Pavel Kraljevich
José Donoso dijo que la literatura de Onetti estaba "poblada de personajes que vivían sus anodinas y oscuras existencias nutridos por la incomunicación y el fracaso".
Carlos Maggi escribe en una entrevista a Juan Carlos Onetti: "Él está ahí; jadea. Se oye un sonido grave, amarillo y ancho como el pito de un barco dentro de la niebla; una ballena enferma -diría O'Neill- quejándose en el patio del fondo; un gran crustáceo desmantelado, un caballo abatido, de ojos lentos, intimidado; algo tierno derrumbado en el tragaluz de una sucia casa de apartamentos, naufragado bajo el polvo triste que llovizna sobre las ciudades."
A manera de explicación
¿Cuáles son los accidentes que nos pueden empujar hacia determinada lectura, cuáles los síntomas de necesidad o exasperación frente a lo que nos rodea? Me ha pasado antes -y es que de esto no se puede hablar más que a título personal- que al empezar a leer a García Márquez, un poco por deber, he terminado leyendo a Unamuno. Cómo y por qué no puedo decirlo, pues tal vez la elección natural sería Joyce o Cortázar, amigos afectuosos de los que siempre se puede esperar un cristal distinto para ver el mundo. Pero Unamuno. Curioso. En fin, eso no demuestra nada más lo arbitrario que puede ser la elección, y también lo azarosa. Uno lee lo que conoce, de lo que le han hablado. Si no se tienen referencias es imposible entrar en los universos personales de cada libro.
He buscado a Roberto Arlt incansablemente por las librerías, sin encontrarlo. Siempre encontraba a Onetti y siempre encontré motivos para no acercarme. Quién sabe por qué, una especie de temor sagrado, de encontrar un relato de hombres de mar, de cuadros demasiado realistas para mi gusto. Pero esto no era más que una sospecha: conocía a muy poco gente que había leído a Onetti, y del mismo Onetti no sabía sino que era Uruguayo y que durante la dictadura lo había exiliado. ¿Cómo, entonces, aventurarse sin brújula en los mares desconocidos? El azar juega sus cartas de una manera tan sutil, es imposible saber cuando nos llega a las manos un as de corazones. Pero Onetti se manifiesta, aparece como los personajes de sus relatos, de la nada o de un todo terrible y desolador que no alcanzamos a comprender a cabalidad.
Fue una noche, fue un regalo, eran tantas cosas juntas, Tan triste como ella y otros cuentos, un título para no olvidar, un libro editado casi veinte anños antes, el 79. Entonces Onetti, por primera vez Onetti frente a los ojos. Y la maravilla del descubrimiento.
Onetti, Onetti...
El 1 de julio de 1909, Juan Carlos Onetti nace en Montevideo, en una casa de la calle San Salvador, en el Barrio Sur. Su padre, Carlos Onetti, era funcionario de aduana; su madre, Honoria Borges, provenía de una familia brasilenña. Tuvo dos hermanos, uno mayor que él, Raúl, otra menor, Raquel. De la suya solía decir que fue "una infancia feliz". Sin terminar los estudios secundarios, Onetti se desempenña en diferentes trabajos (portero (...); funcionario de la Empresa Guerin (...); mozo (...); vendedor de entradas en el Estadio Centenario; vigilante de la tolva en el Servicio Oficial de Semillas; cuenta Jorge Ruffinelli) hasta que en 1930, recién casado con una prima, se traslada a Buenos Aires.
Allí trabaja vendiendo máquinas de sumar y publica algunas notas sobre cine en Crítica. En 1933, el primero de enero, aparece en La Prensa su primer cuento, "Avenida de Mayo - Diagonal - Avenida de Mayo". Al anño siguiente vuelve a Montevideo. La Nación de Buenos Aires publica los cuentos "El obstáculo" (octubre de 1935) y "El posible Baldi" (septiembre de 1936). Hacia 1935 escribe su relato "Los Ninños en el Bosque" y la novela Tiempo de abrazar, las dos publicadas en 1974. En 1939 publica la novela El Pozo y se desempenña como editor de la revista Marcha.
En 1950 publica La vida breve, novela en que aparecerá por primera vez esa desolada y mítica ciudad llamada Santa María, encarnación geográfica del vacío y la obsesión por la muerte, una novela fundacional tanto desde el punto de vista narrativo como de su importancia en el desarrollo de las posteriores generaciones literarias en latinoamérica, especialmente a partir de mediados de principios de la década de los 60, también en parte por una revisión de sus obras en vista de la publicación de El Astillero.
En enero de 1974 falla el jurado de Marcha dando el primer premio al cuento "El guardaespaldas", de Nelson Marra. De inmediato Onetti y miembros del semanario son apresados por el régimen militar. Permanece en prisión entre el 9 de enero y el 14 de mayo, para luego salir de Uruguay y fijar su residencia en Madrid.
Onetti pasó los últimos anños de su vida alimentando fantasmas, encerrado en un departamento y dedicado a la literatura, el alcohol y el cigarrillo. Hacia el final, reacio a abandonar incluso el dormitorio, logró publicar Cuando ya no importe (1993), su testamento artístico. Al morir, el 30 de mayo de 1994, un brillante capítulo de la literatura continental se cerró para siempre.
El infierno tan temido
Al final del cuento "El infierno tan temido", publicado en 1957, Onetti pone en labios de uno de sus personajes, el viejo corrector de pruebas apellidado Lanza, la siguiente frase: Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo produjo el desmoronamiento. Es quizás esta frase una descripción sintetizada de lo que es el universo de Onetti, de la forma en que los personajes enfrentan un destino terrible no por sus efectos devastadores sino por el solo hecho de ser un destino que no es posible torcer.
Los norteamericanos Hemingway y Faulkner, principalmente, pueden ser rastreados en Onetti, pero no es posible aludir a una imitación o una exagerada influencia; del mismo modo puede senñalarse la presencia de Henry James, Gide, Céline, Sartre, Joyce y Flaubert.
José Donoso dijo que la literatura de Onetti estaba "poblada de personajes que vivían sus anodinas y oscuras existencias nutridos por la incomunicación y el fracaso". Junto a Borges, Rulfo, Asturias, Carpentier y Sábato, Juan Carlos Onetti formó parte de una legión de patriarcales pioneros, responsable de insuflar nuevos vientos a una literatura a la que costaba mucho sacudirse el polvo de las poéticas decimonónicas.
A través de este panteón casi sagrado, la cultura del continente lograría acceder a una posición mucho más ventajosa e igualitaria frente a los discursos esgrimidos por la inteligencia que medraba al otro lado del Atlántico -especialmente en el período comprendido entre las dos guerras mundiales-. Sólo así es descifrable la explosión posterior de creatividad (particularmente la acaecida durante la década de 1960), con proyectos tan experimentales como recusadores de la novelística tradicional. Narradores como Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, Del Paso y el propio Donoso aprovecharon al máximo las posibilidades brindadas por el diálogo y las inquisiciones que ya habían iniciado sus predecesores.
El tiempo en el imaginario de Onetti parece detenido, planea ingrávido por sobre los seres grises, aunque de trágico destino. Una cierta crueldad o frialdad en la descripción de las criaturas es también resultado de este asepticismo deliberado que nos atrae y nos repele a un tiempo. Son referencias a un mundo personal del que vamos descubriendo los secretos, las obsesiones, a medida que nos adentramos en él. En ocasiones, un hecho nos desvela una zona, nos ilumina el conjunto. El lector ha asistido a los actos de algunos de los personajes sin entender, como se asiste a un ritual. Ya en el límite, se revela de pronto la historia. Las relaciones amorosas constituyen con frecuencia el centro de la atención de los relatos de Onetti. Tales relaciones son complejas, equívocas y, a menudo, fatales. La oposición amor/odio es permanente.
Terminemos con palabras del propio Onetti: "A mis personajes se les podría calificar de existencialistas antes de Sartre. Mucha gente piensa , o lo dice, que yo soy una buena persona, un buen tipo. Y en realidad, lo que soy es un indiferente. Yo no puedo, por ejemplo, hacerle danño a alguien, porque no me interesa. No puedo tratar de trepar con los codos, porque no me interesa".