Gustavo Arango
Artículos y textos literarios

Textos periodísticos:

La leccion del maestro
(Crónica de un taller de narración periodística con Gabriel Garcia Marquez)
Publicada en El UNiversal, Cartagena, diciembre 1997.

La ciudad sin orillas
(Un recorrido por Buenos Aires en busca de sus escritores)
Publicado en el suplemento literario de El Universal, Cartagena, mayo de 1998.

Una flor amarilla en Montparnasse
(Un recorrido por Paris tras las huellas de Cortazar)
Publicado en el Suplemento literario de El Universal, Cartagena, febrero de 1997.

Juan (Una charla con Dolly de Onetti)
Publicado en el suplemento literario de El Universal, septiembre de 1995.
 
 

Textos literarios:

El intruso (cuento)

De "Criatura perdida" (novela)
 

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La lección del maestro

   —¿Qué hora es? —preguntó.

Acababa de entrar al salón donde lo esperaba un grupo de periodistas de dis-tintos costados de Latinoamérica y su pregunta empezó a resquebrajar el hielo que suele apoderarse de la gente cuando él llega.

  —Las nueve y tres —dijo Jaime Abello, el director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoaméricano.

   — Está mal tu reloj —dijo el maestro y aprovechó el deshielo de la risa ge-neral para sentarse y esperar a que todos se acomodaran.

   Mientras llegaba el silencio, habló consigo mismo: “A ver, estas caras qué dicen, qué rollos hay por dentro” y se dedicó a preguntarle por su vida y su tra-bajo a cada uno de los asistentes a ese taller de narración periodística que se rea-lizó en Barranquilla desde el jueves hasta el sábado pasado.

   Cuando leyó el primer nombre de la lista, en su querido reloj de pulso y ta-blero blancos eran las nueve en punto de la mañana.

Tiempo de recordar
   Esa fue su primera lección: la de la puntualidad, la del valor del tiempo. Du-rante los tres días del taller, esos jóvenes venidos desde México, Argentina, Ve-nezuela, Colombia y Ecuador, comprendieron que uno de los secretos de ese hombre es saber que hay un tiempo para todo (tiempo de recordar, tiempo de compartir, tiempo de presagios, tiempo de reír, tiempo para las rumbas y los au-tógrafos), que cada instante de la vida ha de vivirse como si en unas horas tuviera que llegarnos el tiempo de morir.
No fue un taller académico. El maestro aclaró desde el principio que todo lo que sabe sobre el periodismo y la novela lo aprendió con los amigos en las char-las nocturnas que tenían en el muelle y el mercado de Cartagena de Indias.

   Recordó, una vez más, a Clemente Manuel Zabala, ese indiecito tímido y sabio que lo acogió en El Universal y, con su lápiz rojo, lo sacó de las tinieblas literarias.
Evocó a Héctor Rojas Herazo y contó algo que había recordado hace poco: que no se conocieron en El Universal, que ya antes, cuando el maestro tenía trece años y estudiaba en el colegio San José de Barranquilla, un Rojas Herazo muy elegante, con un sombrero como el de Chaplin, había sido su profesor de dibujo.

   Pero eso no fue todo. Contó también que cuando llegó a El Universal en mayo de 1948 —recién expulsado a Cartagena por el bogotazo— ofreció sus ser-vicios como dibujante, pero le dijeron que ya había uno: el mismo Rojas Herazo.
Hubo tiempo para todos los amigos de la juventud y para aclarar que no es cierto que existieran un grupo de Barranquilla y un grupo de Cartagena: “Lo que había era un solo grupo que iba y venía”.

Tiempo de compartir
   Casi todo el mensaje que el maestro tenía para darle a los muchachos del ta-ller se resumió en su definición de reportaje: “Contar el cuento completo”.
Invitó a todos a ganar espacios en sus medios, a persuadir editores, a impo-nerse con el trabajo, para que el periodismo escrito no pierda su expresión principal.

    Habló del periodismo como género literario, se alegró de que un periodista haya llegado a la Academia Española de la Lengua y, una vez derrumbadas las fronteras con la literatura, se dedicó a hablar, sin establecer diferencias, de sus re-portajes y sus novelas.

   Contó que tiene “precocidas” tres novelas —entre ellas una inspirada en La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, que estará ubicada en Barranquilla—, pero antes de esas novelas desea publicar el primer volumen de sus memorias —ya escrito—, que está dedicado al arte de escribir.

    Una parte del taller consistió en analizar detalles de la “carpintería” de tres de sus obras periodísticas: Noticia de un secuestro, Relato de un náufrago y los reportajes reunidos en Cuando era feliz e indocumentado. La lección era clara: detrás de una línea puede haber horas y horas de documentación y escritura.

   Pero también hubo tiempo para los reportajes irrealizados: una hora en la vi-da de Giacomo Turra que nadie conoce —la hora anterior a horror que lo condujo a la muerte— y la historia del avión que cayó en Marialabaja. Lamentó que nadie se hubiera ocupado de esas historias —a Germán Castro esa hora en la vida de Turra le falta— y lo atribuyó al hecho de que en Colombia una noticia es borrada por otra casi de inmediato.

   Pero la gran crónica que nunca hizo fue la de la secretaria que pasó en limpio Cien años de soledad. Se llamaba Esperanza, pero le decían “La Pera”, trabajaba en una empresa para la que Carlos Fuentes y él hacían textos publicitarios. La Pera era una mujer extraordinaria que además se dio el lujo de pasar los dos libros de Juan Rulfo, varias novelas de Carlos Fuentes y a todos tres les hacía correcciones. Esa mujer terminó amnésica en Cuernavaca. El maestro recordó que en una ocasión, cuando transcribió Cien años de soledad, ella lo llamó a preguntarle si tenía nuevos capítulos para transcribir y, ante la respuesta negativa, se atrevió a  preguntar: “¿Y dígame una cosa, al fin fulanito sí se come a sutanita?”.

Tiempo de presagios
   Una de las revelaciones más sorprendentes llegó gracias a la insistencia de una periodista mexicana. El maestro había estado hablando de lo importantes que han sido en su vida los presagios y resumió su posición en una frase: “Hay que dejarse guiar por los buenos e ignorar los malos”.

   Cuando le preguntaron si había abandonado algún proyecto por los presa-gios, el maestro tardó en confesar que desde hace cuatro años empezó una novela que le produjo escalofrío desde la primera frase. Era la historia de un hombre que moría en la última línea y al avanzar en la escritura comprendió que si la termi-naba se moría. Lleva capítulo y medio y jamás va a concluirla.

Tiempo para reír
   Y a propósito de historias no escritas, al hablar de la forma como le llegan los títulos —generalmente haciendo listas—, contó que desde hace tiempo tiene un título del que está seguro que tiene que salir una gran historia: “Pene cautivo”

Tiempo para las rumbas y los autógrafos
   Pero las lecciones no se limitaron al salón de trabajo en el centro cultural que hoy ocupa la vieja Aduana de Barranquilla.

   También en la noche, bailando cumbia, tomando whiskys capaces de derri-bar elefantes, jugando con teléfonos celulares y conversando hasta más allá de las dos de la mañana, el maestro fue preparando la lección de voluntad que significa-ba verlo al otro día, a las nueve en punto de la mañana,  listo para comenzar a trabajar.

   Podría hacerse un libro con todo lo que dijo e hizo durante esos tres días. La paciencia infinita con que firmó todos los autógrafos que le pidieron. El entu-siasmo con que acogió a Liliana Cáceres (la “Mamá Grande” de los sextillizos de trapo) para elogiarla por haberse burlado de la prensa de todo el mundo. Lo tácito y lo explícito.
Pero también podría resumirse en  una o dos frases, dichas como al azar, que en cierta forma contienen todo el mensaje que un maestro puede dar, sin poder estar seguro nunca de que sea recibido: “Cuando escribimos siempre estamos solos”, dijo un día.
Y poco antes de alejarse de la vida de aquellos periodistas les dejó una frase simple y terrible como una bomba de tiempo: “La vida decide quién es y quién no es”.

   Y después de las fotos y de las despedidas, se marchó a seguir siendo lo que es.

Barranquilla, diciembre de 1997

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La ciudad sin orillas
“A mí se me hace cuento que empezó
Buenos Aires: la juzgo tan eterna como
el agua y el aire”.
Jorge Luis Borges, Fundación mítica de Buenos Aires.


1. Como el agua y el aire
   Bajo una garúa minuciosa, trece palomas grises miran una ventana y se pre-guntan por qué no han vuelto a ver a la anciana de sonrisa dulce e incompleta que les daba maíz por las mañanas. Desconcertadas, melancólicas, porteñas, se dejan mojar hasta los huesos por la lluvia menuda, incapaces de alejarse.
   Ignoran que las miran (Buenos Aires es una ciudad llena de seres que se mi-ran e ignoran que se miran). Levantan los picos en dirección a la ventana y sien-ten que están completamente solas en su incertidumbre, sin saber que desde el autobús 92 un sujeto las mira y comparte sus temores.
   Lleva una semana en la ciudad. Nunca antes estuvo en Buenos Aires (lo que sabe lo aprendió leyendo a sus autores preferidos). Los últimos cuatro días ha pa-sado por ese sitio a la misma hora. La primera vez lo atrajo la escena: una anciana sonriente, envuelta en una bata azul celeste, arrojándole maíz a un jolgorio de palomas.  Los días siguientes sólo vio las palomas mirando la ventana tercamente cerrada.
   En medio del tumulto de camperas y gabardinas, que a esa hora ocupa el autobús 92, el sujeto aventura una nueva definición de Buenos Aires: un tejido infinito de historias que nunca se sabe cómo terminan.
   El sujeto tiene razones de peso para intentar definir a Buenos Aires. Por algo que sería fácil llamar suerte, fue invitado a participar en el primer taller que reali-za en Argentina la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. El ta-ller lo dirige Tomás Eloy  Martínez —el autor de Santa Evita— y es sobre narra-ción periodística. Cada participante ha elegido un tema para escribir y él, sin sa-ber lo que decía, ha dicho que su tema es Buenos Aires. Ahora se mueve por las calles de esa ciudad sin límites, mirándolo todo con ojos de condenado, y bus-cando, buscando como piantado, una forma de expresar lo inexpresable.
   En los quioscos de revistas ha creído encontrar una clave. La colección de los libros de Borges puso en venta esa semana El libro de arena. El sujeto cree que la imagen de ese libro que nunca se termina de leer puede ayudarle a reflejar esa ciudad, ese mar de calles y edificios al que no se le conocen sus orillas.
   Pero al llegar a la sede del Freedom Forum (un organismo internacional para la defensa de la libertad de prensa), donde se realizan las sesiones del taller, la idea de usar el libro de arena como imagen se le empieza a escurrir entre las ma-nos.
Dice que piensa reflejar a Buenos Aires a través de instantáneas de aquello que más le impresionó. La idea es que cada imagen sea como una página del li-bro de arena. Entonces lee, en una de las sesiones del taller, los primeros instantes que ha atrapado:
Habla de la anciana que no volvió a darle alimento a las palomas, de las ve-redas repletas de mierda de perro, de la sorpresa que fue para él encontrar libre-rías abiertas a las doce de la noche.
   Muestra al encantador de serpientes que cada noche se ubica en la calle Co-rrientes para pedir unos “mangos” mientras hace levitar una serpiente inexistente.
Cuenta que la vida nocturna es muy intensa y que es común ver a los ancia-nos departiendo hasta tarde en los cafés, y entrando a los cines o teatros.
Dice que junto al cementerio de la Recoleta están los hoteles de los enamo-rados y que éstos se reponen de sus orgasmos mirando los ángeles de las tumbas.
Habla del fluir incesante de seres, por las calles y por los pasillos del subté, casi todos en silencio, serios, quizá tristes, muchos de ellos pensando que esa tie-rra que llaman suya no era la tierra de sus abuelos.
   Refiere la historia del striper egipcio que puede llegar al climax frente al pú-blico sin ayuda de sus manos.
   Intenta descifrar el gesto melancólico y el humor incisivo y veloz que po-seen los porteños.
   Trata de entender la pasión por el fútbol o la atención fanática con que miran la T.V.
Procura reflejar la curiosidad risueña con que la gente visita en sus autos el viejo Palermo de cuchilleros, ahora sitiado por travestis con rostro de boxeador y oficio recién legitimado por las leyes.
   Anota que el tango y la pampa, a pesar de ser fantasmas, se niegan a dejar esa ciudad.
   Habla de míster Corcho, el hombre que unió la desesperación y el ingenio para interpretar canciones porteñas con un corcho en la boca.
Cuenta, refiere, relata y, mientras más dice, siente que es más lo que le falta.
   “No olvides que el libro de arena jamás puede abrirse dos veces en la misma página”, advierte Tomás Eloy.
   Y el sujeto comprende que sería muy triste no volver a ver jamás a Buenos Aires y admite que tendrá que buscar otra forma de escribir su relato.

2. Conjeturas sobre un brillo en la mirada
   A pesar de la firmeza y la confianza, hay algo de tristeza o desconcierto en su mirada.
Llega puntual, el lunes en la mañana, y no oculta los deseos de empezar a trabajar.
Después de la presentación protocolaria se lanza a hablar del tema del taller. Dice que cada vez habrá más espacio en los periódicos para las narraciones pe-riodísticas con calidad literaria. Cuenta que diarios como el New York Times destacan diariamente, en su primera página, dos o más narraciones periodísticas.
   Entonces deriva hacia la novela. Afirma que un día Carlos Fuentes y García Márquez se dijeron: “Vamos a tirar nuestras novelas al mar, lo que hay es que mostrar la realidad”, e insiste en que el secreto del asunto radica en aprender a escribir de manera eficaz.
   Durante cuatro días coordina ese taller con periodistas de Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela. Escucha a cada uno y lo aconseja. Habla de la importan-cia del arranque, de la urgencia de encontrarle a cada texto el tono y la estructura necesarios. Compara con Virgilio al escritor, a los lectores con Dante, y hace un elogio del silencio como herramienta del periodista: “Si se quedan callados largo rato, el entrevistado no podrá contener el impulso de hablar”
   Pocas veces se deja arrastrar por el paisaje que se ve por la ventana de ese piso veintitrés.  Sólo el primer día mira con detalle el aeroparque, la estación de trenes, la autopista y el río de la Plata. Después sólo lanza miradas fugaces que no pueden ocultar un raro brillo de tristeza o desconcierto.
   Después de años y rodeos y terca fidelidad a su vocación, es uno de los es-critores más importantes de su país y quizá el de mayor proyección internacional en la actualidad.
   Pero mantiene una extraña relación de atracción y de rechazo con esa capital donde se agrupa casi el sesenta por ciento de sus compatriotas.
   Vive casi todo el año en Nueva York: es profesor de Literatura de la Univer-sidad de Rutgers. Nació en Tucumán: una región al norte del país que endulza a la Argentina con el azúcar y que tiene como rasgo principal el inocultable aire precolombino de sus gentes.
   Pero Buenos Aires ha sido el centro de su vida y de su obra. A esta ciudad que prefiere no mirar llegó muy joven con la ilusión de hacer carrera en el perio-dismo. De esta ciudad tuvo que huir, en 1975, con la muerte pisando sus talones (quizá prefiere renunciar al panorama para no tener que imaginar que en algún sitio siguen vivos los hombres que recibieron de un gobierno militar la orden de matarlo).
   Esa ciudad, sus mitos, sus pasiones dementes y sus bellezas extremas, reco-rren buena parte de sus libros.
   Justamente uno de los mitos, el de una mujer  a la que el fervor elevó a la santidad, lo condujo a la fama —ya un poco inmanejable— que quizá es la res-ponsable del brillo de desconcierto.
   Ahora él también es un mito. Durante aquellos días del taller, sus tardes y sus noches son de agenda apretada. Un día debe ir a la Feria del Libro a presentar a Carlos Fuentes. Otro día debe visitar varios canales de televisión, para conceder entrevistas. Una noche acompaña a cenar a la gente del taller en un restaurante de San Telmo, pero al día siguiente debe madrugar para hablar con la gente de Alfa-guara. Una tarde visita el diario la Nación —en el que sigue publicando una co-lumna semanal— y dicta una conferencia a un auditorio numeroso en el que hay viejos compañeros del oficio que nunca ganaron la beca del exilio.
   Porque, después de todo, el exilio parece más bien una beca (así lo definió Julio Cortázar) que a gente como él le permitió cosechar experiencias, convertirse en alumno aventajado de la vida.
    Este nuevo regreso a Buenos Aires —la ciudad que ya nunca podrá dejar de mirar con ojos de extranjero— está marcado por un adicional motivo de alegría: la reedición de su libro Lugar común la muerte, un compendio de narraciones pe-riodísticas de calidad literaria cuyo tema principal es el último resuello.
   Se muere mucho en esas páginas. Políticos, escritores, gente anónima y hasta ciudades enteras desaparecen de nuestra vista, pero esa insistencia con la muerte termina por convertirse en un canto a la patética belleza de la vida.
   “La firma es el único capital con que cuentan los periodistas”, afirma, con pausas acentuadas, como si revelara uno de sus secretos más valiosos.
   Y mira fugazmente en dirección a la ventana. Quizá —después de todo— no sea desconcierto ni tristeza el dolor contenido que brilla en esos ojos. Quizá sólo se trata de la incrédula sorpresa de saber que sigue vivo.

3. No nos olvidemos de Cabezas
 — Che, dejá de ser lúgubre. Parecés más porteño que los porteños. Mejor cambiá de tema y decime qué fue lo que más te impresionó.
— Entonces no podré cambiar de tema, porque lo que más me impresionó fue la forma como piden justicia en el caso de José Luis Cabezas. El rostro del fotógrafo asesinado es una imagen tan difundida en Buenos Aires como un día lo fue la del Che Guevara. En las vidrieras de los almacenes, en los periódicos y re-vistas, en los autos, en la televisión aparece la mirada quejumbrosa de la víctima y el lema: “No nos olvidemos de Cabezas”. Es tal la presión de la sociedad que no sólo cayeron los autores materiales sino que está a punto de caer el autor inte-lectual: alguien grande, pesado, con nexos en el poder que al parecer no van a servirle para nada .
— Sí, che. Hasta para exigir justicia somos macanudos.
—  Fue un largo aprendizaje. Las dictaduras, la corrupción, las situaciones extremas, fueron enseñándole a la gente que también debe ejercer el poder de su opinión. Después de ese caso, cualquier asesino va a pensarlo dos veces antes de disparar.  Pero esa reacción admirable de la gente también me dolió.
—¿Te dolió? Pero, che, ¿de qué lado estás?
—No te apresures, me dolió al comparar lo que sucede en Buenos Aires con las cosas atroces que pasan en mi país. Desde lejos pude ver mucho más claros los perfiles de la pesadilla en que vivimos. ¿Sabes lo que se siente cuando alguien te dice: “Acabo de ver en televisión que en tu país hubo dos masacres”? ¿Sabes lo que eso significa frente a la muerte única a la que los argentinos le exigen jus-ticia? ¿Sabes lo que se siente al comprobar que las madres de la Plaza de Mayo siguen pidiendo el regreso de sus seres queridos? ¿Sabes lo que pasa por dentro del periodista que descubre —en un informe que le entrega el Freedom Forum— que su país ocupa el segundo lugar en el mundo en asesinatos de periodistas (43 en los últimos diez años y ni un solo detenido)? ¿Sabes la culpa que se siente cuándo alguien tan lejos te pregunta por Fredy Elles —nuestro fotógrafo asesina-do— y tienes la certeza de que en su tierra ya pocos los recuerdan?
— Qué sé yo, che.
— ¿Te dije que uno de los motivos del viaje a Buenos Aires fue dar una con-ferencia sobre  García Márquez?
— Seee, chanta. No podías callártelo.
— Pues te cuento que fui a la universidad de Belgrano (queda en la calle Zabala, toma nota de ese dato) y hablé durante más de una hora sobre lo que sig-nificó para García Márquez la experiencia que vivió en El Universal, al lado de gente como Rojas Herazo y el maestro Zabala. Pero eso no es lo notable. Lo im-portante es que una  vez satisfechas las curiosidades iniciales (García Márquez es un ídolo en Argentina, es el autor que más vende en ese país, hasta en los super-mercados es posible conseguir todos sus libros), después de todo eso, te decía, los futuros periodistas empezaron a hacer preguntas sobre Colombia y, mientras les respondía, mientras les hablaba de impunidades y pobrezas, de guerras en las que ni siquiera se sabe cuántos bandos hay, de corrupciones y de vidas devaluadas, llegué a la conclusión de que somos un país moralmente muerto, anestesiado por la sangre, una mierda completa para decirlo en forma gráfica.
— Callate, boludo, que pueden oírte.
— Tenés razón, che.

4. La Feria más grande y pequeña de Latinoamérica.
   Todo en Buenos Aires es superlativo. Tienen la avenida más ancha del mun-do: la 9 de julio, con el obelisco que tanto perturba a los psicoanalistas; y la más larga: la Rivadavia, que sale de la Capital Federal, sigue por la provincia de Bue-nos Aires y al parecer nadie sabe dónde termina.
   Los chistes sobre argentinos suelen referirse al agrandamiento de los porte-ños. Según se dice, los relámpagos son los flashes de las fotos que Dios les toma. También se afirma que todos los argentinos que visitan París hacen una excursión a la torre Eiffel para saber cómo se ve París sin ellos.
   Henri Michaux definió a Buenos Aires como la capital de un imperio que nunca existió y, en cierta forma, tenía razón. Hay algo de anacronismo en esa ciudad de corte europeo, émula de las capitales del primer mundo, con grandes avenidas y modernos almacenes, pero situada en la cabecera de una pampa in-mensa y desolada, con vacas que comen pasto y gauchos que ceban mate.
   También en sus costumbres son europeos. Por algo se dice que —mientras otros pueblos descienden de los Celtas o los Aztecas— los porteños descienden de los barcos. Buenos Aires es el fruto de múltiples y masivas migraciones de italianos, ingleses, franceses, alemanes y un largo etcétera, que a finales del siglo pasado y durante los grandes conflictos bélicos de este siglo fueron llegando para quedarse y dieron forma al rostro cosmopolita que la capital ofrece. Con ellos llegaron filosofías y costumbres tan notorias como el gusto por el buen comer y  la afición por la lectura.
Sólo en la capital Federal hay mil setecientas librerías, algunas de las cuales permanecen abiertas casi todos los días hasta la una de la mañana. En los últimos años, el promedio de edición de libros en el país fue de treinta millones de ejem-plares.
Pero no sólo son los libros. Las publicaciones periódicas también tienen un terreno abonado en ese país. Clarín y Noticias son el periódico y la revista de mayor circulación. El primero alcanza el millón de lectores los domingos y la se-gunda llega a unas seiscientas mil personas cada semana.
   Con cifras como esas resulta comprensible que la Feria del Libro de Buenos Aires sea la más grande del continente (un millón de visitantes en 18 días) y que sin embargo su impacto no sea muy notable en la vida de la ciudad.
Los lectores especializados suelen eludir los tumultos de la Feria y prefieren  buscar sus libros en las completas librerías que abundan en Buenos Aires. Es más la gente que renuncia a ir que la que va.
    Y sin embargo la Feria es descomunal.
   A pesar de que este año no hubo quien despertara los delirios de estrella de rock que produjo Ray Bradbury el año pasado, grandes escritores dieron brillo a la vigésima cuarta Feria del Libro de Buenos Aires, que este año tuvo como le-ma: “El libro, del autor al lector”.
   En primera línea estuvieron los dos argentinos nominados al Premio Nobel: Ernesto Sabato y Adolfo Bioy Casares. También fue posible encontrarse en la Fe-ria con Carlos Fuentes, Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez o el español Juan Marsé. Todo  ellos dialogaron con el público, firmaron miles de autógrafos e hi-cieron real y directa la consigna de que el libro es un puente vital entre el autor y su lector.
Sabato habló con el público el primero de mayo y aprovechó para decir que quizá lo único en que ha sido coherente es en luchar siempre por la justicia social. Hizo una defensa de las anarquía (“Cristo fue un anarquista de su tiempo que andaba a las patadas, y eso lo hizo trascender”), contó que vive en Santos Luga-res —fuera de Buenos Aires— porque las grandes ciudades le parecen detesta-bles, invitó a la juventud a mantener los ideales (“La esperanza nace de la deses-peración. En esta época de crisis en el planeta surge la esperanza, sobre todo en los jóvenes. No se pudran.”) y se lamentó de todas las “pavadas” que se publi-can hoy en día (“Es una lástima tirar árboles para publicar idioteces. Los libros valiosos hablan de la vida y de la muerte, tienen de todo y a menudo son diverti-dos.”)
   Carlos Fuentes —autor de La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel y La región más transparente, entre muchas otras obras— dijo tener confianza en el futuro de la novela y destacó el florecimiento de la novela latinoamericana en la segunda mitad de este siglo. Para él, buena parte de ese auge se debe al carácter visionario del escritor francés Roger Caillois, quien llegó a la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial y regresó a Europa convencido de que el futuro de la novela se encontraba en América Latina. Caillois propició la creación de la co-lección La cruz del sur, de la editorial Gallimard, donde fueron editadas por pri-mera vez en francés las obras de Borges y Miguel Angel Asturias, entre otros.
   Benedetti presentó su poemario La vida ese paréntesis y ratificó que es uno de los pocos poetas en el mundo capaces de despertar el fervor de grandes multi-tudes. Benedetti aprovechó su intervención pública para criticar el proceso de globalización económica y cultural ( que “tiende a globalizar el desaliento”, dice en uno de sus poemas) y se refirió a un nuevo fenómeno latinoamericano que él ha denominado el Desexilio: ese difícil proceso que viven miles de latinoameri-canos exiliados durante las dictaduras y que ahora intentan regresar y adaptarse —no siempre con éxito— a sus lugares de origen.
  Bioy Casares, por su parte, dijo que si no se habla demasiado sobre su can-didatura al Premio Nobel, tendrá más probabilidades de ganarlo.
   Pero no sólo brillaron las estrellas. En la Feria del Libro se congregan tantos escritores que el oficio corre el riesgo de trivializarse. En el stand de ediciones La Flor, Quino y Fontanarrosa se turnan para dar autógrafos. En el de Sudamericana, Mario Bunge es asediado por admiradores con espíritu científico. Sergio Ramírez y Eliseo Alberto firman las novelas que ganaron la última edición del premio Planeta. Rosa Montero habla, Daniel Samper opina...
   Y, como si fuera poco, la Feria también ofrece  un espectáculo insólito: en distintos stands y pabellones, decenas de escritoras y escritores tamborilean im-pacientes, miran con gesto digno el flujo de las multitudes frente a sus mesas y esperan a que alguien se anime o se apiade y les pida un autógrafo o, al menos, los invite a comer un choripán.

5. Un relato fantástico
   Dejemos atrás el ruido y las multitudes.
   El sujeto llega a un edificio afrancesado en la calle Posadas, sube al piso sexto, abre su boca sin disimulo al ver el busto de mármol y el gran espejo que no lo refleja. Deja fluir el estupor al comprobar las enormes dimensiones  de ese apartamento-biblioteca de techos altos y aire distante, como si en sus pasillos transcurrieran otros tiempos.
Acepta cortés y obediente la solicitud de esperar que le hace esa anciana de rostro al borde de una sonrisa. Llena la espera mirando los lomos de esas edicio-nes antiguas con títulos en francés y en inglés, y piensa, trata de entender quién es el hombre que se apresta a recibirlo.
   Adolfo Bioy Casares es uno de los más grandes escritores vivos de la Ar-gentina, en su obra abundan las tramas fantásticas y a los veintiséis años escribió una novela —La invención de Morel— que Jorge Luis Borges consideró perfec-ta.
Cuando se llega a su cuarto es difícil encontrarlo. Primero está la cama, alta y antigua, como una isla a la deriva en un mar de libros. Luego se consigue dis-tinguirlo al pie de la ventana, en un sillón bajo, con las piernas extendidas, y es-perando, con sus ojos azules, sólo un poco curiosos, y un aire condescendiente y esforzado.
Parece un personaje de película de ciencia ficción al que un raro virus o una jugarreta del tiempo y el espacio condujeron, de un momento a otro, a la vejez más extrema. Cuesta pensar que en Buenos Aires tiene la doble fama de escritor y de Don Juan arrasador.
   Ese día está de buen humor. Dice que las cosas marchan bien, aclara que sólo le molesta un dolor en una pierna y agrega con una sonrisa sin énfasis que, por fortuna, no necesita la pierna para escribir.
   Dice que el dolor es una de las experiencias más solitarias que tiene el hom-bre. Porque si uno le dice a otro que le duele, ese otro no podrá nunca imaginar ese dolor en su justa dimensión. Entonces cuenta que esa misma tarde espera terminar un cuento corto, de unas seis páginas, sobre un inventor que consigue que se pueda transmitir el dolor. Al comienzo del relato, el invento parece ser muy útil para el desarrollo de la medicina, pues los diagnósticos cada vez son más exactos. Pero las cosas se complican cuando los médicos se llenan de dolores y deciden matar al inventor.
   Las sospechas de que ese hombre de ochenta y cinco años no es real —que quizá se trata de una invención— surgen cuando dice que se dispone a escribir una nueva novela: la historia de dos amigos que quieren que sus hijos también sean amigos. Hay algo de sobrenatural en la obstinación de ese ser de voz res-quebrajada que se dispone a llenar cientos de páginas a pesar del temblor rebelde de sus manos.
Entonces empieza a revelar los secretos de su arte:
   “Antes de ponerme a escribir, sé todo sobre la obra, desde el principio hasta el final. Nunca he empezado a escribir sin saberlo todo. Trato de tener previstas todas las situaciones. A veces me engaño a mí mismo y me encuentro con una dificultad que me ha estado esperando en algún punto del relato, pero en general he podido resolver los problemas y cumplir con mis ideas”.
   Dice que una manera de tener claros sus relatos es contarle la historia a una amiga mientras cenan en un restaurante. “Si veo que la historia le interesa, me siento estimulado”.
   — ¿Escribe a mano?
   El hombre en la silla no responde. Lleva una mano al bolsillo interior de su chaqueta, muestra una hermosa estilográfica negra y dice, como quien desenfun-da un arma porque lo han provocado: “Esta es mi máquina de escribir”.
   “Yo prefiero usar tinta y no lápiz, y cuadernos y no hojas sueltas, porque es como si el cuaderno me exigiera escribir siempre lo mejor que yo puedo para no arrancar la página... Después las arranco, pero por lo menos esto me sirve de estímulo para escribir del mejor modo que puedo. Creo que cada texto hay que aprender a escribirlo, que nunca se acaba de aprender a escribir. Usted tiene una nueva historia y la primera página le da más trabajo que todas las otras porque todavía no ha aprendido a escribirla. Cuando ya escribió la primera pá-gina —cuando ha aprendido— la segunda se escribe con menos dificultad.
   “Lo de la tinta es para que lo escrito sea algo fijo, que no se pueda borrar”.
   A esas alturas de la entrevista —y de su viaje a Buenos Aires— el sujeto ha comprendido que una de las constantes de esa experiencia es escuchar lo que pueden enseñarle los maestros en el arte de escribir.
  “Mis primeras seis obras fueron las seis peores obras del mundo”, dice el hombre de la silla, con una mirada firme que pasa por encima de las debilidades de su cuerpo. “Si tiene vocación, escriba. A escribir se aprende escribiendo y le-yendo. Hay que leer y escribir mucho”.
   “Creo que mi relación con los lectores es ahora muy buena. Cuando escribí esos libros no era tan buena y tenían razón. En algún diario —cuando yo escribí un libro que se llamaba Caos— el redactor me aconsejó que abandonara la lite-ratura y que plantara papas. Yo fui bastante insensible y no hice caso, pero no me arrepiento porque me gusta mucho escribir. Espero que los lectores estén conformes con lo que yo hago”.
   ¿Cómo es la rutina suya hoy en día?
   “La rutina mía de toda la vida es: las mañanas que tengo libres las dedico a escribir y, si  la tarde también la tengo libre, vuelvo a escribir. Leo al atardecer y no leo en la cama, leo levantado. La cama la uso para dormir”.
   — Corrige mucho.
   “Mucho. Trato siempre de eliminar las habituales torpezas mías. Trato de limpiar el texto y de que fluya el estilo, que el lector encuentre el camino expe-dito para seguir de la primera página a las otras”.
   — ¿Que está leyendo ahora?
   “Acabo de leer un libro de Hemingway que habla de sus amistades con otros escritores y es realmente muy hermoso. Leo poco los autores nuevos. Pre-fiero releer. He releído La guerra y la paz, que me ha parecido un libro espléndi-do, como me pareció cuando lo leí por primera vez. La lectura me tomó varios meses”.
Es casi inconcebible una conversación con Bioy Casares en la que no apa-rezca la figura de Borges. A pesar de la diferencia de edades —Borges era dieci-séis años mayor— fueron grandes amigos. Juntos hicieron antologías, trabajaron en torno a la revista Sur, al lado de Victoria y Silvina Ocampo —que fue esposa de Bioy (justo sobre su cabeza hay una foto de ella)— y llegaron a escribir relatos a dos manos.
“Creo que una de las razones por las que mi vida ha sido afortunada fue por conocer a Borges. Era una persona extraordinaria, siempre estaba  pensan-do, su inteligencia no descansaba nunca. Siempre estaba inventando cosas y po-díamos hablar de literatura incansablemente de la mañana a la noche. Cuando escribíamos juntos, generalmente inventábamos una historias durante la cena y Borges decía: ‘Vamos a dedicarle tres cenas antes de ponernos a escribir’. Pero después de acabar de comer se impacientaba y decía: ‘Dejémonos de tonterías. Vamos a escribir ahora mismo’ ”.
“El trabajo se basaba, sobre todo, en no tener vanidad, en ser muy amigos y no poder ofenderse. Si yo decía una tontería, Borges decía: ‘No, no, no... ya miaste fuera del tiesto. No, no, no...’. Lo mismo si a él se le ocurría algo que no me parecía adecuado, yo se lo decía. Normalmente el relato se iba haciendo así: una frase de uno, dos frases de uno, otra frase del otro y nos divertíamos mu-cho”.
   — ¿Qué piensa sobre la vanidad y el culto a la imagen que suele haber hoy en torno a los escritores?
   “Creo que nosotros no tuvimos nunca esa vanidad. La vanidad me parece un poco absurda.”
   — Por cuáles libros, en especial, le gustaría ser leído o recordado.
   “Yo no puedo decir eso. Mis amigos inteligentes prefieren El sueño de los héroes. Otros prefieren La invención de Morel. Este último ha ido a todos los países y gracias a que lo publicaron todavía me piden libros de China, de Japón, de Rusia, de Turquía. La semana pasada me han pedido un libro de Turquía. Así que creo que a La invención de Morel, que me tiene tan cansado, le debo sin em-bargo muchas cosas.”
   — ¿El mundo actual sigue siendo tan receptivo a lo fantástico?
   “Creo que el mundo sigue siendo receptivo a lo fantástico. Pero yo estoy menos receptivo. A mí me gustaría escribir algo que no fuera una historia fan-tástica, pero las que mi mente me ofrece son todas historias fantásticas.”
   — Si se inventara la manera de que una persona fuera al futuro —uno o dos siglos más adelante—, cree que vería que la gente todavía lee a Bioy Casares.
   “Hay un cuento de un escritor que consigue ese don y, después, cuando ve el futuro advierte que nadie lee sus libros.”
   “No estoy seguro de que no me pase eso, pero trato de creer que no me va a pasar y que lo que estoy escribiendo no son tonterías. Pero vaya uno a saberlo.”
Entonces, el sujeto le pregunta por el recuerdo más distante que tiene de la infancia y el hombre de la silla regresa del futuro en el que no ha sido olvidado, pasa raudo por ese presente en el que hablan —con las zancadas elásticas y vigo-rosas del tenista consumado que fue— y desanda más de ochenta años de su vida, sin mostrar el menor gesto de cansancio.
   “Creo que el primer recuerdo que tengo es de estar en un campo, en la pro-vincia de Las flores, en una zona llamada Pardo. Ahí estoy, mirando la luna, y me parece que hay unos personajes en la luna. Entonces mi padre se acerca y me dice que sí, que hay un hombre en un burrito allá en la luna”.
   “Ahora no lo veo, pero esa vez lo vi”.

6. De la estirpe de los barcos
   Después de todo, la imagen del libro de arena puede ser la apropiada. Sólo hay que pensar en Heráclito para vencer el temor: de todas maneras estamos con-denados a no bañarnos dos veces en el mismo río.
   El sujeto se sienta en el banco de un parque —el Lezama, quizá, o las barra-cas de Belgrano— a tratar de digerir lo que ha vivido. Extrae de su morral de pe-regrino el libro de arena que compró en un puesto de revistas de la calle Suipa-cha. Aprecia la paradójica delgadez del volumen antes de decidirse a hojearlo.
Al abrirlo siente algo poderoso como una ráfaga de viento, que sin embargo no mueve sus cabellos. Sus ojos permanecen desmesuradamente abiertos. Sus manos se aferran a las solapas del libro. Las páginas se mueven a su antojo.

   Ve multitudes gritando en los estadios. Escucha cantos de amor incondicio-nal a los equipos. Ve fanáticos sin camisa lanzando alaridos que les tensan hasta el límite las venas en el cuello.
   Ve a Zunino preguntarle a sus hijos —al final de un lánguido empate de In-dependiente— cuál es el próximo partido. Lo oye decir, con su escéptica voz de porteño apacible: “Ahí estaremos de nuevo. Sufriendo”.
   Ve bailarines y músicos de tango divirtiendo a los turistas, desligados de la sórdida oscuridad que le dio origen a esa música, pero igualmente poseídos por otras formas del desencanto.
   Ve a míster Corcho castigar sin piedad sus mejillas, le imagina una infancia sin amor, montones de corchos tragados por accidente para perfeccionar su arte.
    Ve las noches encendidas en Corrientes y en la avenida de Mayo: los ancia-nos que departen hasta tarde en torno a los cafés, las filas de medianoche para entrar a los cines o teatros, las librerías de viejo, esperando hasta la madrugada a los lectores desvelados.
   Ve un “gato” elegante en la Plaza Cortázar —junto al café Macondo— igno-rando el sufrido pasado de quienes le antecedieron en los piringundís malevos.
   Ve a Raúl, preocupado por que sus tareas de editor lo alejan de la creación. Lo ve venir, desde la parrilla que está en el patio de su casa, con un aire de pi-lluelo y unas carnes deliciosas y en su punto.
   Ve la primera fundación, ve la segunda fundación, ve la fundación mítica de Buenos Aires: asiste a la ceremonia en la que unos aborígenes se comen a uno de esos fundadores.
   Ve a los gauchos sobrevivir gracias al mate. Ve, en una sola intolerable vi-sión total, todos los mates amargos y simples que en un instante único se beben en la ciudad en esa tarde gris de otoño .
   Ve los barcos viejos de la Boca, triturados por el sol, muertos o moribundos como el agua, recordando con nostalgia porteña los tiempos en que el río era la vida, aferrados al bullicio de las familias numerosas que llegaban a apiñarse en los conventillos, que pintaban sus casas con los ruidosos colores de los barcos y sembraban para siempre en esas tierras sus acentos y ademanes.
   Ve los avisos en italiano, en alemán, en francés o en armenio, explicando y justificando el aire de lejanía que hay en las caras.
   Ve la vida de perros de los perros que habitan Buenos Aires, sus protestas resbalosas llenando las veredas, sus encierros atroces en apartamentos o altillos, la piadosa labor de los que trabajan paseándolos. Ve a los psicólogos que intentan curarles las neurosis que les han contagiado los humanos.
   Ve los inmensos parques que hacen abierta y fresca esa ciudad.
   Ve a la Susana Giménez de sus primeros sueños eróticos, la rubia desaforada que nunca se despegaba de Monzón, empeñándose ahora en luchar contra los años, decidida a tensar su piel al máximo para seguir viviendo por y para su cuer-po.
   Ve los escándalos que unen, a través de la T.V., a ese inmenso mar de solita-rios: la maestra de treinta y dos años locamente enamorada de su alumno adoles-cente, el juez cuya justicia estuvo atada por culpa de un video que mostraba su placer con otro hombre, los premios de televisión Martín Fierro —que ponen en evidencia los recelos en el gremio—, el fútbol, los inundados.
   Ve a Laura mirar sorprendida las calles y exclamar: “Es cierto, no lo había notado: hay  pocos niños en la ciudad.”
   Ve el maniático fluir de Villa Freud, el barrio de los psicoanalistas. Ve a los bandos departiendo en el café Jung y en el café Freud, según sea la tendencia que se sigue.
   Ve a un taxista al que la mosca se le escapa de las manos.
   Ve a Balbo referirse preocupado al problema de la droga entre los jóvenes. Ve sus ojos de crío desamparado cuando habla de conspiraciones internacionales que han convertido a Buenos Aires en un buen negocio para las mafias.
El ventarrón de tiempo sacude sin cesar aquellas hojas y le hace ver ahora las estadísticas que informan que, aún hoy, los  nombres de Evita y de Juan Do-mingo Perón son los más mencionados en los medios.
   Ve el rostro del fotógrafo Cabezas por todos lados. Ve las fotos que tomó, en un libro que acaban de editar. Ve al principal sospechoso del crimen en una de las fotos que ilustran la portada.
   Ve a la ciudad respirar alegre el cielo abierto en las noches de concierto. Ve a un Lalo Schifrin fugazmente repatriado para llenar de orgullo patrio a los porte-ños que recuerdan que fue él quien compuso el tema clásico de Misión Imposi-ble. Ve el concierto del Día del Trabajo: ve a León Gieco, Mercedes Sosa, el niño prodigio de Tucumán, alentando a todo el mundo para que ayude a los inundados.
   Ve a Gonzalo y recibe agradecido sus palabras: “Vos también sos un chan-ta”.
   Ve a Darío chateando contra el mundo —olvidado por un momento de su pasión por la escritura— y preguntándole a voces que no oye: qué hacés, donde vivís, llueve o hay sol en tu ciudad.
   Ve a Borges por todos lados, cada vez más convencido de que sólo una cosa no hay: es el olvido.
   Ve a la mujer de Maradona, también chateando, confesando en ese recinto anónimo que se aburre cantidades.
   Ve a Maradona, desesperado, preguntándose qué más debe decir para que no lo olviden, padeciendo una nostalgia más terrible que la nostalgia natural y casi placentera de los porteños que deambulan, con rostro inexpresivo, por calles y ascensores, trenes y autobuses, teatros, cafés, ferias o parques, en aquella  ciudad desmesurada.
   Y mientras más mira siente que es más lo que le queda por mirar.

7. Al borde del paréntesis
   El asma es una enfermedad que obliga a sus víctimas a pensar constante-mente en la muerte.
    “Nací en el Paso del Toro. Mi infancia fue medio complicada. Mi padre compró una farmacia en Tacuarembó y lo estafaron, le vendieron los envases de medicamentos vacíos. Eso fue para mí un hecho definitivo, pasamos de la clase media a la ruina”.
Por decenas de causas distintas (por la contaminación de las ciudades, por la lluvia de polvo de los días, por ciertos alimentos y hasta por miedos o desarreglos nerviosos), el paciente descubre de pronto que la respiración se dificulta más y más.
“Luego fuimos a vivir a Montevideo. Siempre recordaré el ruido que hacía en las noches el techo de zinc. Hubo muchas dificultades. Vivimos mientras se iban vendiendo los regalos de matrimonio: vajillas de plata, relojes, cosas así. Mi madre era modista. Mi padre estuvo mucho tiempo desempleado. Luego, cuando yo tenía 8 años y la situación mejoró un poco, tuvieron otro hijo”.
   Imagine el lector que el proceso inconsciente y rutinario de inhalar y exhalar se interrumpe de repente, imagine que si usted no se apresura a asumir el control de sus pulmones la muerte se le acerca en forma vertiginosa.
   “A los once años escribí una novela. Los primeros libros que leí fueron de Julio Verne. Dos años de vacaciones fue el primero y me encantó. Yo tenía tal pasión que me podía quedar horas y horas leyendo. Mi padre me decía, vas a le-er hasta aquí. Yo leía varias veces el fragmento permitido. Después leí a Emilio Salgari y un libro que leímos todos los niños de mi generación, Corazón. Lo leíamos y llorábamos como locos. Ese libro nos enseñó a sentir. Fue un buen aprendizaje. Ahora a los niños les encajan esos marcianos horribles”.
   Piense ahora que todos los músculos del pecho y el diafragma —que incluso algunos de los hombros y la espalda— redoblan esfuerzos para ponerse al servi-cio de la otrora sencilla labor de respirar.
   “Cuando publiqué el primer libro —en una edición muy pobre que me re-galó un amigo— lo mandé a dos o tres críticos. Uno de ellos me dijo: ‘Tu libro es un mal libro de un buen poeta’. Ese fue un momento decisivo en mi carrera lite-raria”.
Pero el problema no sólo es asumir el control de los pulmones y ponerse a respirar. El problema es que el aire no entra ni sale, que un bloqueo exasperante hace que, en el mejor de los casos, la respiración sea un silbido delgado y agónico que se interrumpe a cada rato.
   “Sólo hasta el octavo libro encontré un editor. Antes hacía un préstamo en el Banco Nacional y publicaba un libro. Cuando cancelaba la deuda, hacía otro préstamo y publicaba otro”.
   El forcejeo es doloroso y sume al enfermo en depresiones terribles: cada nuevo intento por llenar de aire los pulmones es una nueva reflexión sobre el sentido de la vida. A veces el enfermo desiste unos segundos y se va hundiendo en un pozo oscuro del que sólo lo rescata el instinto.
   “Muchos escritores me han impresionado. Fui amigo de Cortázar. Era un buen escritor y un hombre muy cálido. También fui amigo de Onetti,  fuimos muy cercanos en Madrid. Éramos vecinos, no salía de la casa y su mujer me decía: ‘Tratá de convencerlo para que salga’. ‘Para qué’, decía él, ‘si en la cama se puede hacer todo: nacer, morir, comer, amar’. Su hosquedad era una defensa, cuando uno penetraba esa defensa era un buen amigo. Lezama Lima era fasci-nante. Hablaba igual que escribía. Era dificilísimo entenderlo. Escuché una conferencia y estaba admirado por su manera de juntar sustantivos y adjetivos, pero no recuerdo qué dijo. También era asmático. Yo cumplo este año las bodas de oro con mi mujer y con el asma. Proust fue un asmático famoso y se aprove-chó de eso para escribir en la cama. También lo fue el Che”.
Durante mucho tiempo se creyó que el asma era simplemente las dificultad para hacer entrar el aire a los pulmones. Estudios recientes revelaron que el pro-blema es que los bronquios se contraen y dejan atrapado el aire en su interior. Todo esfuerzo por inhalar se hace inútil y doloroso porque los pulmones ya están llenos.
   “A un escritor joven, además de asegurarse de contar con una dosis mínima de talento, le aconsejo trabajar mucho y no publicar inmediatamente lo que es-cribe, dejarlo reposar para leerlo con otros ojos.  Hay etapas en las que uno su-fre influencias. Pero luego encuentra su estilo. A mí me influyeron Quiroga, Maupassant (por esa sabiduría para los finales y por el rigor, porque el cuento reclama mucho rigor, incluso más que la novela) y Chejov (por la atmósfera). Entre los poetas, Vallejo fue mi primera influencia pura y grande. También, un argentino injustamente olvidado, Baldomero Fernández Moreno, que escribía sobre cosas sencillas, sobre lo que sentía la gente, mientras los demás poetas eran abstrusos. Después, en Antonio Machado encontré más calidad”.
   En los asmáticos suele predominar una sensibilidad exagerada, pero la luci-dez atroz a que los obligan sus ataques termina por desarrollarles la inteligencia.
“Escribo en computadora los cuentos y novelas, pero no la poesía. En la poesía hay una relación poema, mano, papel, que es obligatoria. Escribo cuando me dejan. Esa es una de mis angustias de los últimos años. Tengo que pelear mi tiempo a muerte (eludir entrevistas o rehusarme a integrar jurados). Tengo mu-chos temas que están haciendo cola. A lo que he llegado es a escribir de noche: los periodistas están muertos de sueño, los editores cansados y ahí puedo po-nerme a escribir”.
   Mario Benedetti enfrenta justo en este momento un ataque de asma. Se en-cuentra en el sótano de la librería Hernández —de la calle Corrientes— y piensa de nuevo en la muerte.
   “Escribo por necesidad. No escribo para vender. El triunfo es una cosa inexplicable. Sucede que los libros que creo que van a ir bien no pasan de la se-gunda o tercera edición, y aquellos en los que no confío llegan a treinta. La no-vela La tregua ya pasó de las cien ediciones.”
   Se encuentra en Buenos Aires para presentar su último libro de poemas, La vida ese paréntesis. La noche anterior leyó en la Feria del Libro, ante una multi-tud emocionada, algunos poemas de su libro.
   “Soy ateo. Los poemas que componen este libro surgen de la certeza de que antes de nacer y después de morir no existe nada, que todo lo que tenemos nos ocurre durante ese paréntesis que llamamos vida.”
   Arriba, cientos de personas lo esperan para pedirle un autógrafo. La fila sale de la librería y oscila en la vereda como una serpiente que remonta la corriente. Benedetti vuelve a llevarse a la boca el inhalador con el remedio que esta vez ha tardado en aliviarlo. Cierra los ojos exhausto, apoya los brazos tensos en las rodi-llas para mantenerse erguido y le pide a sus viejos pulmones que sigan respiran-do.
“Escribiré mientras pueda. Tengo setenta y ocho años y no creo que me quede mucho”.

8. Una pradera nocturnal florida
   Cuando tenía diez años, Julio Cortázar vivió la inolvidable experiencia de subir al décimo piso de un edificio en Buenos Aires.
   Era un niño sensible, desgarbado y extraño. La primera mitad de su vida la había pasado con su familia en Europa, en el neutral territorio de Suiza, al borde de una guerra cuyas proporciones tardaría algún tiempo en conocer.
A los cinco años ya sabía leer, sin confusiones, cualquier texto en francés, en inglés o en español.
   Al final de la guerra, su familia regresó a la Argentina —el lugar de donde eran sus padres— y, apenas pisaron tierra, su padre salió despavorido.
Cortázar vivió con su madre, sus tías y su abuela alemana. Era el único hombre en un campestre paraíso de jardines, pianos y tomateras, cerca de los rieles del tren, en el suburbio de Banfield.
   Su primera decepción amorosa la sufrió a los ocho años, cuando le escribió un poema a una compañera de la escuela y la ingrata lo denunció con la maestra.
Sus compañeros le decían el maricón, porque prefería los libros de Julio Verne a los partidos de fútbol. Pero aprendieron a aceptarlo cuando descubrieron su asombrosa facilidad para escribir y vieron la generosidad con que hacía —con estilos distintos— las composiciones de sus compañeros más queridos.
   Cuando tenía diez años pudo ver a Buenos Aires en la noche, desde la ven-tana de un décimo piso. La impresión fue tan conmovedora, produjo en él un es-tado tal de excitación y de ingravidez, que no regresó a la realidad hasta que es-cribió un poema que empezaba de la siguiente manera:
“Y la ciudad parece así, dormida
una pradera nocturnal, florida
por un millar de blancas margaritas”

   Setenta y cuatro años más tarde, también de noche, un avión se acercó a la cabecera de una de las pistas del aeropuerto de Ezeiza. Después de un silencio y una quietud que se prolongaban, exigiendo sonido y movimiento, el avión empe-zó a rodar por la pista, cada vez más veloz, cada vez más ruidoso, hasta que des-pegó las llantas de la pista.
Todos los pasajeros pujaron para ayudar al avión y en pocos segundos los motores de la nave se relajaron, a una altura ya considerable. Entonces el sujeto pudo ver a Buenos Aires.
   En los aviones, las personas que miran demasiado por las ventanas, que se pegan al acrílico y realizan piruetas aparatosas en sus sillas, suelen ser considera-das novatas, provincianas o escasas de decoro. El sujeto no se preocupa por nada de eso y mira arrobado la infinita pradera nocturnal florida que se extiende hasta lo que debe ser el horizonte.
    Durante cerca de quince minutos sólo hay luces, avenidas, ciudad y más ciu-dad. Intenta recordar lo que ha vivido en ese sitio durante dos semanas, intenta sacar conclusiones, pensar en algo, alguna imagen que exprese todo aquello, pero la imagen la tiene ante los ojos y le resulta inexpresable. Sólo sabe que esas luces se están grabando en ese instante en el lugar de los recuerdos especiales.
   Cuando ya no puede forcejear más contra la ventanilla, cuando comprende que es un hecho que la hermosa ciudad de Buenos Aires ha entrado en su pasado, intenta con torpeza pensar en ese coro de personas que durante aquellos días le hablaron de muchas cosas, pero especialmente de lo mismo, de lo suyo: de la vi-da y de la forma de escribirla.
   Buscó en su morral de peregrino el libro de Bradbury que eligió para el via-je. Estaba exhausto. Era incapaz de coordinar más de dos ideas. El sueño represa-do lo invitaba a darse por vencido. El rugido del avión era sedante.
Volvió a mirar por la ventana. Durante unos segundos miró la oscuridad, la fría tiniebla de allá afuera.
   Abrió el libro. Leyó:
   “Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”.
   La frase fue a alojarse en su cabeza con la fuerza de un disparo.

Buenos Aires, abril-mayo de 1998

 

Glosario
Boludo: Torpe, mental o físicamente. La palabra sugiere problemas (excesos) de ti-po hormonal.
Conventillos: Lugar habitado por varias familias, casi siempre numerosas. Inquili-natos.
Chanta: Para Gonzalo Álvarez, de Bariloche, la ciudad de Buenos Aires está llena de chantas. La palabra es de difícil definición, pues tiene unas connotaciones bastante sutiles. En términos generales se refiere a quien habla en exceso y presume, generalmente sin méritos para hacerlo.
Chatear: No es un término porteño, pero es una actividad con cierto arraigo en Buenos Aires. Consiste en dialogar por escrito, generalmente con personas que no se conocen, a través de ciertas páginas de Internet.
Che: Palabra para dirigirse a personas o animales. Expresión símbolo de la argentinidad.
Choripán: Comida rápida de chorizo con pan.
Garúa: Lluvia menuda que suele caer en el otoño.
Gato: Prostituta.
Macanudo: Todos los porteños, según los mismos porteños, son macanudos, extraordinarios, excelsos.
Malevo: De mala vida.
Mosca: El dinero. Recibe ese nombre por la dificultad que se tiene para obtenerlo y por la facilidad con que se escapa una vez se abre la mano.
Pavada: Los pavos y sus actuaciones no son muy respetados en Buenos Aires. Tontería.
Piantado: Loco. Escúchese la canción ‘Balada para un loco’.
Piringundín: Antiguos prostíbulos del puerto.
Porteño: De Buenos Aires.
Qué se yo: Una de las expresiones más comunes de los porteños. Confirma que el filósofo griego Sócrates está en las raíces de su mentalidad.
Seee: Afirmación (sí). Al pronunciarlo se requiere el uso de todas las vocales.
Striper: Artista del nudismo o strip tease.
Subté: Tren subterráneo.
 

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Una flor amarilla en Montparnasse

“El día en que morimos no cantan ruiseñores, ni nos sostiene en sus brazos el amor, ni las cuentas están bien saldadas”.
John Keats

“But I know by now
why did you sit here
in the grave”.
Dolores O’Riordan


   ¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Llamar a esto y aquello dormir y despertar. Y a eso otro llamarlo cuarto de hotel y al color azul claro que se ve por la ventana llamarlo, con un júbilo tranquilo, el cielo de París, el cielo de la última mañana de París, cielo del fin de un sueño del que será posible regresar a la vigilia con flores y cuadernos, con recuerdos y ampollas que los meses irán desdibujando.
   Por un momento el sujeto consideró la idea de no levantarse, de no moverse de esa cama por el resto de su vida: perder el desayuno del hotel, perder esa mañana, perder el tren de las seis de la tarde que debía conducirlo a Madrid, perder su nombre para siempre, la vida vivida hasta ese entonces.
   Pero el teléfono lo sacó del ensueño de vacío y una voz con cierto aire de disgusto soltó una retahíla en la que sólo pudo comprender las palabras neuf y déjeuner.
Recordó la insólita insistencia del primer día, en la recepción del hotel Celtic, para que estuviera en el comedor cada mañana antes de las nueve, comprendió que si no se apuraba perdería el desayuno que de todas maneras ya había pagado, y a esas alturas del viaje no podía darse el lujo de perder ese café, ese gigante pan con mantequilla y mermelada.
   Al tratar de ponerse de pie comprendió la magnitud de su cansancio: llevaba treinta días de caminatas bestiales por ciudades de España y de Francia, sorbiendo con apetito insaciable los paisajes de esas tierras que quedaban muy lejos de su casa. La última semana se había dedicado a devorar grandes porciones de París ignorando la queja pronunciada paso a paso por sus pies. En cierta forma, su viaje había terminado, ahora sólo le restaba hacer un par de cosas en París, marcharse luego hasta la Gare d'Austerlitz, tomar el tren que iba a Madrid y, de allí, montarse en un avión para mirar la llanura monótona del mar, imaginando las tortuosas peripecias de los primeros viajeros que surcaron esas aguas hace apenas cinco siglos.
   "Un par de cosas y ya está", pensó. “Las flores deben ser de un amarillo proverbial”. Sonrió al comprender que con sólo una semana ya tenía asuntos y gestiones para hacer, como cualquier otro habitante de París.

* * *

    Comenzó, si es que comienzan las cosas de la vida —si no son una larga serpiente de causas y efectos que se muerde la cola—, durante aquellos días en que el hombre de las flores era un  muchacho tímido que cumplía sus deberes escolares y tenía disponibles muchas horas en las tardes y los fines de semana.
    El mundo era pequeño y conocido, empezaba a la orilla de la cama, se extendía por la casa, abarcaba unas seis cuadras y llegaba hasta el lugar donde estudiaba. A veces se le abrían horizontes que acababan en telones luminosos o en estantes donde el joven exploraba en busca de los libros que leía por las tardes y en los fines de semana.
El ritual era preciso y agradable. La biblioteca pública era inmensa y el carnet de lector eran las llaves del paraíso. El muchacho caminaba sin rodeos hasta la vasta sección 863 y allí se dedicaba a hojear y sopesar libros y libros.
   Tardó poco en comprender que el nombre del autor era importante, que unas aguas secretas y comunes se movían a lo largo de los libros de un mismo hombre.
El primero fue un abogado de Nantes que escribió mucho, sus libros ocupaban dos filas de un estante y detrás de cada título se abrían enigmas apasionantes, situaciones extremas, problemas insolubles que encontraban soluciones milagrosas y absolutamente razonables. Con él viajó por el espacio en un pedazo de tierra que fue arrastrado por un cometa, con él perdió la vista y volvió a recuperarla en las inhóspitas estepas siberianas, y fue de él que recibió las primeras noticias sobre el mar.
   Pero como la curiosidad era insaciable, como ningún mundo —por rico que fuera— resultaba suficiente, un día el muchacho decidió alejarse por un tiempo de los libros del abogado de Nantes y buscó por otros lados. Así llegó a sus manos La isla al mediodía, que parecía ser una historia sobre náufragos y el mar, dos temas que ya habían empezado a obsesionarle.
   Y ese mismo día por la tarde —al leer los extrañísimos relatos del autor que acababa de encontrar— comprendió que también él, que también toda aquella gente que veía en el colegio o en el cine, todos esos rostros que encontraba por las calles o mirando en los estantes, eran náufragos, y que la soledad era su mar.

* * *

   La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada.
(Julio Cortázar, “La isla al mediodía”)

* * *

   Y al primer cuento le siguió otro y al primer libro le siguió otro —una novela, un libro collage— y cada nuevo libro era un hallazgo decisivo,  también una admiración más grande e incondicional.
   Y en los libros de aquel hombre no sólo estaba el mar. Había también casas tomadas y hombres que huyen para siempre y fuegos hermanados en el tiempo y conejitos brotando temblorosos por gargantas, ensuciando con su inocencia la casa en Buenos Aires de una graciosa señorita que está en París.
   Y también estaba París, con el Club de la Serpiente, con la mujer que murió en el río, con sus hoteles y sus peceras, con callejones por donde un tipo insignificante se escabullía hacia otra vida. París con sus cantantes tristes y sus magas perdidas, con sus paraguas destrozados y sus flores amarillas.
   Y, cuando quiso saber más del autor de aquellos libros, descubrió que el tal Cortázar —así se llamaba: Julio Cortázar— era argentino y que hacía muchos años vivía y deambulaba por París.

* * *

   Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos en una frase de clochard, de una buhardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo.
(Julio Cortázar, “Rayuela”)

* * *

   Entonces empezó a soñar con ir un día hasta París —París ovillo, París tornillo, París metáfora existencial—, con el único propósito de ver al escritor de aquellos libros, estrechar su mano de gigante viejo y niño, y tratar de decirle en pocas frases lo que  significaban para él todos sus libros.
   Adquirió la costumbre de leer a Cortázar acompañado con un mapa de París. Con el sueño del viaje agazapado, buscaba en el mapa cada calle o plaza que encontraba en sus novelas y relatos, y se movía cada vez con más confianza por aquella ciudad imaginaria.

* * *

   “Aquí había sido primero como una sangría, un vapuleo de uso interno, una necesidad de sentir el estúpido pasaporte de tapas azules en el bolsillo del saco, la llave del hotel bien segura en el clavo del tablero. El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así, eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír, más allá de esa calle empieza el Jardin de Plantes. París, una tarjeta postal con un dibujo de Klee, al lado de un espejo sucio. La Maga había aparecido una tarde en la rue du Cherche Midi, cuando subía a mi pieza de las rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque
(Julio Cortázar, “Rayuela”)

* * *

   Pero el viejo no pudo seguir arrastrando con el niño, Cortázar murió mucho antes de que ese lector agradecido y transformado pudiera viajar hasta París a visitarlo.
Y a pesar de que el muchacho llegó a escribir un libro sobre él, la idea de ese viaje empezó a diluirse con los años y el mapa de París terminó por extraviarse entre cajones y mudanzas.

* * *

   Sólo al subir por la rampa y alcanzar la superficie de madera sintió que había llegado.
Tras su primer gran recorrido por París, el sujeto había decidido que el Pont des Arts sería el lugar donde debía hallarlo la noche.
Justamente el Pont des Arts.
   "¿Encontraría a la Maga?", recitó. "Tantas veces me había bastado asomarme...". Recordaba pocas palabras del comienzo de Rayuela: “la luz de ceniza y olivo”, la “pinaza color borravino” (la primera vez que la leyó tuvo que recurrir al diccionario para hacerse una idea del color borravino), la silueta de la Maga deambulante o detenida, pero finalmente ausente.
   El Pont des Arts, el puente de la Maga —como lo dijo un día Madame Léonie—, un acogedor pasaje de madera sobre el río Sena, donde Oliveira llegó a cumplir, cuando era tarde, con una cita que no había sido acordada, fue el sitio elegido por ese hombre venido de muy lejos para pensar un poco en las impresiones recibidas durante su primer recorrido por París.
   El puente estaba de fiesta. En torno a una de las bancas que ocupaban la parte central, había baile y sonido de tambores. Parejas enamoradas y solitarios pensativos contemplaban el cuadro. El sujeto se recostó de lado en el pretil de hierro, a mirar el río y la vida del puente, a dejar pasar, inconsciente y abierto, una ruidosa multitud de sensaciones que sólo entendería con el tiempo: las pinazas de diversos colores,  las Lucías y Horacios, Colettes y Bernards, ignorándose, huyéndose o buscándose.
Apoyado en el pretil del Pon des Arts, el sujeto recordó una vieja conclusión: los instantes cargados de vida sólo pueden ser comprendidos con el tiempo. El instante pertenece a los sentidos.
   Cerró sus ojos y sintió la rotación vertiginosa de la tierra. Aspiró fuertemente para oler a París, ese pálido atardecer de tambores. “París huele a cielo”, se dijo y abrió nuevamente los ojos y vio al otro lado del puente, en la misma baranda, a la Maga volando en el cielo.

* * *

   ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su cintura delgada y acercarme a la Maga que sonreiría sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
(Rayuela, capítulo primero)

* * *

   Esa mañana, al llegar en el tren de Madrid, el sujeto había jugado con la idea de estar en el cielo.
   Después de despedirse en la estación de la familia árabe, de la maestra de escuela francesa, de la abuela española que estaba inconsolable porque había dejado a sus nietos en Madrid, el sujeto se supo solo y gratamente perdido.
Pensó que lo primero sería comprar unos francos y un mapa, pero antes de cumplir esos rituales que terminarían de integrarlo al plasma humano de París, se dejó arrastrar unos minutos por el vértigo inicial, por ese estar mudo y perdido, eufórico, sereno y sin dolor, en una franja impredecible y recién conquistada de mundo.

* * *

   Y ahora la Maga volaba aferrada al pretil del Pont des Arts.
   Al final de ese día, después de haberse instalado en un hotel lo más cerca posible del cementerio de Montparnasse, después de visitar el cementerio, después de torres y arcos y Campos Elíseos, para agotar la novedad, el sujeto había terminado su ceremonia de llegada en el Pont des Arts.
   Ya entonces había comprendido que recorrer esa ciudad era un juego de reglas impredecibles, de impulsos inexplicables, en el que cada movimiento y cada pensamiento dibujaban el encuentro que la muerte hizo imposible en otro plano. Caminar, recordar lo leído, vivir, transitar por las calles muchas veces imaginadas, como en un juego de pistas para dar con un tesoro, doblando en las esquinas según los dictados del corazón, yendo al encuentro de sitios desconocidos y entrañables, así recorrería aquellos días las calles de París.
   Jugar a París era mirar los zapatos que tanto habían caminado en los últimos días, verlos seguir las huellas de los pies del gigante, y pensar que algún día serían un recuerdo borroso de un anciano que escarba entre cenizas en busca de objetos y episodios largamente olvidados.
   Jugar a París era, y fue durante todos esos días, recordar  al viejo librero de la rue Verneuil, el cafecito de la rue des Lombards donde Madame Léonie predecía viajes y sorpresas en las líneas de la mano, mirar las ventanas de las habitaciones de la rue de la Tombe Issoire preguntándose en cuál había una postal Klee o Miró junto a una flor marchita y un espejo sucio, o atisbar a los clientes de los cafés de la rue du Cherche Midi creyendo volver a ver a la mujer del Pont des Arts en cada mujer parecida a ella, siempre con ese silencio ensordecedor, esa pausa filosa y cristalina que terminaba por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra.
Jugar a París era entender que todo estaba tan bien escrito, tan sincronizado con los misterios de la vida, que habría alguien en Montparnasse para ayudarle a hallar la tumba de Cortázar, que visitaría a Aurora justo el 26 de agosto, que habría una Maga mirando el río en el Pont des Arts.

* * *

   La Maga tenía unas botas oscuras de tela que no despegaba del suelo a pesar de su danza. Miraba hacia el sol que se iba perdiendo más allá del río, detrás de una franja de bruma y viejos edificios. Miraba hacia el sol extasiada y bailaba, ondulaba su cuerpo menudo y traslúcido dentro de la tela que alejaba al aire de su desnudez.
Caminó hacia ella unos pasos pero desvió su rumbo cuando estuvo cerca. Fue a sentarse en el suelo del puente, con la espalda apoyada en una maceta de flores, justo detrás de ella, donde era más traslúcida, donde era más intensa su danza con el sol.
Por momentos, la danza se ajustaba al ritmo de los tambores que venían del otro extremo del puente. Por momentos, parecía seguir algún melodioso silabeo venido desde el sol.
   El hombre que venía de muy lejos se preguntó qué hacía ahí, sentado en el piso de madera de un puente de París, a dos metros de una imagen que lo desbordaba, atento a la belleza de esa danza.
   “Estoy aquí para cuidarla”, se dijo. “Está demasiado ausente y feliz y eso la hace vulnerable”.
   “La gente que cruza por el puente la mira con sorpresa. No pueden entender su plenitud. No debe ser usual ni aquí ni en ningún lado que alguien contemple el sol con tanta placidez, tan olvidado del mundo, meciéndose al ritmo de sonidos que nadie más escucha. Porque aún cuando los músicos del puente están callados ella danza, a un ritmo distinto, sobrenatural”.
   Algunos de los que se reúnen en torno a los músicos la miran intrigados, algunos con avidez. El sujeto concluye que debe formar una barrera que la proteja del mundo, así ella nunca se entere.
   Y, justo en medio de esa ceremonia inconcebible, con la danza eclipsando en su rostro el atardecer amarillo pálido, el sujeto volvió a decirse lo que se había dicho durante todo el día desde el momento en que bajó del tren en la Gare d’Austerlitz: “Estás en París”.
   Y recordó que, después de dejar el equipaje esa mañana en el hotel, había salido de inmediato a buscar una tumba en Montparnasse.

* * *

   Cuando se llega al cementerio de Montparnasse le dan ganas a uno de morirse. Es gris y tranquilo, vegetal y de piedra, una sosegada isla de silencio en la ciudad. Allí sí se descansa. Sus mausoleos le dan una elegancia anticuada y apacible.
   El vigilante de la entrada de la rue Edgar Quinet le había regalado un mapa para que señalara los muertos que buscaba. Otro mapa, más grande y detallado, pegado a la ventana de su oficina, tenía ubicadas las tumbas de los notables.
    El sujeto curioseó en busca de los muertos rescatables del lugar y fue anotando la ubicación de los más allegados y queridos: la de Vallejo (más tarde vería esa loza triste y herida por muchos aguaceros), la de Sartre (descansando a puerta cerrada con Simone de Beauvoir), la de Baudelaire (llena de flores, custodiada desde una tumba aledaña por un misterioso gato).
   Marcó con letra más grande la tumba de Cortázar y antes de alejarse le dio una mirada general al resto del mapa. Sufrió una alegría adicional al descubrir que en aquel sitio también estaba Barklay, pero al volver a mirar la avenida principal del cementerio la muerte se burló de su alegría.
   Treinta pasos más tarde el sujeto ya estaba perdido. Lo que era muy claro y directo en el mapa se volvía sinuoso y oscuro en la vida.
   Como muchas otras veces a lo largo de ese viaje, volvió a sentirse una criatura abandonada justo en medio de la nada. Disfrutó del vértigo. Pensó que llegaba tan tarde a la cita que tenía desde niño que ya no tenía prisa. El retraso era de casi quince años. Tardaría en hallar la glorieta y la tumba pero llegaría, y al llegar sentiría una satisfacción inútil, difusa, vacía.
   Entonces prestó atención a la voz insistente que venía desde las tumbas situadas a la derecha de la avenida principal. Era un hombre delgado, de casi cincuenta años que levantaba un brazo y lo llamaba.
   El sujeto tardó en entender que era a él a quien llamaban. Le costaba creer que con sólo un par de horas en París (no debía haber pasado más tiempo desde que bajó del tren y tomó el metro y llegó al hotel y salió corriendo hasta el cementerio) ya había gente llamándolo entre las tumbas de un cementerio. Pero era a él a quien llamaban. No había nadie más cerca y el hombre insistía con gestos y palabras.
   “Es a usted. Venga acá”. El idioma era un lento castellano que olía a mate. El tono era amigable y el apremio tranquilo.
   Mientras se acercaba, eludiendo sepulcros, el sujeto vio el cabello canoso y lacio del hombre. Su rostro, que parecía de una tristeza permanente, se había permitido una sonrisa que no alcanzaba a borrar por completo su desencanto.
   “Aquí está”, dijo el hombre cuando el sujeto estuvo cerca. “Cuesta trabajo encontrarla”.
   “¿Qué es esto?”, se preguntó el sujeto. “¿De dónde aparece este hombre que sabe lo que busco?” Pero no hubo tiempo para más preguntas. A sus cansados pies, una suave llanura de mármol tenía escrito el nombre que buscaba.
   Julio Cortázar (1914—1984)
   En una esquina de la llanura había un bosquecito humedecido por la lluvia, con una flor rosada y algunas hojas secas.
    “Mire”, dijo el hombre. “La gente le deja mensajes”.
Sobre el mármol, al lado del bosquecito, debajo de tres piedras había unos papeles mojados. Mensajes amorosos de gente llegada hasta allí desde Chile, Guatemala o Venezuela, peregrinos que acudían a una cita no pactada y sin embargo ineludible.
   “Alguien escribió aquí la palabra cronopio”.
   El sujeto se alejó de la tumba y vio la letra roja y ciudadosa, ya un poco borrada. Imaginó el fervor y la cautela de quien escribió esa palabra, su pincel y su tarrito de pintura escondidos en su abrigo, la desolación y el éxtasis : la ce un poco indecisa, la erre temblorosa, el resto de las letras un poco más seguras.
   Al levantar nuevamente la mirada, vio por primera vez una luna blanca y sonriente al final de la llanura, elevada por círculos de mármol color noche. La luna de Luis, el escultor amigo de Cortázar que estuvo junto a él, con Aurora, hasta el final.
Entonces el sujeto recordó ese ya lejano libro que escribió sobre Cortázar: al hablar del instante de su muerte, en el Hospital Saint Lazare, al construir esa escena en la que Aurora y Luis lo vieron alejarse después de que la enfermera parecida a la señorita Cora le aplicó una inyección, el sujeto había comprendido que el resto de su vida escribiría.
   “Aurora”, se dijo. “Debo encontrar a Aurora”.
    Sólo entonces reparó en el otro nombre que había en la llanura de mármol. Más allá del nombre de Cortázar, cerca de la luna, estaba Carol Dunlop —muertenauta que zarpó unos meses antes que él—, su amor final, su amor definitivo, su  compañera en el último y más largo de los viajes.
   Aurora en cambio había sido el amor inicial, el de los primeros libros, el de los primeros saltos, el amor que le dio alas para dejar la Argentina a sus 37 años y conquistar el anhelado cielo de París.
   “París”, volvió a pensar, se volvió a ubicar, a decirse incrédulo estás aquí y el tiempo transcurre y la vida quizá no te alcance para saber y entender todo lo que vivas durante los días que pases aquí.
   Pensó que tenía que buscar a Aurora, tenía que recorrer todos los rincones de esa ciudad con la voz de Cortázar murmurando en su memoria. Tenía que ir al Pont des Arts, al Jardin de Plantes, al Parc Montsouriss a buscar el paraguas roto, a la rue de la Tombe Issoire, al Boul’Mich’. Tenía que abrir sus ojos aturdidos a los cuadros y esculturas de los museos, sentir una  alegría perturbadora frente al escribano egipcio, una viejísima personificación de su tarea y su destino. Tenía.
   Pero recordó al hombre que estaba a su lado —recordó también que ese instante ya era un recuerdo de un hombre que custodiaba a un ángel en el Pont des Arts— y quiso saber qué cadena de hechos, qué causalidades, qué extrañas figuras habían convertido a ese hombre en su guía en los territorios de la muerte.
   “Llevo quince años en París”, dijo con su sonrisa insuficiente. “Hace mucho quería visitar la tumba de Cortázar y hoy que pasaba por aquí decidí entrar. En la puerta oí que usted preguntaba por él. Por eso lo llamé. Es una tumba difícil de encontrar, con el mapa uno se pierde”.
   El sujeto pensó que, como su sonrisa, su explicación también resultaba insuficiente, sospechosamente clara y razonable.
   “Si yo no hubiera venido hasta París, si a este hombre no le hubiera dado por entrar esta mañana gris de agosto al cementerio, si no hubiera preguntado por Cortázar —¿Pregunté?—, si el tren de Madrid se hubiera retrasado, si el metro, si el hotel...”
Pero era inútil encontrarle explicaciones a las cosas que ocurrían, la vida se extinguía a cada instante y había que vivirla y aceptarla a manos llenas, con la remota esperanza de entenderle sus sentidos más profundos algún día.

* * *

   “Salomé”.
   Un hombre cincuentón, de barba entrecana, vestido todo de negro, venía caminando por el Pont des Arts.
   Un sol débil que le rasguñaba la mejilla terminó de traer al sujeto del recuerdo del cementerio (Recordó que ése también era un recuerdo de alguien que abrió los ojos a su último día en París).
   “Salomé”, volvió a decir con voz recia el hombre de negro mientras se acercaba. Sus movimientos, a pesar de los años, seguían siendo juveniles.
    El sujetó se entretuvo con el brillo que el sol pálido del final del verano hacía en sus pestañas entrecerradas, irisadas, embriagadas con el campanilleo de esa luz de tibieza casi imperceptible.
   Tardó en comprender que el eclipse de Maga había terminado, que donde antes había estado la mujer ahora estaba la gata color de ceniza y olivo —como el gato del cementerio— que el hombre de negro se agachó a acariciar.
   “Salomé. Tu est là, mon amour, et je n’ai lieu qu’en toi”.
   Al ponerse de pie con la gata entre los brazos, una sombra volvió a cubrir el rostro del sujeto recostado en la maceta. El hombre de negro lo miró, le sonrió y se alejó.
El sujeto decidió regresar a la mañana azul clara de su último día en París, porque el tiempo transcurría, corría el riesgo de perder su desayuno y tenía un par de asuntos que debía resolver.

* * *

   Con dificultad, consiguió abrirse paso por entre la fatiga hasta llegar al baño. El rostro en el espejo tenía unas ojeras de ultratumba. Era lunes, esa tarde tomaría el tren que iba a Madrid.
   Pensó que al volver a su casa dormiría una semana.
   Humedeció su rostro con el agua del lavamanos, recordó que ya no era el que fue hasta hacía pocos días. La tarde anterior, en el Jardín de Luxemburgo, había sufrido algo que, con un poco de optimismo, habría podido llamar una revelación.
Ese domingo había caminado poco. Tras un mes de caminatas demenciales sus piernas se habían negado a obedecerle y el sujeto optó por irse al museo George Pompidou a ver películas experimentales.
   En la tarde había hecho un esfuerzo sobrehumano para llegar hasta el Jardín de Luxemburgo y decidió sentarse frente a la glorieta principal a tratar de poner al día su diario de viaje, que tenía bastante descuidado.
   Allí, mientras se armaba de valor para ordenarle a su mano que escribiera, mojado por una llovizna intermitente y casi imperceptible, sintiendo que había alcanzado la cima de una inmensa montaña y que ya lo que seguía era regreso, sus ojos saturados de ver viajaron por el gris de aquella tarde y fueron a posarse en unas flores pequeñas y amarillas que parecían hablarle.

* * *

   Una tarde cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
   — Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también  la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente era eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y el Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarle irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
(Julio Cortázar, “Una flor amarilla”)

* * *

   ¿Dónde ahora? Ligero como esa lluvia que no conseguía mojarlo, el sujeto se dejó invadir por el alivio de haber escrito sus certezas de ese instante.
   Al final de esa tarde de domingo, mimetizado en el fluir sereno del Jardin de Luxemburgo, había divisado verdades esenciales a través  de las palabras que dejó caer en su diario de  viaje.
   Vio, con una claridad inusitada, su soledad de criatura perdida entre miles de millones de criaturas. Supo, como si sólo en ese instante lo hubiera descubierto, que le bastaba una mano y le sobraban dedos para contar las personas en el mundo a las que de verdad su vida le importaba. Comprendió, viendo la efímera eternidad de las flores, que a esa precariedad sensible que era él le quedaba el consuelo de no ser sólo él. Y recordó que, aunque el ruido de sus obras lo esperaba al regresar, su verdadero territorio era el silencio: las palabras que se dan y se reciben en silencio.
Estaba invadido por la dicha del presente, por el desapego del instante, cuando sintió que lo miraban.
   Frente a él, en la baranda de piedra que lo separaba de la glorieta, la gata dejó de mirarlo y siguió caminando sabiéndose mirada.
   “Salomé”, dijo el hombre con su voz arrugada. Esperó a que la gata lo alcanzara, acarició su lomo erizado —también ese día vestía de negro— y después de sonreírle al sujeto se volvió con la gata en sus brazos y empezó a alejarse.
   El sujeto se alegró de no sentir ya el impulso de encontrarle explicación a los hallazgos y encuentros que tenía. Ahora sabía que eran el alimento de su oficio de misterios.
   Antes de que la noche acabara de caer —antes de que los gendarmes llegaran con sus pitos y sus altavoces a desalojar a los visitantes del Jardín— decidió hacer una lista de episodios vividos desde la última vez que había escrito en su diario.
Lo más importante, sin duda, había sido su encuentro del día anterior con Aurora Bernárdez.

* * *

   Ese sábado el sujeto despertó convencido de que lo único verdaderamente importante que tenía para hacer era buscar a la persona que podía hablarle de Cortázar como si estuviera vivo.
   Dar con ella fue fácil. Su nombre estaba en la guía de teléfonos y la voz del contestador, a pesar de no dar su nombre, era sin duda la de una mujer argentina, de cierta edad, pero vital.
   El sujeto dejó un mensaje en el contestador y decidió encaminarse a la dirección que indicaba la guía. Consultando en el mapa, no parecía lejos del hotel: era en la Place du general Beuret y si llegaba hasta allí caminando daría tiempo a que la mujer considerara su mensaje y accediera a recibirlo.
   “Vení, pero nada de entrevistas”, le dijo la mujer cuando volvió a llamarla desde un teléfono público al lado del edificio.
   El sujeto atravesó un pasillo en la planta baja y llegó hasta un patio grande con una casa de tres plantas al fondo.
   La mujer era menuda y elástica, los ojos azules y el rostro vivaz. Durante varias horas le habló de Cortázar con la familiaridad con que se habla de un pariente común: de la Argentina, de los primeros años que vivieron juntos en París, de la forma como las mujeres caían derretidas ante él (“estaba hecho con los ojos”), de sus últimos días de vida y de su muerte, de sus estremecedoras últimas palabras.
Casi al final de la visita, recordaron en forma desprevenida la fecha de ese sábado y algo mudo y pesado vino a oprimirles el pecho.
   “Hoy es 26 de agosto”.
   “Hoy cumpliría ochenta y uno”.
    El sujeto pensó que estar allí, justo ese día, era como el final de un juego en el que —después de muchos años y rodeos— por fin podía encontrarse frente a frente con Cortázar.
   Sintió que lo abrazaba la sombra de unos brazos que venían de muy lejos.
   Antes de acompañarlo hasta la puerta, la mujer le obsequió un libro con los últimos poemas de Cortázar y le leyó un viejo verso de John Keats sobre la forma trivial, gris e inoportuna como nos despedimos de la vida.

* * *

  Aquella tarde de sábado caminó horas y horas buscando más pasos en las huellas.
Pero el destino de esa larga caminata que pasó por Montsouriss y el Jardin des Plantes —donde no encontró axolotls, pero sí un camaleón—, era un lugar que sólo aparecía fugazmente en la obra de Cortázar: la Biblioteca de Arsenal.
   La Biblioteca era un edificio antiguo y de arquitectura pacífica. Estaba cerrado por el verano, o quizá porque era sábado. Tenía una amplia zona de grava al frente y una escultura de Rimbaud.
   Fue el último lugar que Cortázar visitó.
   Lo había dicho Aurora horas antes. Fue una mañana de invierno, pero el día —como el doce de febrero— estaba extrañamente soleado. Antes de llegar al Hospital Saint Lazare, Cortázar había pedido que se detuvieran un instante en la Biblioteca.
Aurora y Luis estaban con él.
   Al poner un pie en el primer peldaño, comprendió que las fuerzas no le alcanzarían para llegar hasta arriba.
  Impotente, pidió a Aurora que subiera a mirar —que fuera sus ojos— y volviera a contarle cómo estaba ese lugar que lo había albergado tantas veces desde hacía más de treinta años.
   Aferrado al pasamanos, debió recordar la fidelidad obsesiva con que regresaba a ese remanso de libros, su otro hogar al llegar a París. Luego vino el natural distanciamiento. Ahora tenía la certeza final de que allí se quedaban muchísimos momentos que hacían que valiera la pena haber vivido.
    “Está igual de bonita”, había dicho Aurora al bajar. “Pequeña, acogedora”.
   Y en medio de un tráfico brumoso llegaron a la casilla final.

* * *

  Si no es que alguien te sueña o te imagina, tendrías que contar que llegó el día de marcharte de París y que las flores para Julio y para Barklay debían ser de un amarillo proverbial.
   Y anotar que finalmente caminaste por la acera que Oliveira recorrió al final de algo.
   Tú, con tus maceticas plásticas, bordeando el viejísimo muro exterior del cementerio, como un feliz subsidiario de la desgracia.
   Y él, Quinto Horacio Oliveira, leyendo distraído avisos publicitarios de brujas y quirománticas.
   Y agregar además que no preguntaste nada a nadie y que llegaste hasta la llanura blanca donde ese día ya no había papelitos con mensajes y que pusiste las flores pegadas al bosquecito y que viste la luna sonriente en el horizonte y que pasaste tus dedos por cada una de las letras de su nombre y que quisiste llorar pero faltaron razones.
   Y que antes de marcharte volviste a mirar esa tumba que mira las nubes que pasan —una blanca, una gorda, una larga— y que pensaste largamente, mirando esa flor que parecía saludarte, en aquellas palabras sin canto de ruiseñores:
“Que me den un calmante”.
   Y que juraste no olvidar, mientras durara ese dolor que llaman vida, esa flor encendida, ese lago tranquilo, su luna de mármol, ese instante perdido en la vida de un hombre perdido en la vida de un mundo perdido en un amplio universo perdido.

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Juan
(Una charla con Dolly de Onetti)
‘Puedo ver en sueños, por lo menos, el rostro de lo que no sé’, repetía ella.”
Juan Carlos Onetti, La Vida Breve.


   A pesar de los cinco minutos de retraso, el sujeto se detuvo en la cresta de su prisa a mirar el edificio.
   Finalmente había llegado. Una calle y un ascensor lo separaban del lugar que había deseado visitar, con indecisa avidez, desde hacía muchos años.
   Los carriles de alta velocidad de la avenida América rugían bajo sus pies. El polvo y el sol de ese verano madrileño, que golpeaban las paredes y los parasoles verdes, le daban al edificio un aspecto de fatiga.
   Su afán de llegar a ese lugar había surgido años atrás, cuando leyó una noti-cia que decía que su amigo se encontraba recluido en un apartamento del que ya nunca salía. Desde entonces, el sujeto se propuso ir a buscarlo. La única pista que tenía era el nombre de una avenida. A un océano de distancia había intentado inútilmente averiguar la dirección exacta.
   Su idea era escribirle una carta ineludible. A lo largo de los meses, el sujeto redactó mentalmente centenares de versiones de la carta. Sabía que su amigo era algo huraño, que no accedía fácilmente a las visitas. En la carta le hablaría de lo mucho que significaban para él todos sus libros, le diría que él también escribía, le diría que era periodista y que quería visitarlo —pero no para hacerle una entre-vista—, que su única ambición era poder darle un abrazo, saber que era real, cru-zar con él unas palabras sobre el clima o sobre el tráfico.
   Pero el amigo había muerto antes de que el sujeto pudiera darle vida a su sueño de viajar a visitarlo. La carta ni siquiera fue escrita. El hombre se había ido sin saber que en un perdido pueblo de ultramar, llamado Cartagena, alguien car-garía para siempre con el peso de no haberle agradecido esa lucha nocturna y so-litaria a la que tanto le debía.
   En el cruce de la avenida América con la calle Cartagena, el sujeto pensó en las paradojas de la vida. Imaginó lo que habría sentido si su amigo siguiera vivo en ese apartamento que asomaba su penacho vegetal en el último piso. Pensó en los derrotados de los libros de su amigo y se acercó al edificio.
   "Juan Carlos Onetti vive en el octavo piso", le informó el joven vigilante, in-consciente de la herida que causaba con aquello que decía, dando a entender con su entusiasmo que sabía la importancia del hombre del piso octavo. "Tome usted el ascensor. Queda al final del pasillo."
   Antes de sonar el timbre, el sujeto miró el gastado tapete de fique frente a la puerta. Pensó que tal vez su amigo se había limpiado allí los zapatos la última vez que entró para nunca más salir.
   Miró su reloj. También esto sucedía a la hora de los sueños. Pensó que ya poco le importaba llegar un poco tarde a esa cita, cuando su retraso verdadero era casi de año y medio.

* * *

   “¿Qué signo sos?”, preguntó la mujer, desenfadada, argentina y fuerte.
   “Géminis”, dijo el sujeto, sin terminar de hacerse a la idea de que estaba en el apartamento de su amigo.
   “¿Géminis? ¡Qué bien! También yo soy géminis. Estoy segura de que vamos a entendernos”.
   Estaban sentados en la mesa del comedor. El sujeto tenía al frente un venta-nal que daba a la terraza, a las plantas con algunas flores obstinadas a pesar de la furia del verano. A un lado estaba la sala, silenciosa, llena de libros. Y a su espal-da, la muda palpitación del cuarto.
   “Juan es cáncer”, dijo la mujer, en un presente que hacía más notoria la pre-sencia en el cuarto. “Tiene mucho de su signo. Le gustan los espacios cerrados, protegidos. Una vez que se mete en un sitio ya no quiere salir”.
   A pesar del gris que la envuelve, en su cabello revuelto y con vestigios de amarillo, en sus ojos claros, en su camisa azul pálido, es fácil apreciar la sobria belleza que acompañó al amigo durante muchos años.
   Se levanta, mueve con pasos vivaces y casi saltarines su cuerpo de bas-quetbolista. Trae un paquete con las últimas fotos que le tomaron a Onetti. Son unas fotos extrañas, de atmósfera triste y pesada, entre sábanas y almohadas. Su mirada es la de un hombre tremendamente digno que ha vivido demasiado.
   “Juan conocía mucho a la gente. Con sólo ver a una persona unos minutos ya sabía cómo era y qué pensaba...”
   Dolly se interrumpe, una ceniza roja se apodera de sus ojos, tiene un nudo en la garganta.
   “Cuando Juan murió me buscaron para hacerme entrevistas pero yo no quise hablar... Pero en fin, yo sé que debo hacerlo. He estado viendo a un psicólogo y me ha dicho que soy afortunada, que tengo todo lo que él escribió, que muchos se van sin dejar nada.”
   Mira las fotos sobre la mesa, dice sin fuerzas:  “Quitalas”.
   El sujeto las recoge, las oculta de su vista.
   “Juan hablaba poco de su infancia. Era como un tesoro que no quería que nadie conociera. Sus padres se querían muchísimo. Aún después de veinte años de casados, su padre seguía llevándole flores a su madre, eran como recién casa-dos. Juan siempre lamentó que sus padres hubieran muerto sin conocer sus libros. Creo que sólo alcanzaron a ver el primero”.
   “Juan supo que escribiría desde muy niño. Es curioso, porque yo siento que Juan escribió bien desde el principio, desde 'El Pozo'. Muchos van evolucionando y van llegando, pero yo siento que Juan era profundo desde los diecinueve años”.
“Había leído mucho desde niño. La madre venía y apagaba la luz de noche y él seguía con una vela. En su casa había un armario enorme, uno de esos muebles antiguos, y Juan se metía allí con su gato y el libro que estaba leyendo, y se que-daba horas y horas. Él siempre tuvo esa cosa de encerrarse, que es un poco de los de cáncer, como después se encerró ahí adentro”.
   Mira hacia el cuarto. Se llena de valor para seguir.
   “También hacía la rabona en el colegio y se iba a la biblioteca y leía todo Julio Verne, las cosas de los niños...”.
   El sujeto piensa que a través del dolor de la mujer está sintiendo la presencia de su amigo. Después de la muerte de Onetti había decidido que, igual, iría hasta el lugar donde él había vivido, que a través de Dolly, la violinista de la sinfónica de Madrid, su compañía definitiva, la mujer de sus últimos treinta años, podría estar cerca de él.
Piensa en los lazos que los unieron, en lo mucho que su amigo debía conocer a esa mujer, él que tanto conocía esa insólita mezcla de ternura y de fiereza que hay en una mujer.
   “Juan siempre estuvo entre mujeres. Cuando tenía doce años se iba donde las ‘minas’ y se sentaba en una sillita a mirarlas, hasta que una se acercaba y le decía: ‘Vení, mocoso’ ”.
   "Me acuerdo de Alcina, un amigo de él, a quien le dedicó Bienvenido Bob. Ellos vivieron juntos en Buenos Aires, cuando eran muy jóvenes y, mientras Juan se anudaba la corbata para salir de noche, el otro le decía: ‘¿Y esta noche qué va a ser? ¿Una rubia? ¿Una morena?’ ”.
   “En aquel tiempo Juan vivía al tope, con los amigos, con la tertulia. Tuvo una linda época en Buenos Aires, conoció a Roberto Arlt, era un hombre muy nocturno”.
   “Cuando nos conocimos en Buenos Aires él estaba escribiendo La vida bre-ve y un día me dijo: ‘Te metiste en mi novela’. Así fue, en la novela apareció una violinista que no tenía mucho que ver con el resto de la historia."
   “Cuando llegué a Montevideo quedé enloquecida. Salía con Juan y con sus amigos, con toda esa gente tan brillante —por algo le decían a Montevideo la Suiza de América— y yo lo que hacía era quedarme con la boca cerrada escu-chando todo esto, que era maravilloso...”.
   Dolly es incapaz de quedarse mucho tiempo sentada. Siempre hay algo que la obliga a levantarse: una nueva cerveza, una vecina que ha venido a que le presten el teléfono, el deseo de mostrar todas las ediciones de los libros de Onetti —y en todos los idiomas a que han sido traducidas— que guarda en el cajón su-perior del mueble del comedor.
   “El Astillero y Juntacadáveres los escribió en Montevideo. Juntacadáveres lo empezó en Buenos Aires y un día iba para su casa —para llegar a su aparta-mento debía recorrer un corredor muy largo— y dice que cuando iba por el co-rredor le vino a la mente toda la historia de El Astillero. Supongo que ya la tenía medio metida, pero ahí se le reveló todo y se entusiasmó tanto que dejó Juntaca-dáveres y escribió El Astillero más o menos de un tirón. Lo terminó en Montevi-deo, donde nos fuimos a vivir, y como en esa época no publicaba así no más, porque no era conocido, decidió mandarlo a un concurso en Buenos Aires. Yo se lo copié todo a máquina. Me acuerdo que trabajaba medio día de secretaria y, con el permiso de los jefes,  lo pasé a máquina dentro de la oficina porque tenía muy poco que hacer. Entonces lo mandé y cometí un error —no me di cuenta— al po-ner la dirección de Montevideo. Yo no había visto que las bases decían que había que vivir en Buenos Aires.”
   “El jurado decidió que había que darle el premio, pero cuando vieron el so-bre lo descalificaron. Entonces lo publicaron, pero sin premio... La primera edición de El Astillero es bellísima."
    Mira pensativa el mueble del comedor. No recuerda si allá arriba está guar-dada esa edición.
   “Juan conoció El Astillero. Estaba en la Boca, cerca de Buenos Aires, era el astillero en ruinas del que habla en su novela. Allí también vio a la mujer de la casilla, era una mujer muy flaca que le impresionó mucho. Era una mujer de di-nero que lo había dejado todo por irse a vivir allí con un hombre”.
   “¿Recuerdas la escena en que Larsen huye aterrado de esa mujer, cuando va a dar a luz? Juan siempre decía que era injusto traer hijos a sufrir. Juan no fue ni padre ni abuelo, siempre vivió alejado de sus hijos y de sus nietos. Su primera separación fue muy dolorosa, lo afectó mucho alejarse de su hija de tres años”.

* * *

   “Juan solía escribir los viernes en la noche. Como él siempre fue muy noc-turno, por su trabajo como periodista, prefería escribir en las horas de la noche, y los viernes eran especiales”.
   “A veces, los viernes en la tarde, nos poníamos a hablar y yo veía que él es-taba con la atención en otro lado. Entonces le decía: ‘Ya estás novelando’, y él reía”.
   “No necesitaba muchas cosas para escribir. Guardaba y le divertía mucho una caricatura de un hombre que se asomaba por la puerta de un iglú, en el polo norte, y le decía a su esposa: ‘aquí tampoco soy capaz de escribir’ ”.
   “Él simplemente se sentaba, con una copa de vino y con sus cuadernos, y es-cribía. Juan siempre escribió a mano, decía que sentía mucho mejor lo que de-cía”.
   Dolly se acerca hasta el mueble del comedor y abre uno de los cajones infe-riores. Allí, donde era de esperar una vajilla, hay un mar de cuadernos enormes, cada uno con una etiqueta: Dejemos hablar al viento, Cuando entonces. La últi-ma novela, Cuando ya no importe, fue escrita en una agenda.
   La letra es clara, amplia, espaciada, una rítmica mezcla de curvas y ángulos. El sujeto pasa sus manos por las hojas, siente, se asoma a las noches de viernes de su amigo.
"Juan tenía una letra clarísima. Tú vez que escribía cada letra, letra por letra. Él decía que mientras más lento iba mejor, porque le daba tiempo para ir buscan-do las palabras. Cuando le hablaban de su adjetivación, de la forma como encon-traba la palabra justa, Juan decía: ‘Me da tiempo, por lo despacio que lo hago’ ”.
En la primera hoja del cuaderno donde empieza la novela Dejemos hablar al viento, el sujeto encuentra unas misteriosas iniciales. Dolly explica: “Son las ini-ciales de una oración a la Virgen. Cuando Juan escribía algo que le gustaba, reza-ba esa oración. Es curioso, a pesar de que nunca fue muy religioso, Juan siempre tuvo algo especial con la Virgen”.
   El sujeto piensa en Santa María, en ese pueblo universo cuyo nombre ahora entiende mejor.
   “Juan era inmensamente feliz cuando escribía. Contento no es la palabra. Se pasaba la noche entera con su cuaderno y al día siguiente me decía: ‘Tenés que trabajar’ y entonces me daba el libro para que lo pasara a máquina. Luego hacía sus correcciones, aunque hacía muy pocos cambios”.
   “El último libro lo armamos un poco entre el hijo de Juan —Jorge, que se vino a vivir a España hace unos diez años— y yo, porque Juan estaba bastante mal y no tenía muchas ganas”.
   “Cuando le preguntábamos por un capítulo, decía: ‘pónganlo donde quie-ran’. Yo le decía: ‘no, porque esto tiene un orden’ ”.
   “Yo creo que él hizo a propósito un capítulo, no sé si te acuerdas, en el que dice que vino como un viento y se llevó todo y las hojas cayeron. Era una manera de decir: ‘Bueno, si está todo desordenado, qué importa’ ”.
   “Después de la novela, Juan siguió escribiendo —hizo como unas ochenta páginas— pero esto sólo fue un rebote. Estaba escribiendo y seguía escribiendo hasta que realmente se puso mal y no podía más”.
   “Odiaba...”, Dolly vuelve a conmoverse, vuelve a forcejear con el nudo de su garganta, “...odiaba la vejez. Él amaba a la gente joven, en el comienzo de la vida”.
“Hay una parte, creo que en Los niños en el bosque, donde habla de una es-calinata en una universidad, no me acuerdo muy bien cómo era, y decía: “el im-pulso de tirar a un viejo por unas escaleras, porque es viejo...”.
   “Odiaba la decrepitud, lo que hacía la vida con el cuerpo de uno, la injusti-cia...”.
   “A veces pienso que deberíamos empezar por la muerte y volver, todo hacia atrás, hacia el nacimiento”.
   Al final de estas palabras, el sujeto termina de admitir lo que se negaba a admitir, que a veces, en un giro de voz, en una confluencia breve de luces y de sombras, le parece estar viendo, en Dolly, el rostro de su amigo. Como si ella fue-ra un espejo que lo siguiera reflejando.

* * *

   “A Juan lo que más le importó, en cuanto a sus libros, fue poder publicar en Gallimard, y lo logró. Había leído todo Proust en Gallimard, en una edición ma-ravillosa y para él, llegar a esa editorial, era el summum del escritor. Estando acá se habló de hacer una obra de Juan con Gallimard y, aunque ellos querían un contrato largo, Carmen Balcells le dijo a Juan que resistiera para que sólo fuera por cinco años (Juan la adoraba, le mandaba flores, le dedicó el último libro, igual que el Gabo). Bueno, lo cierto es que Juan resistió y al final consiguieron los cinco años y se hizo la edición con Gallimard”.
   “A Juan también le gustó mucho la edición de Aguilar de sus obras comple-tas, que ahora no son para nada completas. Quería mucho esa edición, la tenía bien guardadita ahí, que nadie se la llevara y muchas veces miraba sus hojas del-gaditas y sus tapas marrones”.
   “Ese libro, la biblia y su diccionario de sinónimos eran los que siempre tenía cerca”.
   “La introducción era de Rodríguez Monegal, que murió también. Lo que pa-sa es que todos se mueren, todos... todos se van yendo”.

* * *

   “Él había hecho como un pequeño Uruguay dentro de esa habitación: con los amigos que venían, con la prensa uruguaya, con las llamadas telefónicas. Uruguay era un recuerdo constante y Juan no miraba otra ciudad, podría decirse que nunca estuvo del todo en España, a pesar de los casi veinte años que llevá-bamos aquí”.
    “Una vez vino una periodista que, después de mucho insistir, al final llegó a Juan y él le dijo: ‘Bueno, hija, qué quieres’, y ella le dijo: ‘Quiero que me diga qué es lo que siente por Madrid, ¿le gusta la ciudad?’ Juan le contestó: ‘Pues has venido en vano porque no conozco la ciudad’ ”.
   “Juan leía cuando iba a cualquier lado. En el auto, en el tren, en el avión... donde íbamos leía. No miraba nada, no se enteraba. Lo único que conocía de acá era esta cuadra. Cuando salíamos, íbamos ahí abajo a un restaurante y cenába-mos. Ahí no más, no quería ir más lejos. Allí todo el mundo lo conocía, cenába-mos con los amigos uruguayos, con todo el que caía”.
   “Juan no conocía la ciudad. Yo le hablaba de las calles cuando escribió Pre-sencia, uno de sus últimos cuentos, que tenía que ver un poco con Madrid —se trataba de un detective que tenía que encontrar una persona que realmente no existía porque estaba presa en Uruguay—, él me preguntaba por nombres de ca-lles para ponerlas, porque no sabía”.

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   “Cuando Juan estuvo preso en Uruguay —por formar parte de un jurado que premi&oac