30 abril 2006

Pandémicos revolcones

De esos episodios y de otras muchas cosas, teóricamente más importantes, habla Luis Antonio de Villena en sus Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma, un libro excelente que ha publicado Seix Barral.

El flash, imprescindible, claro, porque casi todos esos encuentros y travesías de los dos lados de la Castellana que evoca Villena en este libro fueron nocturnos. Y ese fogonazo los ilumina. Esta es una iluminación escrita con altísimo aprecio, pero sin beatería. Una iluminación que pone al descubierto las contradicciones, la escisión dolorosa que explica esas duplicidades que se hacen explícitas en Pandémica y celeste o en Contra Jaime Gil de Biedma, dos de sus poemas vertebrales.
A los lectores de Gil de Biedma este libro les refrescará la memoria de muchos de aquellos poemas alusivos y elusivos a un tiempo.
Quienes no lo hayan frecuentado en la evocación hecha por Villena hallarán una de las mejores introducciones que se han escrito sobre la obra de Gil de Biedma.

Lo anuncia en el prólogo Ana María Moix:
Creo que, desde el 8 de enero de 1990, día de la muerte de Jaime Gil de Biedma, no había vuelto a encontrarme con él hasta ahora, al leer el manuscrito de este espléndido retrato [...] Luis Antonio de Villena ha logrado hacer algo muy difícil: retratar al hombre, en toda su intimidad, hasta lo más profundo de su a veces inconfesada intimidad, y hacerlo con un enorme respeto.


29 abril 2006

Funambulista en tapa dura

El viaje sentimental de Lawrence Sterne, con traducción de Max Lacruz, es la inmejorable propuesta con la que la editorial Funambulista apuesta por una nueva colección de clásicos en tapa dura: Grandes clásicos.
Con un diseño elegante, parecido al de colecciones de gran prestigio como Alba y Mondadori, son libros cuyo aspecto exterior e interior incita a la lectura. Con traducciones cuidadas y una buena selección de títulos entre los que se anuncia ya el Roderick Hudson, la primera gran novela de Henry James, que asombrosamente permanecía inédita en castellano, me parece una nueva iniciativa que ilusiona no solo a sus editores, sino a los buenos lectores, que son más de los que el tópico suele reconocer. Esos buenos lectores se frotarán las manos pensando en un otoño que les traerá La reina de corazones, de Wilkie Collins, y una nueva traducción del Jean Santeuil de Proust.
Y para abrir boca, este Viaje sentimental por Francia e Italia que Sterne publicó tres semanas antes de morir, en 1768. Como una de la cumbres de la narrativa inglesa lo definía José Mª Valverde, que no solía exagerar.

28 abril 2006

Sonetos de la dama oscura

Rodeados de misterio desde la primera edición de 1609, solo una pequeña parte, 28 de los 154 sonetos de Shakespeare, van dirigidos a una enigmática mujer oscura que sucede en la biografía amorosa del sujeto lírico o del propio Shakespeare, a un muchacho rubio, bello y delicado que presagia al Tadzio de La muerte en Venecia.

Tan ambiguos en la sexualidad que evocan, tan intensos, tan refinados a veces, tan groseros otras, los sonetos son la narración de dos fracasos amorosos.

¿Dónde encontrar a Shakespeare en Shakespeare?, se preguntaba Bloom antes de descartar en los Sonetos el material autobiográfico, antes de decirnos que habría que ser el mismísimo diablo para encontrarlo ahí.

Hay en ellos altísima poesía, literatura en estado puro y un envidiable equilibrio, tan inglés, entre sentimiento y pensamiento. Y ahora se editan en una traducción excelente en su rigor y en su esfuerzo estilístico de Carmen Pérez Romero.

Una primera versión de este Monumento de amor apareció hace veinte años y estaba agotada. Ahora se presenta una nueva versión corregida y ampliada de esos sonetos de Shakespeare. La edita el
Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura.

25 abril 2006

Las provincias del frío



ADA SIN ARDOR

Con la efusión de cartas que no recibe nadie,
pues van a una remota dirección clausurada,
la pasión levantaba un puente de recuerdos,
alimentaba urgencias de bosques que caducan
por caminos de hierro y de barro muy negro
que hirieron de penumbra a ejércitos de bronce.

Cubierto por la nieve del tiempo y la distancia,
como aquellos soldados, se desplomó el deseo.
Sólo la imagen queda de aquella adolescente
que viviría en Moscú y sería desdichada.

Como aquella muchacha, con su flecha sin rumbo
y una rama marchita de olivo y esperanza,
seguimos encendiendo las hogueras azules
en las cumbres heladas de viento y desamparo.

Seguimos escribiendo, bajo un cielo de nieve,
en este duro oficio de aprender a morir,
con la decolorada tinta del desconsuelo,
cartas apasionadas que no recoge nadie
a un buzón cancelado en el sur de Crimea.

24 abril 2006

Cuando despertó, las monedas ya no estaban allí

Cien táleros llegó a contar Kant en un sueño venal alimentado por una casta soltería. A diferencia del dinosaurio, tan persistente él, cuando se despertó, las cien monedas ya no estaban allí y Kant las seguía buscando en sus bolsillos.
Este ejemplo y otros como el del Dios relojero de Leibniz o el alfiler que cree haberse tragado la dama impresionable de la que nos habla Montaigne en sus Ensayos son algunos de los que Pietro Emanuele ha recogido en Los cien táleros de Kant. La filosofía a través de los ejemplos de los filósofos.

Para quienes no saben todavía que la metafísica es un subgénero de la literatura fantástica o una forma alternativa y evolucionada del pensamiento mágico, leer Los cien táleros de Kant será un agradable descubrimiento.
Relatos, parábolas, imágenes se recogen en este libro que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo y articulan un recorrido por la filosofía a través de cincuenta ejemplos organizados en tres partes. Cincuenta atajos narrativos para adentrarse en la desnuda densidad de los conceptos, entre el mito y lo cotidiano, la razón y el ingenio, la excentricidad del psicoanálisis, el exceso de los lingüistas contemporáneos y los vuelos prometeicos y pindáricos de la ciencia ficción .
Pietro Emanuele, su autor, selecciona esos cincuenta relatos y los comenta con sabia ironía, humor e inteligencia. No es una introducción a la filosofía, ni falta que hace, sino una antología del ingenio, de la lógica y de la imaginación, del pensamiento y del truco narrativo.
Entre el previsible y paradójico relato de Aquiles y la tortuga y el té caliente que hizo hablar al pequeño lord, entre Zenón y Chomsky, los filósofos muestran su vocación por el relato, su capacidad como contadores de historias: la apología de una adúltera hechizada por la palabra, la cicatriz de Ulises, un elogio senequista de la apatía, un parricidio fallido, el asno de Buridán, un hombre absurdo que agobiado por las adversidades juega a la pelota, la calavera de Hamlet que espantaba a Hegel...

Y así hasta la semilla de un relato policial: un dedo aprieta el gatillo: ¿es premeditación?

Es la filosofía puesta a orear al aire limpio, que la ventila de la peste del cirial escolástico y de la supersticiosa y excesiva creencia en la razón.

Y entre Zenón y Chomsky, por encima del tiempo, esa constante trayectoria narrativa de la filosofía desde el pensamiento mágico a la pura construcción verbal de parte de la filosofía contemporánea.

Esto es lo que no entendió el autor de El mundo de Sofía, que quiso añadir un hilo narrativo a ese libro que le quedó algo infantilón. Aquí no hay ese peligro ni el lector tiene la sensación de que le estuvieran tratando como si fuera bobo.

23 abril 2006

Literatura fantástica

Algún día alguien debería escribir la historia de los libros que no se han escrito y se suelen citar. La historia de la vida de Ginés de Pasamonte, pero también la de la segunda parte de La Galatea.

Ya que es 23 de abril, no va a citar uno solamente a Cervantes. Eso ni el patriotismo constitucional lo exige. No sé si cabría en algún capítulo el Cardenio de Shakespeare. Lo que no cabría, por previsible y porque es una simpleza, serían las citas apócrifas de Borges. Pero sí Los complementarios de Machado.

No tengo dudas sobre otros capítulos: el dedicado a las más de ciento cincuenta piezas teatrales (que nunca se escribieron, claro) de un sedicente escritor cacereño o algún apartado sobre los cincuenta libros de poemas que dice mantener inéditos otro raro, este de Badajoz.

No sería precisamente, como se ve, una historia portátil, sino, en algún señalado caso que es el que provoca esta entrada, una historia universal de la infamia.

Miguel Ángel Lama, que conoce las claves de algunos de estos personajes que no le servirían ni a Vila-Matas, se estará riendo cuando lea esta entrada.

22 abril 2006

Zola en el Chiado

En su partida de nacimiento, la editorial Periférica anuncia que una de sus líneas fundamentales consistirá en ofrecer una amplia selección de clásicos modernos, inéditos o poco difundidos en castellano.
Uno de esos clásicos recuperados con que Periférica inicia su andadura es La pelirroja, una novela del portugués Fialho de Almeida (1857-1911).
Rescatada en 2005, la edición portuguesa de Assírio & Alvim tuvo una buena acogida de crítica y público. Ahora aparece por primera vez en castellano con traducción de Antonio Sáez Delgado.
Fialho de Almeida ocupa en la literatura portuguesa del último tercio del XIX un lugar semejante al de Blasco Ibáñez en España. Lo que este supone respecto de Galdós lo significa Fialho de Almeida respecto de Eça de Queiroz. Identificado alguna vez con Dickens por su visión de la infancia desvalida y callejera, me parece que la crudeza con la que se refleja la realidad, el interés por destacar sus aspectos más sórdidos, el regodeo en la miseria, la crítica social, el anticlericalismo, el erotismo lo aproximan, incluso en una obra temprana como esta, a la radicalidad naturalista más que a otras formas templadas de realismo.
La pelirroja se publicó en 1878, muy poco después que La taberna de Zola y antes que Nana. Fialho era entonces un joven de extracción humilde y estaba todavía muy marcado por una larga convivencia con la pobreza. Estudiante de Medicina como Pío Baroja y Felipe Trigo, conoció como ellos la frecuencia con la que se mezclan en los pobres el dolor y la miseria. Y, como ocurre con las novelas de aquellos, esta narración es también una disección del tejido social del Portugal atrasado de finales del XIX.
Novela escrita con prosa consistente y eficacia narrativa, las brillantes descripciones de una Lisboa suburbial, más agria que pintoresca, de bajos fondos y prostitución, tienen una enorme fuerza por el talento del autor, pero sobre todo porque esa visión Lisboa nocturna, parda y lóbrega viene de lo vivido. Como esos personajes que completan un ambiente que los explica y que queda expuesto en ellos.

La traducción, ágil y eficiente, de Antonio Sáez tiene una virtud fundamental: le quita al texto la vieja capa de barniz, el desagradable toque arcaico que había en algunos rasgos de su estilo.

Vale la pena leer esta Pelirroja, buena literatura menor en una edición cuidada que presagia nuevas sorpresas tan agradables como esta.

21 abril 2006

Me duelen las ventanas

Así se titula el preámbulo que ha escrito Dolly Onetti para ponerlo al frente de las Obras Completas de su marido, Juan, como ella solía y suele nombrarle.
Cuando presente el mes que viene el primer tomo de esa edición que ha preparado Hortensia Campanella para Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores se cumplirán doce años de la muerte de Onetti.
Pero esta monumental edición en tres volúmenes que recogerán todas sus novelas, sus cuentos y sus artículos no obedece a una razón cronológica, sino a la necesidad de llenar un vacío editorial. Desde 2004 se ha estado preparando esta edición de las obras de un autor cuya obra ha ido ganando grados como el buen vino, peso como las personas y sobre todo lectores, ese Club selecto pero no minoritario de fanáticos de Onetti.

Paradójicamente, a medida que ha ido creciendo la sombra que proyecta Onetti sobre el territorio de la literatura contemporánea, han ido aumentando las dificultades para encontrar algunas de sus obras esenciales.

Hay un precedente brillante de esta edición: la que preparó para Aguilar de Méjico Emir Rodríguez Monegal en 1970, que naturalmente se quedó anticuada por los nuevos libros que fue publicando Onetti. Lo que no ha quedado superado es el excelente prólogo de esa edición, que ahora puede leerse en internet.

El primer tomo reúne las cinco novelas que Onetti publicó con varia fortuna editorial y crítica entre 1939 y 1954. Entre esas dos novelas cortas ejemplares que son El pozo y Los adioses se configura ya ese inconfundible universo que se localiza en Santa María ya en La vida breve. Dicen los que más saben de su autor que si El pozo es una obertura, La vida breve, novela fundacional de una narrativa que sobrepasa los límites de la obra individual de su autor, es ya una sinfonía en la que está el mejor Onetti.

El segundo de los tres tomos de esta edición recogerá todas las novelas posteriores a 1954, desde Para una tumba sin nombre a Cuando ya no importe y el tercero reunirá sus cuentos y muchos materiales dispersos, sobre todo los artículos y la miscelánea que se reunirá en la segunda parte de ese tercer tomo.

En cada uno de ellos, un lector prestigioso escribe un prólogo. El del primer volumen es tan brillante como cabe esperar de su autor, Juan Villoro.

La que sin duda será la edición canónica de la obra de Onetti debería servir a partir de ahora para consolidar el lugar de privilegio de uno de los fundadores de la narrativa contemporánea en español.

Onetti, ya lo saben, era un hombre peculiar, tan peculiar como cada uno de los hombres. Pero en él se añadía un factor desasosegante: la facilidad y la propensión que tenía a perder sus manuscritos antes de imprimirlos. Perdió en 1931 una primera versión de El pozo, y años después el manuscrito de Tiempo de abrazar, que se recuperó luego parcialmente. Un desastre. Hasta que se casó en 1955 con Dorotea Muhr, que, bajo la advocación de Dolly Onetti, se convirtió en la mejor salvaguarda de la obra de Onetti. Es ella la que pasa a limpio los manuscritos y la que se preocupa de su conservación. Por eso es tan importante su colaboración en estas Obras Completas, porque es la garantía casi notarial de los textos.

Por cierto, en un gesto muy suyo, Onetti se llamaba a sí mismo Onetti, no Juan ni Juan Carlos.

20 abril 2006

El joven Proust

La varia espuma de una vida agitada decía Proust que eran estas historias que ahora edita Funambulista en El indiferente y otros relatos, un conjunto de seis relatos, algunos inéditos en español.

Alguien, creo que el hermano de Proust, decía que para leer sus obras lo mejor era partirse una pierna. Se refería, claro, al ciclo del tiempo perdido. No tengo noticias de si finalmente hubo fractura de extremidad inferior. Parece que no. Y aunque la hubiera no parecía proclive el hombre a leer tan morosa literatura.

Para iniciarse en Proust quizá no haya mejor camino que el que se recorre leyendo estas historias breves que son la prehistoria de sus obras mayores. Para los iniciados en Swann y Guermantes, es una inmejorable ocasión para hacer una visita corta y educada al agradable mundo de Proust, a su luz de otoño y a su perfume dulzón y un poco mareante de lilas y violetas.

19 abril 2006

Rosas de Madrid

Entre la ficción y la memoria, entre la búsqueda detectivesca y la intuición emocional… Así descubrimos, casi llegamos a ver, a esa Martina joven y trabajadora, animosa y asustada, deambulando por su Madrid de guerra y resistencia… Nos queda lo más valioso que puede darnos la literatura: la palpitación del tiempo, la melancolía de lo que pudo ser y no fue, la sensación de haber viajado mientras leíamos al país lejano del pasado.

Esas palabras son del prólogo que Antonio Muñoz Molina ha escrito para Martina, la rosa número trece, un libro con el que Ángeles López, escritora y periodista, se suma a la imprescindible labor de rescate de la memoria que fue la base de La voz dormida o de Soldados de Salamina.
Acaba de publicarlo Seix Barral y cuenta la historia de una de aquellas muchachas que fusilaron sumariamente un 5 de agosto de 1939 ante las tapias del Cementerio del Este de Madrid.
Porque en la guerra y después no solo hubo mártires de la fe. Hubo muchos, demasiados episodios como este, que están más cerca del asesinato que de la justicia, por muy divina que fuera. Que por lo que decían y dicen los obispos lo era. La santa ira, la santa justicia, la santa desvergüenza que decía un santo reciente y sin vergüenza.

Por lo que oigo, el libro está escrito con una perspectiva en la que colaboran la narración y el documento, la memoria y la ficción, como en La voz dormida.
Aunque no lo he leído todavía, lo que conozco de Ángeles López como escritora de poesía y de prosa es no solo una garantía de calidad literaria, sino una invitación a la sensibilidad.

18 abril 2006

Pavese para irse



Me traigo de Chiclana el recuerdo imborrable del azahar en la luna llena del parasceve. Cernuda, claro, y ese poema hermosísimo que es Luna llena en Semana Santa, en donde habla de esas plazuelas cuya alma es la flor del naranjo.

Y al regreso, el consuelo de estos versos de Pavese para dejar de ver el mar:

Demasiado mar. Ya hemos visto bastante el mar.
Por la tarde, cuando el agua se extiende, incolora
y difusa en la nada, el amigo la observa
y yo observo al amigo, y mientras no habla nadie.

La traducción, tan intachable como todas las que hizo de los poetas italianos desde Ungaretti a Quasimodo, es de José Agustín Goytisolo. Antonio Colinas suele contar que se la envió unos días antes de su muerte.

17 abril 2006

El beso del tiempo

Braulio Llamero es un narrador experto que hasta ahora había frecuentado el territorio de la literatura infantil, labor en la que le avalan premios como el del Barco de Vapor. Periodista, guionista, conferenciante y autor de algún que otro texto teatral, su bibliografía y sus artículos pueden consultarse en este enlace.

Recientemente, con el aval de otro premio, el Mago Merlín de narrativa, ha publicado en Celya su primera novela para público adulto, El beso del tiempo.

Novelista tardío, Braulio Llamero ha esperado el momento en que ha sentido llegado el punto de la madurez. Él, que como Claudio Rodríguez, habrá aprendido en esas tierras zamoranas del pan y del vino la lentitud del paso y de la granazón del trigo y de la sazón de los frutos.

Ambientada en los Reinos de Espera, es una obra entroncada con las narraciones míticas y fantásticas de la estirpe de Narnia y El Señor de los anillos, en la estela de las sagas nórdicas y en la línea estética que alimenta un cierto tipo de comics.

Se trata, pues, de una novela de género en la que la fluidez narrativa, la demostrada capacidad para contar historias y mantener la atención del lector y esa difícil facilidad que tienen los narradores solventes se conjuran en un objetivo más profundo y ambicioso: la reflexión sobre el tiempo y sobre la imposible inmortalidad. De ese tipo de utopías e imposibles se ha alimentado siempre la literatura, como nos recuerda la cita inicial del bíblico Libro de la sabiduría.
Sobre el canon de esa épica, con sus magos y sus claves, sus mitos y misterios y mapas que deberían ir en proyección horizontal, se construye una historia que es también una reflexión sobre el poder, una evocación del paraíso perdido, de la memoria que arde en la esperanza del retorno y en los mitos de orígenes, en el planteamiento de la novela como búsqueda de identidad por parte del héroe. Y en ella el peso de la narración es el peso de las palabras medidas que la construyen y la elaboran con una sintaxis de narrador eficiente.

No es, desde luego, este un territorio narrativo de mi predilección, pero hay en este tipo de relatos un fondo que invoca a ese inconsciente originario en el que se fraguan los mitos, las esperanzas y los miedos. Algo, desde el fondo oscuro de este tipo de obras, invoca a nuestro inconsciente como los cuentos de invierno o como las obras mayores de un Shakespeare visto en blanco y negro por un Orson Welles expresionista. Pulsiones como las de los cuentos infantiles, viejas aspiraciones, remotos temores quedan convocados y conjurados en ese fondo humano en donde se debaten en lucha desigual el bien y el mal, la miseria y la grandeza, la altura de la generosidad y la mezquindad del dolor.

Como a Don Quijote en la Cueva de Montesinos, algo oscuro y secreto nos habla de nosotros mismos desde el fondo de estas historias de un mundo que no existe.

12 abril 2006

De un tiempo, de un país

Diez años después de declarar la muerte de la novela, Eduardo Mendoza publica en Seix Barral Mauricio o las elecciones primarias. Es, creo, la tercera reincidencia en el presunto cadáver del género, en el territorio quemado de la narración larga con un título que recuerda más a Rousseau que a Goethe.
Luego, claro, han venido las matizaciones: la muerta era la novela de sofá, la que no establece un contrato con la realidad. Por el contrario, la novela viva es aquella que, a medio camino entre la ficción y el periodismo, le reserva al novelista el papel de analista social y narrador.
Claro que esta declaración la hubieran podido firmar Balzac, Stendhal o Galdós. ¿Qué otra cosa sino el resultado de esa hibridación de narración y documento, de voluntad testimonial y empuje narrativo son La comedia humana o la serie de novelas españolas contemporáneas y especialmente Fortunata y Jacinta?
Construida desde esa perspectiva de compromiso con la realidad en la que la novela es la expresión narrativa de un diagnóstico social, Mauricio o las elecciones primarias no es una de las obras menores de Eduardo Mendoza.
Enmarcada por un prólogo sobre los ángeles caídos y un epílogo en el que se invocan las mitologías sobre gigantes desaparecidos y ambientada en una Barcelona preolímpica, es quizá la más barojiana de las novelas de su autor.
Barojianas son la agilidad narrativa, la precisa rapidez en la caracterización de personajes, la fluidez y la viveza de unos diálogos que son el verdadero soporte de la acción, el deje melancólico que el lector puede entrever por detrás de la ironía ácida y de la distancia del narrador.
Los lectores asiduos a Eduardo Mendoza, y son muchos y fieles desde La ciudad de los prodigios, reconocerán aquí algunos arquetipos que habitan sus novelas desde La verdad sobre el caso Savolta. Les resultarán conocidos y tendrán un aire familiar algunos de los que aparecen en esta novela. De entre todos ellos me quedo con el abogado Macabrós, un personaje redondo, de compleja ambigüedad. Uno de esos secundarios inolvidables que se pasean por un mundo barojiano de personajes abúlicos y con poco carácter. Personajes de perfil bajo para una sociedad de perfil bajo, como la barcelonesa de los años ochenta, en la que lo individual se enmarca en lo colectivo y el desaliento personal se confunde con el desencanto político.
A mí no me mires, yo solo baldeo la cubierta, dice el protagonista, sacudiéndose responsabilidades y encogiendo los hombros en un gesto de desencanto reiterado por otros personajes, un gesto que podría resumir el sentido del diagnóstico que hace Mendoza del fin de las ilusiones. Esa resignación desengañada es también muy de Baroja.
Aunque no con la fuerza que en otras de sus novelas, Mendoza pretende trazar un panorama en el que Barcelona sea más protagonista que mero telón de fondo de la acción. En ese sentido, la novela no funciona. Ese propósito no lo logra con el mosaico de historias de parejas en que se fundamenta la novela, terreno peligroso en el que la historia se desliza por los márgenes truculentos del bolero.
Vuelvo al punto de partida. A la muerte de la novela y a Galdós. Y caigo ahora en la cuenta de la decisiva influencia genética de Fortunata y Jacinta sobre este Mauricio o las elecciones primarias. Como es natural, desconozco si Eduardo Mendoza la ha tenido en cuenta o si ha sido una afloración de sustrato.El triángulo amoroso Juanito Santa Cruz, Jacinta, Fortunata, con toda su carga simbólica, se reproduce en este otro cuyos lados se llaman Mauricio, Clotilde, Porritos, que muere para completar la metáfora del fracaso de las ilusiones y los ideales políticos, igual que moría Fortunata para simbolizar el final de los ideales de la burguesía progresista de los años ochenta, aunque de un siglo antes.
Esto no desmerece el valor de una novela como esta. Al contrario, la incorpora a una brillante tradición novelística en la que desde Cervantes ha consistido buen parte de la narrativa más brillante. una crítica, sino la demostración de la vitalidad de la novela. Y no entremos en matices, porque los matices, como se dice en algún lugar de la novela, lo echan todo a perder.

11 abril 2006

El viajero

El único y verdadero viaje es el viaje a ninguna parte. Lo demás es hacer turismo.


La frase, tan parecida a otra que se puede leer en mi Cuaderno de Abul Qasim (¿Lo demás? Excursiones y argucias de la niebla.El viaje verdadero consiste en no volver) es de Borja Delclaux, de Picatostes y otros testos.


Desirée Rubio, de Lengua de Trapo, me pone un correo para decirme que Borja murió el ocho de abril. He dejado encima de la mesa su primera, su última novela: El hijo de Gutenberg.
Cuando la lea estaré oyendo su voz desde ninguna parte, desde ese otro lado, desde la orilla oscura que es siempre la literatura.


Por una macabra coincidencia, el Cuaderno de Abul Qasim llevaba una dedicatoria para Gaspar Manzano, que murió otro ocho de abril, hace ahora cinco años.

08 abril 2006

Valente, la piedra y el centro

Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores acaba de publicar, en edición de Andrés Sánchez Robayna, el primer tomo de las Obras completas de José Ángel Valente. Este primer volumen recoge la obra de creación en verso y prosa de quien fue a la vez un poeta marginal y central en la poesía española de los últimos cincuenta años.

En este artículo inédito, incluido en un cuaderno de trabajo de los años setenta, y publicado por primera vez en El País en julio de 2001, al año de su muerte, Valente se reconocía 'fuera del cuadro' de la vida española:

Respecto del llamado grupo de los 50, yo me consideraría retratado en él si el retrato se llamase Retrato de grupo con figura ausente. El grupo no es más que la momentánea asamblea de los que se aprestan a correr. Todos adoptan una posición análoga en la línea de partida. Sólo una vez que la señal ha sido dada empieza la verdadera aventura del escritor: la larga, la prolongada soledad del corredor de fondo (Sillitoe). Lo que pasa es que los antólogos o los críticos -que suelen ser personajes bastante funestos- suelen confundir el punto de partida -más o menos impuesto- con la trayectoria del corredor -infinitamente libre. Su trabajo resulta así más fácil: le facilita, en efecto, la composición de antologías y manuales y las clases sobre poesía contemporánea con que se engaña o aburre a los adolescentes en las universidades o en los cursos donde se vende pseudocultura española de Smith o Middelbury College.

Esa confusión entre punto de partida y trayectoria ha sido particularmente padecida por los poetas que me son contemporáneos. La mistificación empezó con la famosa antología de Castellet Veinte años de poesía española que se publicó en 1960 y que dio la vuelta al mundo en distintos idiomas más o menos progresistas. El engaño aún persiste. El grupo, en cuanto tal, no es más que un criadero de mediocres. La lectura individual se sustituye por la lectura de grupo y lo singular por lo mostrenco. Se olvida así algo fundamental: el hecho de que, con respecto al grupo, el escritor es un fenómeno póstumo. Nace, en realidad, cuando el grupo fenece.

En la también fenecida teoría de las generaciones se buscaba para la constitución de éstas un hecho común determinante. El hecho histórico del presente siglo que yo siento hoy como más determinante es la aparición del cometa Halley, que se interpretó en 1910 como un signo del fin de los tiempos. Así lo vio Alexander Blok, en un impresionante poema que se llama Némesis: 'Siglo veinte... / Los incendios humeantes del crepúsculo / (presagio inquieto de los días nuestros), / el espectro terrible de un cometa / amenazador y caudal, allá en lo alto'. El cometa debe reaparecer hacia 1986. Así es como cabría describir en manuales o antologías veraces al autor de los libros firmados con mi nombre: Poeta español relativamente contemporáneo, situado entre dos apariciones del cometa Halley.

Así se las gastaba quien era, por voluntad y por destino, centro y periferia, víctima y victimario de la poesía y la crítica española contemporánea.

El segundo tomo de las Obras completas estará centrado en la obra ensayística y en los ensayos quien une a su labor creativa una reflexión constante que se proyecta en la meditación constante sobre la palabra poética:

Todo el que se haya acercado, por vía de experiencia, a la palabra poética, en su sustancial interioridad sabe que ha tenido que reproducir en él la fulgurante encarnación de la palabra. No ha oído ni leído. Ha sido nutrido. Se ha sentado a una mesa. Ha compartido, en rigor, un alimento.
(La piedra y el centro, 1983)

07 abril 2006

Pereira en Alcancía

La Asociación Cultural Alcancía, dentro del proyecto Escribir en Extremadura-Leer en Extremadura, viene publicando desde su fundación una serie de libros de relato y poesía que llegan ahora a su séptima entrega con un volumen de relatos de Antonio Pereira.

Clara, Elisa, la teta de doña Celina, Mujeres es el título, más llamativo que acertado, que su autor ha elegido para agrupar cinco relatos representativos del mejor Pereira, del más rápido, elusivo y directo, en una edición cuidada con esmero por los editores.



06 abril 2006

Antologías de relatos

El día que se quiera hacer un recorrido serio y riguroso por los itinerarios del cuento en castellano en los últimos quince años, resultará imprescindible remitirse a cuatro recopilaciones, cuatro apuestas, que puso en circulación la editorial Lengua de Trapo.
Tras Páginas amarillas, una propuesta con 38 narradores españoles para el 2000, Líneas aéreas, una generosa y valiente antología de narradores hispanoamericanos para el siglo XXI.
Esa, la del relato corto, es una línea por la que ha apostado la editorial desde el principio. No hay más que recordar que su lanzamiento se produjo con Trece historias breves, trece viajes al misterio y a la elipsis de la mano de Juan Bonilla, Jesús Ferrero o Enrique Vila-Matas.
Y no solo de esos volúmenes colectivos se nutre el fondo editorial de Lengua de Trapo.
Hay en su catálogo una joya narrartiva de Francisco Nieva, Argumentario clásico, que debería ser de uso obligado en las escuelas de escritores y en los talleres literarios.
Indispensable me parece también, para conocer el panorama de la nueva narrativa portuguesa, la antología publicada con el título Alta velocidad.

05 abril 2006

Adivinanza y chisme


Qué pena Andrés
cuando crezca tu hijo
y te mire al revés.

De arriba a abajo
reducido a lo poco
de tu trapajo.

Qué pena Andrés
cuando crezca tu hijo
y te mire al través.

De alante a atrás
y vea solo un hueco
y nada más.

Qué pena Andrés
que no llegaste nunca
del uno al tres.

Y al mirarte tu hijo
qué pena Andrés
que tu hijo te diga:
-Qué imbécil es.

Este es uno de los textos que se recogen en el apéndice de poesía dispersa o inédita de las Obras completas de José Ángel Valente que acaba de publicar Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores en edición preparada por Andrés Sánchez Robayna, autor también del excelente prólogo.
No será este Andrés, claro, sino otro Andrés, el destinatario de ese texto, el segundo de los tres que con el título Tres celebraciones se publicó en La Luna de Madrid, en diciembre de 1984, en plena movida.
El texto, leído con atención, descubre la clave de una pista decisiva en la segunda estrofa, tan mala por cierto como las demás. Pero es que aquí no se trataba de eso, sino de otra cosa.

04 abril 2006

Recordando a Canedo

Ahora que está a punto de comenzar en Cáceres el I Congreso Nacional de la Lectura, es obligado recordar que para el otoño de 1936 estaba previsto que se celebrase en Madrid un encuentro parecido que la guerra hizo prescindible. Aquel congreso frustrado lo estaba preparando y coordinando Enrique Díez-Canedo, el crítico literario español más serio y respetado del primer tercio del siglo XX.

Serio y respetado, pero no temido, porque Canedo supo aislarse del ambiente enrarecido y chismoso de parte de la crítica española de su tiempo. No hay más que comparar la mala intención que suele haber en los textos de JRJ, crítico avieso, con un magnífico artículo que apareció en la primera serie de las Conversaciones literarias de Díez-Canedo con el título "Meterse con". Es todo un programa ético-crítico, una declaración de principios.

La parte más significativa de su Obra crítica la recuperó hace poco en su colección Obra fundamental la Fundación Santander Central Hispano con una introducción de Alberto Sánchez.

Se suma esa iniciativa a otra similar que en 1993 llevó a cabo la Diputación de Badajoz: la Antología de artículos que preparó para la colección Clásicos extremeños José Mª Fernández y que no se difundió como hubiera sido deseable.

03 abril 2006

Proust. Sobre la lectura

Si la afición por los libros crece con la inteligencia, sus peligros, ya lo hemos visto, disminuyen con ella. Una mente original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. No es para ella más que la más noble de las distracciones, la más ennoblecedora sobre todo, ya que únicamente la lectura y la sabiduría proporcionan los "buenos modales" de la inteligencia. La fuerza de nuestra sensibilidad y de nuestra inteligencia sólo podemos desarrollarla en nosotros mismos, en las profundidades de nuestra vida espiritual. Pero es en esa relación contractual con otras mentes que es la lectura, donde se forja la educación de los "modales" de la inteligencia. Los ilustrados siguen siendo, a pesar de todo, como las personas de calidad de la inteligencia, e ignorar determinado libro, determinada particularidad de la ciencia literaria, seguirá siendo, incluso en un hombre de talento, una señal de vulgaridad intelectual. La distinción y la nobleza consisten, también en el orden del pensamiento, en una especie de francmasonería de las costumbres y en una herencia de tradiciones.

El fragmento pertenece a Sobre la lectura, el prefacio que Proust escribió para su traducción de Sésamo y Lirios de John Ruskin. Este texto, apareció originariamente en la revista La Renaissance latine (1905) y finalmente Proust la incluiría, con el título de Jornadas de lectura y algunos pequeños retoques, en su obra Pastiches et Mélanges (1919).

Texto que preludia ya el estilo de En busca del tiempo perdido, en él está latente todo la esencia de su teoría estética.
Considerado como uno de los textos más bellos de Proust, Sobre la lectura lo editó Pretextos en España y contiene sus puntos de vista sobre el lugar que deben ocupar los libros en la actividad creadora, y su papel insustituible en la vida.

02 abril 2006

Una biblioteca

Más que de un libro, de eso se trata, de una magnífica biblioteca del siglo XVII.
Eso es la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, que ahora publica parcialmente Alianza en El libro de bolsillo, con prólogo y selección de textos de Alberto Manguel.
Equiparable por su enormidad monumental al Zibaldone de Leopardi, a la Silva de varia lección de Pero Mexía o a los Essais de Montaigne, es uno de esos libros de referencia que uno ha oído citar casi desde siempre y que no veía en las librerías, un libro rodeado de un aura especial porque su desmesurado tamaño lo tenía apartado de la circulación.
Había una edición en tres tomos publicada por la Asociación Española de Neuropsiquiatría entre 1997 y 2002. Esa es la traducción que se utiliza en esta antología asequible que será de uso obligado en la biblioteca de cualquier lector culto.
Contemporáneo de Shakespeare, bibliotecario en Oxford, Burton invirtió todo el tiempo libre que le dejaba su profesión sedentaria y relajada en recoger la sabiduría de su época y proyectar sobre esos textos su propia sabiduría, tan desmesurada como esta obra inabarcable, como este libro de arena entretenido y profundo, lleno de talento literario, de buen juicio y de buen estilo.

01 abril 2006

El plagio sostenible

El protagonista de La conferencia, una divertida y torrencial novela-enciclopedia con la que Pepe Monteserín obtuvo el Premio de Ensayo Juan Gil Albert, que acaba de publicar Lengua de Trapo, es también su narrador. La criatura se llama Josué Buelves y tiene que preparar en pocos días una disertación para sustituir a Pérez Reverte, que ha ingresado en la Academia, y a Francisco Ayala, que ha ingresado en la epidemia.

Es su primera conferencia y para prepararla maneja un repertorio de veinte mil libros, que consulta, claro está, someramente. El charlista debutante está convencido, para su comodidad y su poco esfuerzo, de que en las primeras líneas, si no en la primera frase, de cada novela está su ADN más que en su código de barras o en su ISBN.

Superficial que es el hombre, como algún crítico lector de solapas que yo conozco.
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