Manuel Hidalgo
EL escritor Juan Carlos Onetti, a los ochenta y cuatro años de edad, ha muerto donde vivía desde hacía quince años: en la cama.
Aunque no en su cama, pequeño fallo de guión. Se lo merecía. Merecía morir en su cama. Contra el criterio común, Onetti, más que morir en su cama, quiso vivir en su cama. No tendrá singularidad literaria que supere la originalidad de su proyecto vital: no abandonar jamás el blanco y arrugado territorio de sus sábanas. ¿Y qué son las sábanas propias sino la prolongación limítrofe del útero materno? Es la madre quien arropa al recién nacido en el vientre de hilo, almidón y perfume de la cuna, de la primera cama.
Onetti volvió a la cama quizá porque ya no podía volver a la tripa caliente de su madre, después de que hubiera intentado encontrarla en otras sábanas (esto, que lo explique Albiac).
De todas formas, qué aventuras, las de las camas como las de los vientres. «Onetti, usted tiene que hacer ejercicio», le dirían los médicos quince años atrás.
Bueno, para ejercicio, quedarse en la cama de por vida. Qué selva, la cama, poblada de pensamientos como fieras. Qué desierto para sobrevivir en soledad a toda suerte de sequías y escorpiones. Qué torre, qué acantilado, para ver llegar a los enemigos, para ver venir las tempestades que nos enfrentan desde el horizonte.
Ahora que tantas acciones banales emprendemos, ahora que tantos sudores nos procuran esfuerzos inútiles, ahora que tantos hechos son síntoma de no saber qué hacer, la peripecia de Juan Carlos Onetti en su cama nos recuerda que la aventura no es mera mecánica muscular, que no hay sombra más acechante que la de uno mismo, que no hay viaje más arriesgado que el que nos lleva al fondo de nuestra conciencia.
Ni paisaje más agitado que el encerrado en mi sábana.