|
Montevidea Por Marcelo Scalona |
|
|
"Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche.
Nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir"
Ya no. Idea Vilariño.
Podría
ser millonaria. Le bastaría con autorizar a Editorial Planeta para que
publique el epistolario de cincuenta años de su amor difícil con Juan
Carlos Onetti. Se vendería más que El amor en los tiempos del cólera.
La última carta (15 carillas dicen), Onetti se la escribió diez días
antes de morir, a los 86 años. Fue un amor que atravesó media centuria,
tres matrimonios de él y la eternidad de ella. Una vez dejaron de verse
durante diez años... ¿Y qué...? Las cartas están celosamente guardadas
por un amigo de ella, profesor de letras montevideano, que podrá
publicarlas solamente después de la muerte de Idea. ¿Quién dijo que
todos los hombres tienen precio? Podría
ser famosa, pero jamás quiso entrevistas, prensa, publicidad, agentes. ¿Carrera
literaria? No sé... es poeta. La periodista yanqui Judy Berri‑Bravo
tuvo que venir siete veces de USA para hacerle una nota completa. Recién
en 1997 (a los 77 años) aceptó que le hicieran una entrevista filmada de
la que quedó el video Idea (Peyrou‑Rocca). La Suplicante
(1er. libro, 1947), siempre militó en poesía: la voz del viento, el
secreto, letra pequeña y su obra completa cabe en un tomo. Difícil de
conseguir, en una edición por demás discreta y simple (Ed. Cal y Canto,
1996). Fue traductora, profesora, crítica, fundó la revista Número
con Mario Benedetti, le puso letra al nuevo himno nacional uruguayo y a
muchas de las canciones de Viglietti, Zitarrosa y Los Olimareños. Yo no sé
si los uruguayos lo saben (entiendo que sí), pero ella es su último
numen. ¿Se animarán a ponerla en los billetes como a los artistas
varones, Figari, Torres García? No será Batlle, claro, quien ponga a esa
niña anarquista militante de 83 años en la moneda, pero desde su lecho
de siempre enferma (huesos, asma, la pena) es la llama votiva del Uruguay.
Postrada en esa cama de la calle Anzani, desde el Barrio Buceo, ilumina el
bello paisito, que para unos es la Suiza sudaca, y para nosotros, una
Viena o Montparnasse del fin del mundo. Hasta ese lugar fui el sábado 31 de enero, previa
cita telefónica donde me advirtió que sería breve y de parado; que le
dolía mucho la espalda, que no podría levantarse. Llovía en Montevideo
del modo que lo describe Onetti en el último renglón de su última
novela (Cuando ya no importe): "...hay en esta ciudad un
cementerio marino más hermoso que el poema.... la losa no protege
totalmente de la lluvia y además, como ya fue escrito, lloverá
siempre". El
camino es más directo por Avenida Italia en vez de La Rambla. Al 3600, se
dobla a la derecha y ya. Es un barrio clase media baja, una casa común;
me recordó mi calle Ayolas, solo que en vez de los silos del puerto,
rejas, galpones o clubes privados, ellos tienen una rambla pública,
popular y tan ancha como ese río con olas. Nada de rejas, ni puertos de
palos ni clubes de yates, ni tantos bares concesionados. La costa parece
de la gente, un espacio libre, público, popular, gratuito. Reconoció
con alegría a Rosario, a Página/12. Tiene la voz más dulce,
profunda y soñadora que puede hacer pensar que va a cumplir cuarenta y
tres el mes que viene. Sonríe con la boca y sufre en los ojos, pero ningún
dolor ha podido borrarle las señas de madona renacentista.
¿Reportaje? No... ¿para qué? No está de ánimo, quizá otra
vuelta... Se disculpa. Estuvo bien que ni se me ocurriera una cámara de
fotos. Sentí que no iba a
verla, pero cuando dije que era escritor, que tenía tres libros, uno
nuevo, cambió el viento. Con esa voz avariciosa que sólo tienen los
enamorados, dijo: ‑ ¿Y tiene algún libro para mí? Pero fue como
una súplica, como si de verdad, para ella, a los 83 años y después de
haber leído todo, un libro nuevo, otro libro de alguien (ignorado por
supuesto) fuese de verdad importante. ‑ Entonces sí... llámeme el
sábado y pasa. Le gustó
el título Compostura de Muñecas. Recordó que era uno de los
pasatiempos favoritos de Roberto Arlt, y yo recordé que cuando Onetti le
llevó El Pozo a Arlt, el alemán le preguntó a su secretario en Crítica:
‑ ¿Decime che... Aníbal, yo publiqué algún libro este año? ‑ No señor, este año no... ‑
Entonces, éste, es el mejor libro del año... Me acordé
de la escena, pero no la dije. Ni loco iba a recordarle a Onetti. Ni
palabra sobre eso, está todo en Construcción de la noche
(Gilio‑Domínguez, Ed. Planeta, 1993). Yo no iba por chismes, quería
ver la lámpara suplicante, una de las últimas con vida (junto a Marosa)
de aquella corte de los milagros de la palabra: Orozco, Silvina,
Alejandra... Una
habitación como la nuestra, revuelta, libros y revistas por todas partes,
tazas, medicamentos, un aspirador manual para el asma, vi la marca
"Oxibrón" y recordé otras noches mías. Temblé pensando en
los manuscritos que podía haber dando vueltas por allí. Una hermana
silenciosa la asiste. Me tiende la mano, saludo antiguo. La foto de mi
libro le parece de su álbum familiar. Justamente, mi tía Adela, tendría
su misma edad. Y todo es muy breve, casi un saludo, me pongo torpe, me
queda grande la escena o la mujer. Es tan dulce, tan pausada, tan segura.
Me escribe una dedicatoria en su último libro de 40 poemas (No,
1989). Espera la mía en el mío. Y
enseguida se vuelve a ir lejos. Le prometo volver si un día está mejor y
podemos hablar un rato. Si yo estoy mejor, quizá podamos hablar un rato.
En la despedida me juego y agachándome nos rozamos las mejillas.
Caramba... estoy conmovido. ¿Sabré qué mejilla estoy besando? Entiendo
que sí, pero no puedo hablar por un rato. El último poema del último
libro son apenas dos versos: "Inútil decir más./ Nombrar
alcanza". Todo el
camino a Rosario, el mapa es una sucesión de mujeres: Santa Lucía,
Colonia, Dolores, Mercedes, Santa María de Onetti, Victoria y Rosario.
Todas las ciudades son mujeres y una mujer es una ciudad. ¿Qué esperan
los uruguayos...? ¿No se dan cuenta...? No es Montevideo. Ya no. Algún día
sabrán que era Montevidea. |
|