Por una nota de Elvio Gandolfo en este suplemento me enteré de la reedición de las obras de Juan
Carlos Onetti, escritor un poco olvidado, tal vez porque Juan José Saer lo desplazó como titular
del cupo faulkneriano rioplatense. Sin embargo, en su momento, Cortázar lo declaraba “el más
grande novelista latinoamericano” y Roa Bastos, “el clásico por antonomasia de las
letras hispanoamericanas contemporáneas”, según una página de Internet que se menciona en esa
nota. Tampoco faltan allí elogios de García Márquez, de Carlos Fuentes, de Rulfo, de Octavio Paz.
Onetti era un hombre importante, y así lo atestigua un recuerdo de infancia. Una prima mía era
compañera de Litty, una de las hijas del escritor. En casa de mis tíos, que no pertenecían al
ambiente literario, se hablaba del padre de la chica con admiración y reverencia. Supongo que esto
ocurría a principios de los sesenta.
Encuentro en la biblioteca un libro de Onetti editado en 1995. Se llama Confesiones de un
lector y reúne sus columnas en la prensa entre 1976 y 1991, cuando el autor ya residía en España.
Onetti corrobora su pertenencia a ese gran mundo de las letras latinoamericanas: habla de su amigo
Gabo, de su amigo Paz, de su amigo Neruda. También un poco de Borges, pero con una admiración
distante, tal vez un poco rencorosa. El libro empieza mal, con un prólogo entrometido y vociferante
de Jorge Onetti (otro hijo) que hace añorar a María Kodama, pero permite asomarse a ese momento de
la historia cultural a través de las relaciones y, sobre todo, de las lecturas de un artífice
importante.
¿Qué leía Onetti? “Rechazo de manera visceral obras que son elogiadas y enaltecidas a
lo largo de varias generaciones; de igual modo, amo y envidio libros que casi, casi, han pasado
inadvertidos”, afirma. Sin embargo, no hay en las 350 páginas y los 72 artículos que componen
el libro una sola referencia elogiosa a un autor que en los sesenta no fuera muy conocido. Su
panteón es sorprendentemente jerárquico y acotado a poco más que unos cuantos grandes nombres y
algunos autores policiales. No se mencionan más que escritores españoles, ingleses, americanos o
franceses (algún ruso es la excepción solitaria). Hay una notoria ausencia de escritores en lengua
alemana y de poetas en todas las lenguas.
En cambio, sorprende la continua referencia a Anatole France (“mi amigo
inseparable”) entre otros best sellers de la primera mitad del siglo. Pero también, la
insistencia y la machaconería con la que Onetti descalifica el boxeo, la televisión, o que Gardel
cantara Rubias de New York. Y más aún sus diatribas moralizantes contra cierta literatura que llama
“la corriente pornoexcrementicia”: “Si el sucio anciano borracho de Bukowski es
un respetable escritor y un guía para la juventud de su país, ya todo es posible”. Onetti la
emprende contra lo popular y el sexo explícito, pero tampoco acepta nada que huela a
experimentación: ni el Nouveau Roman, ni el estructuralismo, ni la poesía concreta brasileña
(“no necesitan poetas sino tipógrafos”). Según él, nada produjo la cultura con
posterioridad a 1950. La defensa de ese clasicismo restringido (y que incluye aristas mediocres) se
suma a un tono biempensante e ingenuo para los temas políticos. El estilo, que todavía se utiliza
en muchos ensayos periodísticos, intenta ser irónicamente literario pero es simplemente engolado:
“Porque él había sido iluminado mientras paseaba por los márgenes, que podían ser femeninas
márgenes frescas y acariciadas por una suave brisa, a la vera de un bucólico arroyuelo”.
Vetusto es la palabra. Y vetusto se adivina ese mundo derivativo, ordenado y de medio tono
que llevó a la gloria a una generación de escritores latinoamericanos. En todo caso, no perdurará
por columnas periodísticas que hoy suenan tan arcaicas como las de Onetti. Claro que hay otras,
probablemente éstas, que vencen al minuto de ser escritas.
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