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Luto en el Barrio de Santa María. El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti murió en Madrid a los 84 años, por insuficiencia re

Elvira Huelbes

La calma ha visitado al escritor. El autor de La vida breve, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, afincado en España desde hace varios años, falleció ayer por la tarde en una clínica de Madrid. El escritor, Premio Cervantes 1980, llevaba tres lustros postrado en cama, leyendo, y escribiendo sólo un poco. Su última novela llevaba un título significativo, Cuando ya no importe y fue publicada en Alfaguara, editorial que también ha difundido sus cuentos completos. El autor del mítico barrio de Santa María, escenario de muchas de sus novelas, había creado, sin quererlo, una escuela sin edificio físico, en algunos jóvenes creadores españoles, entre los que hay que destacar a Antonio Muñoz Molina, por su abierta admiración por el escritor. Para Vázquez Montalbán, Onetti jamás convirtió su compromiso en espectáculo, y fue el escritor que más duro pagó la intolerancia política.

Una insuficiencia renal aguda se llevó ayer por delante a Juan Carlos Onetti, escritor uruguayo que inventó un reino de fantasía, duro y real como la vida. El escritor había ingresado en una clínica madrileña el pasado día 26 de mayo, con una gran anemia después de haber perdido mucha sangre a causa de una hemorragia interna, según informa Alicia Botana, que se mantuvo cerca de él, con su familia y algunos amigos. En la misma mañana de ayer lo había visitado su compatriota Mario Benedetti, pero su cuerpo consumido decidió abandonar un poco más tarde de la hora cristiana, a eso de las quince y treinta y cinco. Su cuerpo será incinerado en el cementerio de la Almudena hoy mismo. Sus cenizas podrán permanecer en España o partir para Uruguay, sin que esto se haya todavía confirmado por la familia.

Tiene irónica gracia que al escritor le hayan dado mala noche unos divertículos instalados en sus entrañas. Divertículos que le hicieron padecer dolores enormes en un cuerpo tan frágil. No es que al creador de páramos con alma que era Onetti le haya importado aparentemente mucho abandonar por fin el famoso Valle de Lágrimas, pero su ausencia de la casa madrileña de Avenida de América va a ser inmensa considerando la cantidad de años que llevaba recluído en su camaza de hospital, "con manivela que sube y baja", a todo confort, rebatiñando el espacio con la vieja Biche, una perrita de lanas, chaparra y bastante impresentable, gordita de engullir bombones, a la que adoraba el gran narrador. Una casa amurallada amorosamente por su compañera Dolly, irrepetible, y en la que el creador del pueblo de Santa María concedía a regañadientes alguna entrevista, siempre con cuentagotas.

Lo que hay que leer.- No era Onetti un hombre amante de las entrevistas en los últimos años de su vida. No porque fuera antipático -¡habrá algo más alejado de la realidad!- sino porque la charleta provechosa nunca estaba garantizada, "depende tanto de quien se deje caer por aquí, mi niña", y no siendo así resultaba una pena tener que apartar la relectura, por enésima vez, de todas las novelas, novelitas y hasta noveluchas de Georges Simenon.

De la obra de Onetti -ahora que andamos en la Feria del Libro- habría que recomendarlo todo, porque todo le representa. Puestos a ser subjetivos, que es lo único que puede serse en esta vida, prefiero echar un cable al despistado lector que no haya catado aún su sólida literatura.

Quien leyera en su día Juntacadáveres en la edición de Alianza, 1983, o de Plaza y Janés, 1985, o antes aún, en 1969, en la edición de Revista de Occidente, quedaría atrapado por la historia de tal manera que, seguro, el espíritu onettiano impregnó para siempre sus fibras musculares. O su razón. De ese punto de partida puede continuarse camino con El astillero, del que encontrarán aún ejemplar en Mondadori (1990) o en Cátedra (1989); no habrá que desatender otros títulos como el de su última obra ya mencionada, Cuando ya no importe (Alfaguara), de título tan adecuado ahora, ni Cuando entonces(Mondadori, 1987), La vida breve, Edhasa, 1985. Y también sus cuentos, que ahora ha reunido Alfaguara, aunque haya quienes sigamos prefiriendo las novelas.

"La vida... -decía Onetti a EL MUNDO hace poco más de un año- Hay tantas cosas en la vida que es hermoso empezarlas. Querer, y que te adoren", lo decía con un deje montevideano suave y rotundo, al tiempo. Hace poco esta periodista tuvo la ocasión de sentarse a desayunar en el café de la calle 18 de Julio, donde Onetti pasaba horas de charla, en Montevideo. Un café normal, seguramente un poco "cutre" para las finuras que se llevan ahora, donde los dulces son de colorines y el café humea y suelta un aroma que es igual que en las novelas. Con camareros por los que parece que no pase el tiempo, vestidos con las largas servilletonas blancas, impolutas (¿cómo se las arreglarán?), amables. Pero la mitología hispánica no es tan grandiosa, tan resonante como lo es la norteamericana, por ejemplo, en la que cualquier pelagatos pasa a ser presunto inmortal, cuando es sólo, como mucho, estrella de Hollywood por obra y gracia del implacable marketing, que todo lo plastifica como conviene.

Carga de profundidad.- En una sociedad timorata como, en general, es la occidental, la obra de Juan Carlos Onetti cae como una carga de profundidad, un indigesto menú del que no faltan sinsabores -los propios de la condición humana, y otros adquiridos por el desamor y la inquina- e ingredientes desgraciados. Cada línea de su narrativa contiene un fastidioso recordatorio de la ruindad humana que resulta elemento inadecuado para la consecución de la felicidad, único fin al que se someten las gentes modernas "de buena voluntad".

Onetti se tomaba rara vez la venganza por su mano, no solía liquidarse a los facinerosos que populaban las páginas de sus libros. Había prometido -al menos a mí me lo dijo- acabar con el tal Carr, un tipo realmente odioso y repugnante donde los haya, en la próxima novela: "...Carr se propone apuntar todo cuanto sea digno de ser apuntado. Pero no apunta nada. se olvida y no apunta. Es un mal personaje, un vago. A ese tipo habría que liquidarlo".

Sí liquidó al doctor Díaz Grey, sujeto de otras novelas, en Cuando ya no importe, su última historia publicada por Alfaguara, hace poco más de un año. Onetti se identificaba bastante con ese tal Carr. Quién sabe si antes de morir habrá logrado llevárselo por delante a él también. Así tendrá con quien pegar la hebra en el otro mundo. Se debe sentir uno tan solo allá.

Una cama salvadora.- Contaba Jorge Onetti, un ser humano al que le ha acontecido la faena de ser hijo de Juan Carlos, que su padre colocó cincuenta veces la cama en las peripecias de sus cuentos completos. Cincuenta veces, cincuenta. Es cierto que no suele el lector andar contando las veces que sale tal o cual palabra, a menos que la repetición resulte chocante por lo frecuente.

A Onetti la cama le vino al cuerpo como un ángel salvador, hace ya sus buenos quince años, en su enterramiento laico y suave purgatorio que era la habitación de Avenida de América. Allí, las botellas de whisky combinaban bien con los bombones, las tarjetas escritas por amigos imposibles (Simenon, Cortázar, Anaïs Nin...), los vasos que perdieron el brillo en algún momento de la era cristiana ya indescifrable, y, sobre todo, la conversa lenta y sustanciosa. Era inquietante cuando fijaba los ojos, desorbitados, de otro mundo, en la retina del visitante, encogiéndolo como si de un tímido caracol se tratara.

Gustaba Onetti de subrayar algunas de sus frases con una elevación de voz que le convertía en un ogro amenazante, de pronto, para inmediatamente después, regresar a su tono, dulce, acariciador, de americano sabio, degustador de buenos odres, jugando a la autoconmiseración: "Ya ves... he tomado tanta cocaína, tantas drogas mezcladas, que me veo así postrado y apenas entiendo ya nada... No son tan malas las drogas, el peligro es combinarlas, nena. Ya ves el efecto. Acá te lo estás presenciando, qué cosa triste...".

Comenta Alicia Botana que el último periódico que leyó -"yo salteo las páginas, sabes, las salteo porque no me gusta lo que cuentan los diarios"- fue Brecha el semanario uruguayo que heredó el prestigio izquierdista de Marcha, el auténtico. Y añade, bajito, cómo el escritor le contó a Dolly que había tenido un sueño, la noche anterior a su muerte, y que ese sueño le daba para un cuento. Un cuento que ya no podrá escribir, al menos no en su vieja camastrona terrestre.

Si hay dioses -y él tenía uno, un ídolo sereno, el buda- lo acogerán en buen refugio a este uruguayo cuentista, este bebedor de historias bien mezcladas con alcohol y bombones. El mejor recuerdo es su inmortalidad a través de cuanto ha escrito.

Reacciones a su muerte

Horacio Vázquez Rial. "Onetti es el escritor más rico de los contemporáneos, del que más podemos aprender. Tiene la singularidad de ser el primer autor latinoamericano que deja escuela en España. Fue fundacional tanto en la literatura hispanoamericana como en la española moderna".

Antonio Muñoz Molina. "Onetti era el mejor de todos, con mucha diferencia. Esto resume todo lo que pienso sobre él".

Félix Grande. "Onetti ha sido uno de los tres o cuatro novelistas más profundos y más sinceros, más estremecedores y más compasivos de nuestro siglo en lengua española. Ha sabido narrar con crudeza y a la vez con misericordia el volumen de marginación que vive dentro de todos nosotros. Ha trabajado toda su vida para que los escritores seamos auténticos. Pocos habrán aprendido esa lección terrible".

Nelson Marra. "A pesar de la avanzada edad de Onetti, hay gente que uno piensa que no va a morir nunca. Es una pérdida definitiva y terrible para la literatura de América Latina. Si él fuera consciente de su muerte, rechazaría todo tipo de homenajes. Su última novela, Cuando ya no importe, es un testamento final y anuncia esta muerte".

Manuel Vázquez Montalbán. "El aspecto más positivo que nos brindó el "boom" de la literatura latinoamericana de los años 60 fue que nos permitió descubrir una obra tan ejemplar y duradera como la de Onetti, más allá de cualquier posible especulación intelectual".

Manuel Vicent. "Onetti era un gran escritor que había dimitido de la vida. Era un hombre extremadamente lúcido, que tenía tanto respeto por la muerte que la estaba ensayando desde hacía tiempo".

Luis Landero. "Juan Carlos Onetti ha desvelado verdades de la existencia humana que no habían sido nunca escritas".




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