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Idea-Onetti: una historia de amor

Anabel Gutierrez

Idea Vilariño, nacida en Montevideo en 1920, es una de las mayores representantes de la literatura uruguaya. Dueña de una sensibilidad delicadísima, ha creado de los más profundos poemas de amor y de dolor; sentimientos en los que hurga sin pudor ni condescendencia, extrayendo hasta la última gota de sangre de sus heridas para poder dar nombre a eso que tan difícil es, siquiera, mirar de frente.
Además de escritora, ha ejercido como maestra de literatura, traductora y ha producido una extensa obra crítica. Sin lugar a dudas, una de las figuras más importantes de la vida intelectual del Uruguay; fundó junto con Manuel Claps, Mario Benedetti y Emir Rodríguez Monegal, de la revista Número, que jugó un rol transcendental en la vida cultural de ese país.
Sin embargo, a Idea se la conoce y valora especialmente por su obra poética que, a pesar de su rechazo a promocionar sus libros o su nombre (ha rehusado innumerables entrevistas, invitaciones y hasta algunos premios), no podía pasar desapercibida y menos aún cuando representa la pasional historia de amor que tuvo con un genio.
El amor es casi impensable sin una fuerte dosis de sufrimiento que lo hace y lo deshace, lo agranda y achica, lo exprime hasta dejarlo sin fuerzas y vuelve a darle vida inmediatamente, no lo deja olvidarse de amar del todo. No hay salvación posible.
Hay, sí, muchos amores, pero existe uno que tiene nombre propio y es éste el que golpea más fuerte porque está más cerca... porque está dentro. Ése, cuando se escribe (o se lee) hace que las palabras entren como dagas sobre la piel y horaden hasta los recuerdos.
Idea Vilariño es una de las poetas que mejor nombra estos sentimientos. Sus poemas, grandiosa muestra del tempestuoso lastre de una pasión, tienen todos nombre y apellido: Juan Carlos Onetti, al que se atreve a decir ...pero en algún momento/ me volveré a este cuarto/ me tiraré en la cama/ y entonces tu recuerdo/ qué digo/ mi deseo de verte/ que me mires/ tu presencia de hombre que me falta en la vida/ se pondrán/como ahora te pones en la tarde/ que ya es la noche/a ser/ la sola única cosa/ que me importa en el mundo... es Carta II.
Ella, que se negó siempre a responder preguntas sobre su vida o comentar su obra, lo muestra todo en sus poemas. Sin modestia ni freno ni orgullo, confiesa un amor desmedido, hasta el punto de decirle al amado, que llevaras tu nombre/ que vieras con tus ojos/ que me conocieras/ ya me justificaba. Pero ella se enamoró de un genio, de un hombre que no pudo (o no supo) retribuir ese amor. Ella amó con un amor que fue su cárcel, su verdugo y su premio. Amó como cumpliendo un destino delicioso, ineludible: todo estaba marcado/ todo iba/ encaminado/ ciego/ rendido/ hacia el lugar/ donde ibas a pasar/ para que lo encontraras/ para que lo pisaras.
Es la certeza de la mujer que se ha encerrado en su ser amante, en un lugar donde el mundo gira alrededor del amor que el genio no le da.
Una tarde de los años 50, en un café del centro de Montevideo, se conocieron. Ya antes se habían leído, el resto iba a llegar por sí solo. Estaba seduciéndome a fondo con lo mejor de sí mismo y tanto que yo me quedé convencida de que aquello era la séptima maravilla. Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré, confiesa la Vilariño en una de las pocas entrevistas a las que accedió.
A este primer encuentro siguió un periodo de largas cartas en las que se trataban —todavía— de usted y en las que se gestó lo inevitable.
Fueron amantes durante muchísimo tiempo: una tormentosa relación, de continuas rupturas y pasionales reencuentros. Así como podían estar semanas, meses sin saber el uno del otro; podían pasar etapas de encierro en las que el deseo abarcaba días y noches capaces de borrar el resto. Se mandaban al diablo y el mismo diablo los juntaba.
Aún así, la ruptura final los pilló desprevenidos. Años más tarde, en 1961, uno de los días que estaban juntos, Idea —que entonces era profesora—, fue llamada a una asamblea de urgencia a causa del asesinato del profesor Arbelio Ramírez. "Si vas no me encuentras a tu regreso”, sentenció el escritor. Ella, sin tomar en serio la amenaza, fue a la reunión de la que escapó lo antes que pudo: un terrible presentimiento, tal vez. Cuando llegó a casa, la encontró vacía, una nota donde Onetti la insultaba y el suelo lleno de papeles arrugados, eran unos poemas de amor que ella le había dado.
Se volvieron a ver una vez más. En 1974, el diario Marcha fue clausurado a causa de la publicación del cuento ganador de un concurso del que Onetti fue jurado y en el que los militares leyeron un complot contra la dictadura; en consecuencia, encarcelaron por tres meses al escritor. El día que salió de prisión, su antigua amante fue a verlo. Se quedaron callados. . Cuenta ella:
— Nos moriremos sin aprender a hablarnos.
— Siempre nos costó —respondió él, la miró, dejó de mirarla —siempre me inhibiste en todo.
— Tú también —respondió ella.
— ¿Así que yo no sé lo que es el amor? Vos sufrías de amnesia, evidentemente. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos. Nunca entendí lo que me pasaba; pero estaba loco por vos.
— Nunca me lo dijiste.
— Nunca entendí aquel deseo de posesión, aquel afán dominador –le reprocha él—. No te dejaba ir a clase, es cierto. No podía soportarlo. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos.
El hombre también recuerda.
—¿Por qué dice Idea que nunca sabrás quien es ella?—pregunta la periodista —No sé... Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí.
— No entiendo, ¿cómo que nunca estuvo enamorada? ¿Y los poemas que te escribió?
— Yo no digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo es algo muy cerebral, intelectual.
—¿Nada más?
— También cama.
De todas maneras es la poesía de la Vilariño, los que mejor cuentan la historia de este amor en la que, como ella misma lo dice en uno de sus poemas,”la soledad es la única certidumbre”. Habrá sido muy difícil amar un genio; pero más difícil aún, dejar de amarlo... esto es para usted.




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