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Juan Carlos Onetti

Jorge Grubissich

En una conversación con María Esther Gilio, el escritor de El astillero y La vida breve se refiere a El proceso, de Kafka: "Es uno de los libros que yo salvaría de un incendio o de un naufragio. Es un perfecto símbolo de la vida humana. Por qué estamos acusados a muerte? Qué falta cometimos? Por qué, hagamos lo que hagamos, el final es el mismo?" En 1974, Onetti tuvo su temporada carcelaria y su propio, absurdo proceso, cuando el régimen de Bordaberry aprovechó la publicación, por la mítica revista Marcha, de un cuento considerado "obsceno", para engayolar a todos sus responsables, entre ellos Onetti, además del autor del relato. En su celda Onetti leía sin parar los libros que le llevaba su mujer, Dolly, pero dejaba la comida intacta. Un día, al ver las pilas de libros, un policía de civil que pasaba revista preguntó, muy compadrito: "Pero esto qué es? Una biblioteca?" "Sí, pero una biblioteca de novelas policiales -contestó Onetti- . Se las dejaré para que se instruyan."
Tiempo después, ya radicado en Madrid, lejos de aquellas humillaciones que casi consiguieron derrumbarlo -llegó a creer que nunca más escribiría-, comprendió que debía renunciar para siempre a su ciudad, Montevideo, terminar de sustituirla por aquella otra, perfecta, inasible, en la que ocurren sus historias: Santa María. "De pronto me puse a escribir de una manera fabulosa, loca, todos los días, como nunca lo había hecho." Al final de ese libro, editado en 1979 en Barcelona, el comisario Medina, después de iniciar un gran incendio en un extremo de la ciudad, pronuncia estas palabras hermosas y feroces que dan título a la novela: Dejemos hablar al viento.




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