Mariposa,
homenaje a Marosa Di Giorgio
El pozo del alma (Recordando a Juan Carlos Onetti, escritor uruguayo)
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Escapado de alguna de las escasas páginas de El Pozo,
Eladio Linacero se levantó de la cama, en su piso de Madrid, la noche del
treinta de mayo de 1994. Subió sin prisa al tranvía que lo conduciría a
más de medio siglo atrás hacia el vasto Sur, buscando quizá,-la huella
del origen, el ilusorio ayer, o simplemente, redimir el injusto destierro. Se bajo en 1941, en el abominable pozo del escepticismo
en la avenida Corrientes en Buenos Aires. La memoria, no precisa claramente el lugar, bien pudo
haber sido en El Foro donde quizá aún sobreviviera algún amigo de los
periodistas o intelectuales que frecuentaban el café, o en El Politeama,
para reencontrarse con alguna actriz amateur frustrada o simplemente con
cualquier voz apagada de algún antepasado. La memoria sólo habla de la atmósfera de desarraigo
de los habitantes de la urbe , de un mundo cerrado, sin historia, sin
metafísica, un mundo insípido, desterrado del tiempo del origen, en
donde ese viajero del olvido buscaba ser habitado por un alma, armado tan
sólo con un libro, El Pozo, en su bolsillo izquierdo, junto al corazón. Ese había sido el año que comenzó a ser conocido,
cuando el diario La Nación de Buenos Aires publica su mejor cuento corto,
Un sueño realizado. Pero ese momento, de abandono del anonimato no es
precisamente el momento que quiere recordar; sino el año 1939 cuando en
su Montevideo natal se publica El Pozo, su primera novela, que había
perdido años atrás en una de sus tantas mudanzas y que ahora volvía a
reconstruir con notable memoria. Dejé de escribir para encender la luz y refrescarme
los ojos que me ardían. Debe ser el calor Pero ahora quiero hacer algo
distinto. Algo mejor que la historia de las cosas que me sucedieron. Me
gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos
en que tuvo que mezclarse, queriendo o no.1 Por qué El Pozo, pues porque allí estaba cifrando
toda su narrativa posterior; pues creo que esta corta novela fue su
libro más sincero, su más real confesión, y creo también que el valor
de la obra onettiana comienza allí, con la universalización de su mundo,
pues su problemática abarca toda la existencia, toda la historia del
hombre, toda la aventura interior del hombre y también, aunque sepa
ocultarlo, una preocupación metafísica y una búsqueda de salvación.
Por lo tanto, para aquellos que lo consideran un autor exclusivamente
existencialista, les sugiero la lectura de su cuento Jacob y el otro. Lejos estaba Linacero de imaginar que con el tiempo la
portada de El Pozo con dibujo y firma de Picasso se convertiría en el más
célebre Picasso uruguayo. Se dice que hay varias maneras de mentir; pero
la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad,
ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos,
son recipiente que tomarán la forma del sentimiento que los llene.2 Finalmente Linacero llegó al Café Libertad donde El
Pozo era casi una Biblia. Allí estaban, como siempre, Mario Arregui, Líber
Falco, Denis Molina, Paco Espinola, y algún otro escritor preferido. El amor es maravilloso y absurdo, incomprensiblemente,
visita a cualquier clase de alma. Pero la gente absurda y maravillosa no
abunda; y la que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud.
Después comienzan a aceptar y se pierden.3 El pozo se cierra. el mundo de los años treinta dejó
de existir; Eladio Linacero, -luego será Larzen, Díaz Grey, Carr Medina-
no quiere ocultarse más. En un último gesto buscará aún la historia de
un alma en Montevideo, en Buenos Aires, en la mítica Santa María y
nuevamente en Madrid, pero esta vez convertido finalmente en Juan Carlos
Onetti. Pero el Onetti actual ya no quiere encontrar nada, la
vida de los 90 no tiene nada que ver con su pasado literario de la década
del cuarenta, en donde había sido el primero en criticar el nativismo
predominante de los años treinta, la estupidez de las modas literarias,
la agotadora retórica del lorquismo y el nerudismo, y donde también,
tomando la mejor influencia exterior elabora una escritura propia, madura,
condenando no solo al realismo predominante de nuestra América sino
también a los impuestos requerimientos de la Europa ávida de exotismo. La clave onettiana es quizá su continuo preguntarse
por el sentido ultimo de la vida, la búsqueda de ese sentido que pueda
llenar el pozo, la aceptación de la muerte inexorable, un anhelo de
trascendencia, en fin todo lo que el consideraba el misterio de la
existencia. La noche del treinta de mayo de 1994 Juan Carlos Onetti
desciende ya sin prisa el último peldaño del tranvía que lo conducirá
definitivamente y felizmente al pozo de la nada y la esperanza, y a la
hora prefijada, ese treinta de mayo precisamente, entra en la eternidad. Poco he tergiversado o soñado esta corta historia, es
una manera de recordar al escritor que nos legó la intimidad oriental, el
lenguaje de los uruguayos, el hábitat de su alma, el impudor de la
melancolía, el singular misterio de cada instante. Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor
de no usar pretexto. Me hubiera gustado clavar la noche en el papel como a
una gran mariposa nocturna. Pero en cambio, fue ella la que me alzó entre
sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, inexorable,
entre fríos y vagas espumas, noche abajo. Esta es la noche. Voy a tirarme en la cama, enfriado,
muerto de cansancio, buscando dormirme antes de que llegue la mañana sin
fuerzas ya para esperar el cuerpo húmedo de la muchacha en la vieja cabaña
de troncos.4 1,2,3, 4-Fragmentos de El
Pozo
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