es cuento. Recuerdo que viví los personajes. Tal vez por razones extraliterarias. La Biche gruñe y araña el borde de la cama donde estoy sentado. Viene Dolly y la ayuda a treparse, tal vez, para que me haga compañía. Aunque nuestra relación está marcada por un gran pudor sobre temas personales, sé que debo indagar sobre esas razones y lo hago. Casi llega a incorporarse y simula vociferar: Juan: ¡No se puede confiar en nadie: ni en mi hijo ni en mi perra! En este momento, prefiero no contestar a esa pregunta. Jorge: Está bien; pero esta perra pulguienta me acaba de decir en la oreja que estás escribiendo una novela. Te volvió "el ataque de escribir", como vos decís. Porque sólo escribís cuando estás atacado. Juan: Sí. Absoluta verdad. Le pregunto cuál es el tema -ya lo sé, aunque él no sepa que estoy enterado de que es una novela que está loca-, pero ahora me toca a mí hacerme el gitano enigmático con los lectores y respetar la ley del silencio. Hace un suave corte de manga antes de responder: Juan: ¿Cómo me podés hacer esa pregunta? Vos sabés muy bien que eso es yeta o, como se dice acá, gafe contar el tema de una novela antes de terminarla. Jorge: Está bien. Si te parece, viajemos ahora a Santamaría, donde Brausen es el único Dios verdadero. ¿No crearán problemas los integristas en la novela que estás escribiendo? Juan: No sigas dándole al whisky, que te hace mal. Mirá, es fácil: Brausen como lo sabe todo el mundo que haya leído La vida breve inventa una ciudad y crea unos personajes. Luego, es Dios; al menos para algunos sanmarianos. Y, sí; ahora que lo pienso, es posible que entre las integrantes de la procesión de mujeres contra el prostíbulo de Junta, bajo el lema de "Queremos novios castos y maridos sanos", se produzca un brote de integrismo. También está la Liga de Caballeros Católicos, pero el padre Bergner es demasiado inteligente para permitirlo. No es por decepcionarte, pero no van por ahí los tiros de la próxima novela. A pesar del desganado entusiasmo que pone al hablar, cada vez va irguiendo más la cabeza y solícita y única Dolly pulsa el mando que eleva el cabezal de la cama. Entonces aprovecho para cambiar de tema y le pregunto: Jorge: ¿Qué vínculo existe entre aquel armario de tu infancia, en el que te encerrabas durante horas con un libro y un gato dejando una pequeña abertura que te permitiera leer y tu reclusión definitiva y voluntaria en esa magnífica cama? Juan: No sé si habrás notado que leer es algo que me gusta bastante y nunca pude extraer placer al cien por ciento leyendo sentado a una mesa. La cama, esta habitación donde, si yo no quiero, no entran más que Dolly y la Biche, viene a ocupar el lugar de aquel viejo ropero de una especie extinguida y de los que ya no quedan ejemplares. Estoy seguro de que, por un instante, ha regresado a la vida intrauterina dentro del viejo armario donde volvió a ver al niño de clase media baja que, en cierta ocasión se atiborró de caviar porque su padre, mi abuelo, trabajaba en la aduana de Montevideo donde adquirió una partida decomisada de ese producto. Advierto que no le divierte mucho hablar sobre un tema tan cuadropedestre como la cama y vuelvo a darle un giro a la conversación. Jorge: Ahora, con tu permiso, hablemos de los temas, ¿es cierto yo creo que es obvio que, cuando a un escritor le llega un tema, siente que tiene que ser novela o tiene que ser cuento? Juan: Sí, seguro. Yo creo que los temas vienen ya con un sentido de muchas páginas o pocas páginas. Eso se nota o lo noto yo muy especialmente cuando el tema es para novela corta. Jorge: Y acá caemos en la eterna discusión sobre si un determinado texto es una novela corta o un cuento largo. Juan: Un escritor francés... dice, la cabeza inclinada hacia atrás mientras amasa y enciende otro cigarrillo...bueno, ahora no recuerdo su nombre, llamémoslo Dupont. Ese escritor francés, digo, sostenía que el cuento es tuerto porque ofrece una sola visión, da una perspectiva única de los hechos. En cambio, la novela suele exponer un tema desde diversos ángulos o puntos de vista. Jorge: Si le hacemos caso al señor Dupont, El perseguidor, de Cortázar, sería un cuento largo, mientras que tus Adioses resultaría ser una novela corta. Juan: Sí, yo creo que sí. Jorge: Permitime que vuelva sobre eso de los ataques de escritura: supongo que, por poner un ejemplo, no es el mismo tipo de ataque el que lleva a escribir Bienvenido, Bob que del que surgió Un sueño realizado. Juan: Claro que no. El primero, nació precisamente de un sueño. Había una mujer a la que vi esperando el paso de un coche y supe de inmediato que ella también estaba soñando. De Bob no me acuerdo, no quiero hablar ahora. Jorge: Además, insisto sobre el asunto de los temas, yo diría que cualquiera sea el género en que se plasmen vienen ya con un ritmo y una música. Juan: ¡Claro! Eso es muy lindo, así que ponelo como si lo hubiera dicho yo. Acá, cuando transcribas esta cinta, si vos le intercalaras entre paréntesis (Risas)... Jorge: ¿Risas? Juan: Sí, veo entrevistas en las que, cuando el entrevistado dice una frase supuestamente ingeniosa, entonces, entre paréntesis, ponen: "risas". Jorge: Ya. Mi ingenioso entrevistado (Risas), decime si preferís escribir cuento o novela. Juan: No tanta risa, porque ¿preferir? No, si quedamos en que el tema viene ya con su... digamos... formato. Ahora, claro, hay también un problema de tiempo, de si se te llega a ocurrir un tema novelesco y uno se echa atrás: "si empiezo, cuándo lo termino?, ¿lo terminaré o no lo terminaré?". Bueno, fijate vos: un genio, un absoluto genio como Proust, se murió antes de corregir la última parte del Tiempo perdido. Y, bueno, entonces yo también pienso un poco en esa posibilidad ¿no? (Se toma su tiempo entre el humo interminable de sus cigarrillos y continúa:) A pesar de lo dicho, yo te diría que, si uno está escribiendo una novela... Bueno, pensándola, todo el proceso de fabricación, está atado a esa novela. En cambio, el cuento me parece que es posible escribirlo y olvidarlo en veinticuatro horas o en cuarentiocho. Ahora, claro, que hay cuentos tan perfectos, tan buenos hechos por otros, claro, que uno piensa que ese individuo quedó también atado a ese cuento. Jorge: Algo que no tocamos es el sentimiento de culpa. En Para un tumba sin nombre Jorge Malabia dice (cito de memoria) que todos los habitantes del mundo somos culpables por haber nacido. Culpa y culpable son, además, palabras bastante frecuentes en tu obra. Juan: Es que todos somos culpables ya sea por haber nacido o por haber traído hijos al mundo, lo que es equiparable a un asesinato a medio o largo plazo. Jorge: Nacemos para morir, como se filosofa en los velatorios, ¿no se salva nadie? Juan: Claro que no. Es evidente. Jorge: Lamento no estar de acuerdo ya que carezco de sentimientos de culpa y no sé si coincidiremos en que abundan los lectores que no saben leer y que son, precisamente, aquellos que te acusan de pornografía. Me parece absurdo porque aunque tal vez yo tampoco sepa te considero un moralista. Juan: No, incluso buenos lectores dicen que mi obra es pornográfica. Eso es parte de la leyenda negra de Onetti pero, hasta el día de hoy, nadie me ha señalado un pasaje concreto con algo de pornografía. En cuanto a eso de moralista, que te recontra. Lo único que sé y he dicho hasta aburrir, es que escribir es un acto de amor. |
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