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Onetti

Candido

Solo conozco de ti/la sonrisa gioconda con labios separados», así empieza el poema que Juan Carlos Onetti envió a Cuadernos Hispanoamericanos en 1974. Yo había conocido a Onetti diez o doce años antes por medio de la revista Marcha, que me enviaban de Montevideo. Allí leí relatos de Onetti, artículos de Onetti, y vi la fotografía de su rostro atónito y despiadado. José Luis Castillo Puche había presentado a una editorial española el original de La vida breve, esa honda elegía de Onetti que no fue siquiera leída.

Al final de la década unos cuantos escritores le dieron un homenaje. Se habló del mitológico brazo izquierdo de Valle Inclán, mucho más existente cuando dejó de existir. (Como pasa siempre). Onetti contó que Valle no quiso aceptar una transfusión de no sé qué escritor para que no se le llenara la sangre de gerundios.

Le preocupaba la esterilidad de la novela española. Dijo con voz de algodón en rama que él había creído que durante la dictadura de Franco (ese señor que está de tanta actualidad) grandes novelistas habrían escrito secretamente grandes novelas. Nuria Espert le preguntó si él creía que en la Argentina, por entonces sometida a los militares, habría grandes escritores escribiendo grandes libros. «Terminantemente no», respondió Onetti.

Ahora ha logrado que lo incineren en la intimidad aquí, donde a la gente se la incinera en público. Pienso que el hombre libre llega a veces a emplear su libertad contra sí mismo y también que el precio que el hombre libre ha de pagar es tal vez el de no quedarse al final con la razón. Porque siendo las cosas razonables, la libertad no está en ellas. Sólo dentro de uno está la libertad, y la aventura de vivirla hacia afuera es alucinante y dudosa.




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