Rogelio Demarchi publica “Padre Brausen que estás en mi cama”, un ensayo sobre Juan Carlos Onetti y la saga de Santa María imaginada por el uruguayo.
Una escena casi final de La vida breve (1950) pone al protagonista de la novela como testigo del cierre de una historia sobre la que nada se cuenta pero que, años más tarde, aparece mencionada nuevamente en Para una tumba sin nombre (1959) y que El astillero (1961) ubica en el pasado. Esa historia se deja leer entrelíneas en "El álbum" (1953), "Historia del Caballero de la rosa y de la Virgen encinta que vino de Liliput" (1956) y "El infierno tan temido" (1957). Esa historia tantas veces negada es la historia de un prostíbulo, y es narrada finalmente en Juntacadáveres (1964).
En la segunda mitad de los ’60, cuando el autor de esos textos, Juan Carlos Onetti (1909-1994), genera un interés creciente en la crítica, la saga de Santa María ya es un ovillo que mezcla los hilos de varios cuentos, novelas y nouvelles.
Mario Benedetti escribió, en 1965, que para que tantas novelas y relatos "se crucen, complementen y hasta recíprocamente se justifiquen", Onetti tuvo que concebir y organizar "la historia total" de su Santa María hasta el más mínimo detalle antes de sentarse a escribir el principio de la saga. A pesar de tan fallida conjetura, pronosticó que "para algún erudito de 1990, representará una desafiante tentación el relevamiento de un índice codificado que incluya todos los personajes onettianos, sus cruces y sus relaciones, así como las anécdotas de cada novela que aparecen imbricadas en las demás".
La saga de Santa María incluye 8 cuentos, 4 nouvelles y seis novelas, y se interrumpió, por esas cosas que tiene la vida, tras la publicación de Cuando ya no importe (1993). Hubo tiempo suficiente, desde la "Profecía Benedetti", para que el ovillo textual fuera desmadejado varias veces más y hasta para que fuera teñido: Santa María fue incendiada y reconstruida; fue gobernada por militares asesinos como corresponde al destino latinoamericano; su fundador, Juan María Brausen, fue canonizado y convertido en Dios; Larsen, el proxeneta, fue elegido como su Hijo, de modo que murió y resucitó; el empresario Jeremías Petrus se convirtió en el único millonario post mortem que se conoce en la historia de la literatura; Jorge Malabia malgastó la plata familiar en el exilio tratando de inventar ficciones que eludieran el peso del genocidio militar; y el médico Díaz Grey llegó a ser uno de los padrinos de la mafia del contrabando.
Hasta donde he podido reconstruir la historia de la crítica de la obra de Onetti –cómo, cuándo y por quién es leído–, la "Profecía Benedetti" no se ha cumplido. Nadie ha codificado las historias de Santa María y sus protagonistas, lo que quiere decir que nadie ha realizado todavía una lectura de la saga.
Es por ello que la primera parte de mi trabajo –"El hombre invisible"– analiza los discursos críticos centrados en la obra de Onetti a los que se puede entender como los más representativos; y en su último tramo explicita una manera de leer la saga.
Porque hay, al menos, una lectura posible. Para usar los términos de Benedetti: los cruces y las relaciones entre los personajes o las anécdotas de cada relato que aparecen imbricadas en los demás permiten reconocer:
* un espacio central, Santa María, y su periferia –la Colonia, Villa Petrus, Lavanda–, que experimenta un desarrollo urbano determinado (por ejemplo, al principio la plaza es sólo un proyecto y luego se concreta con un monumento, que con el tiempo se va llenando de verdín o se va transformando);
* un grupo de personajes, y lógicamente cada uno de ellos crece, envejece, muere, se casa, viaja, regresa;
* y un conjunto de anécdotas...
Este es el objeto de la segunda parte del trabajo –"En el nombre de Brausen". Si por el hilo se saca el ovillo, como dice el refrán, de lo que se trata es de reconstruir hipotéticamente el hilo temporal de la saga: en qué orden se suceden las anécdotas, según el momento de vida que marca a sus protagonistas y el período urbano en que acontecen.
Ficción dentro de la ficción. Hugo Verani se equivoca al manifestar que el gran riesgo de esta opción es "caer en anacronismos y llegar a conclusiones incongruentes" porque "Onetti se permite el placer de destruir la secuencia lógica y natural; su mundo narrativo no sigue un plan premeditado y cuidadosamente formulado". Ni tanto ni tan poco, se podría decir respecto de los dos segmentos en que se puede subdividir la cita. Hay un orden cronológico que, en lo fundamental, se puede reconstruir para armar pequeños bloques temporales y sostener que tal cosa sucedió después o antes de tal otra. Y la reproducción de párrafos, cuando no escenas, de texto a texto, con mínimas variaciones, demuestra que en casi todos los casos los engarces intertextuales han sido bastante estudiados.
La intertextualidad, entonces, es la clave a privilegiar en la lectura de la saga. Su valor es tal que regula el significado pleno tanto de enunciados circunstanciales como de un conjunto de marcas retóricas y estilísticas, y en no pocos casos alcanza valor metaficcional y/o interdiscursivo: porque la reflexión metaficcional está presente desde el inicio de la saga –dentro de una ficción alguien crea una ficción– y porque a partir de un momento medianamente fechable Onetti comienza a convertir sus declaraciones periodísticas en historias de Santa María o utiliza sus narraciones para responder a sus críticos.
Tras el establecimiento hipotético del orden cronológico, se debe conjeturar por qué un escritor ha elegido esta opción y qué significado alcanza la construcción de esta saga. En este sentido, mi hipótesis ha sido subdividirla en dos períodos productivos:
* Desde su inicio y hasta 1973, presenta una poética de la ficción que se opone a una teoría del conocimiento de lo real. El deseo de narrar es activado por la imposibilidad de arribar a una verdad sobre el sujeto; si el sujeto siempre miente, simula, inventa, lo más parecido a la verdad es la creencia, y ésta es subjetiva, personal. Como quienes narran son los notables, los que se distinguen por poseer cierto capital económico y cultural, y todos ellos tienen ciertas aspiraciones intelectuales, representan a una clase social y como tal comparten esta filosofía. De modo que desde el hilo temporal de la saga, lo que en principio puede ser una estructura de sentimiento más tarde se vuelve hegemonía. Así, la saga como opción artística cobra sentido (y se diferencia del resto de la obra de Onetti): no se escribe sobre un sujeto sino sobre una sociedad.
* Desde 1978 y hasta 1993, si bien pervive algo de lo anterior, ahora la saga pone el acento sobre una política de la memoria que no se opone a la creciente tendencia social. Hasta aquí el mundo de Santa María había sido construido tan autorreferencialmente que las vivencias políticas latinoamericanas jamás se refractaron en ella. Sin embargo, las dictaduras genocidas del Cono Sur en los 70 son un Auschwitz después de Auschwitz que reformula el famoso interrogante planteado por Theodor Adorno. Y Onetti, como se verá, fundó su escritura sobre un principio estético y político: tratar de ser fiel a lo vivido.
Desde la cama en la que supo encerrarse, Onetti multiplicó los panes para alimentar su vicio, su pasión y su desgracia: la literatura. Tengo para mí que fue el único escritor con posibilidades serias de pelearle el centro del canon rioplatense a Jorge Luis Borges.
Sin embargo, la crítica ha calificado a su obra como hermética durante demasiado tiempo. Y a él, más allá de su automarginación, lo ha tratado como a un hombre invisible.
Como prólogo al centenario de su nacimiento, es hora de intentar explicar la actitud que asumieron algunos críticos frente a su obra y de realizar otra lectura de las narraciones que constituyen la saga de Santa María.