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Entre Onetti y Muñoz Molina

Iñaki Esteban

Los reclutas, como los novios pobres, mirábamos mucho los escaparates”. El recluta J-54 se llamaba Antonio Muñoz Molina, como él mismo cuenta en Ardor guerrero, y era entonces, a finales de los años setenta, un aprendiz de soldado al que la rutina cuartelaria le condenaba a pasear durante las tardes frías del otoño de Vitoria; horas muertas de domingo en las que asistía al espejismo de liberarse de la absurda obediencia deambulando por las calles apagadas de la ciudad. En uno de sus escaparates, el de una librería, se mostraba la novela de Juan Carlos Onetti Dejemos hablar al viento, publicada por primera vez en 1979 con una foto del autor en la contraportada en la que aún aparecía bien peinado y afeitado, como un elegante escritor latinoamericano que luego, en fotos posteriores, se fue abandonando hasta tomar la apariencia no menos seductora de un sonámbulo sufriente.

Muñoz Molina vuelve ahora a Onetti prologando dos novelas suyas, la que acaba de citarse y El astillero*, la obra que mejor sintetiza el ambiente denso y obsesivo y la construcción de los personajes dotados de un físico y de una voz espectrales que, a mi modo de ver, caracteriza la literatura del uruguayo.

No quisiera dedicar estas líneas solamente a analizar la influencia de Onetti en Muñoz Molina, o en localizar las fuentes de las que ambos han bebido, pero tampoco me resisto a apuntar algunas de ellas, quizá las más obvias. Entre las coincidencias nada casuales es obligado referirse a que uno y otro poseen territorios novelísticos cuyos nombres –Santa María el primero y Mágina el segundo– no se encuentran en los mapas, aunque sí en unas geografías del alma que no se entenderían sin Faulkner. Los personajes de los dos autores se mueven con una precisión descriptiva que les acerca al mundo de la novela negra y al de su pariente próximo, la imagen cinematográfica de los años cuarenta y cincuenta, lo que les provee de una mirada fría en su expresión externa y caliente en la psicológica o interna. Parecida atmósfera de tensión se respira en Beltenebros, en Invierno en Lisboa y en El astillero, y la obsesión con los ajustes de cuentas, con los hechos del pasado que se extienden como sombras en el presente –quizá la materia por excelencia de cualquier novela–, a menudo constituye el aliento narrativo en las obras de los dos autores. Hay también algunas notables diferencias, por ejemplo, la exquisita preocupación por la construcción del argumento en Muñoz Molina, prácticamente inexistente en las novelas de Onetti que ahora se reeditan.

Pero dejemos que la crítica más sabia o los análisis universitarios desmenucen, precisen o nieguen estas vaguedades en absoluto originales, a las que se puede llegar sin mayores esfuerzos con la lectura de los espléndidos prólogos de Muñoz Molina a las dos novelas del uruguayo. A mí, como lector de a pie que se ha desprendido del escudo de las palabras y de los lugares comunes de la crítica, lo que realmente me conmovió fue la lealtad de Muñoz Molina a Onetti. En esos prólogos no sólo he visto la reivindicación de un autor y de su obra, sino también la afirmación de un recuerdo, del recuerdo del lector adolescente fascinado con Junta Lardsen, el chulo de El astillero que fracasó en su empeño de regentar el mejor prostíbulo del mundo. Sospecho ade más que el mismo recuerdo de la lectura fascinada empujaba al recluta J-54 a pararse en el escaparate de Vitoria y a fantasear con la idea imposible de meterse el volumen de Dejemos hablar el viento en el bolsillo del tres cuartos.

¿Cómo interpretar ese gesto y el recuerdo de ese gesto? De las lecturas adolescentes suele quedar una bruma espesa y también alguna fidelidad que se conserva con algún matiz en la edad adulta. Es extraño que a quien le gustara a los quince años Baroja y Galdós, Cortázar y Borges, no le sigan gustando tiempo después. Siempre queda hacia ellos la gratitud por haber proporcionado el primer descubrimiento de la literatura, el de la libertad de imaginar, cierto que a veces baldía, pero también imposible de someter, ni siquiera por aquellos sargentos biliosos que gritaban en los cuarteles. En el recluta de finales de los setenta, parado ante el escaparate, y en los prólogos del gran escritor dos décadas después, se percibe el mismo agradecimiento a Onetti, al autor de aquellas novelas que uno prefería leer en vez de salir a la calle y tomarse algo en los bares.

Resulta odioso interpretar el papel o la pose del proselitista transcendente de la lectura, como si de ésta, de su buen uso, dependiera la solución a todos los problemas. Ojalá fueran las cosas así de fáciles. Pero igual de simplista es quien sostiene que los libros son siempre intranscendentes. Hay libros que transcienden el momento de la lectura y su posible placer y se quedan en uno, como si fuera un faro al que de vez en cuando se mira. Con muy poca ciencia y quizá un exceso de intuición, me parece que éste es el caso de Muñoz Molina con Onetti.




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