Antonio Astorga
Onetti apagó su último cigarrillo el penúltimo día de mayo de 1994, en una tarde lluviosa, recostado sobre la cama, alimentándose de lecturas omnívoramente, tras haber escrito absolutamente todo durante eternas noches en una especie de ataque desenfrenado y tras haber fumado despiadadamente. Doce años después, Onetti enciende sus Obras Completas.
Editadas por Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, el primer tomo reúne sus primeras novelas: «El pozo» (1939), «Tierra de nadie» (1941), «Para esta noche» (1943), «La vida breve» (1950), «Los adioses» (1954) y un anexo: «Tiempo de abrazar» (1934). El segundo comprenderá: «Para una tumba sin nombre» (1959), «La cara de la desgracia» (1960), «El astillero» (1961), «Juntacadáveres» (1964), «La muerte y la niña» (1973), «Dejemos hablar al viento» (1979), «Cuando entonces» (1987) y «Cuando ya no importe» (1993). El tercero reunirá cuentos y artículos. Hortensia Campanella cuida la edición.
Dolly, su orden
Onetti nunca se ocupaba de guardar sus manuscritos. No pensaba en el futuro, ni en el valor material de las cosas. Perdió una primera versión de «El pozo», de 1931. Y diez años después extravió el manuscrito de «Tiempo de abrazar», que nunca volvió a recuperarse íntegro. Son pocos los originales de Onetti que se conservan anteriores a su matrimonio con Dorothea Muhr, Dolly, en 1955. Ella se encargará desde entonces de transcribir, primero, y pasar a limpio, después, sus textos siempre a máquina. Y de conservarlos y ordenarlos. Dolly fue su orden. «Él siempre defendió el placer sensual de dibujar, una a una, las letras que componen sus textos -cuenta Dolly Onetti-. Y en muchos casos, para desesperación de los que han leído sus manuscritos y para daño de mis ojos, escribía con lápiz, con algunos de los muchos lápices que yo le afilaba y dejaba alineados sobre la mesa llena de marcas de cigarrillos que estaba en el dormitorio de la casa de la calle Gonzalo Ramírez, junto a la costa montevideana». Con el grafito afilado, Onetti enmendó erratas: como en el caso de «El pozo», sobre el ejemplar que conservaba de la primera edición de 1939. O sobre «Los adioses», que él mismo envió, aún humeante la edición (1954), a su amiga Idea Vilariño con algunas erratas coregidas sobre el texto. Onetti sometió «Para otra noche» a una profunda revisión en 1966, con motivo de su segunda edición, para suprimir múltiples fragmentos e introducir enmiendas, correcciones y algún añadido.
Una de las más lamentables experiencias que le marcaron fue su detención e internamiento, en febrero de 1974 en Montevideo, en un sanatorio psiquiátrico durante tres meses por haber participado como jurado en un premio literario de la revista «Marcha», concedido a «El guardaespaldas», un relato que glosaba la muerte de un torturador y que sería censurado por la dictadura. Onetti y el resto de personas encarceladas recibieron el respaldo de escritores e instituciones de todo el mundo. A pesar de ello, no perdió la fe en el ser humano. Griposo, insomne o sordo se le apareció la hoja roja en su librillo de fumador, pero a esas alturas de la vida le importaban las pequeñas cosas que formaban las grandes palabras. Confesaba que era muy triste envejecer. El amor siempre ocupó el primer lugar de sus intereses, excepto cuando se ponía a escribir. Entonces le ocurría algo: no podía escribir porque estaba enamorado. Onetti regresa a la cama, donde vivía recostado y fumaba; escribía y fabulaba la angustia.