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El violín, la máquina y la literatura. Con Dolly Muhr, la última esposa de Onetti

Ignacio Bajter

Dolly Muhr, de profesión violinista, pertenece a un linaje de heroínas literarias: como Felice Bauer, un breve amor de Kafka, Sofía Tolstoi -cuyas diligencias textuales eran detalladamente conocidas por Onetti- o la joven Anna Griegorievna Shitkine que enamoró a Dostoievski. Desde el casamiento en 1955 hasta la muerte del escritor en 1994, ensayó la figura de la mujer-mecanógrafa, la compañía perfecta para quien escribía -con lápices y bolígrafos- en papeles extraviados en la noche. Como paciente e íntima copista podría anexarse a los pasajes que Ricardo Piglia dedicara a las "representaciones extremas de lector" en su ensayo El último lector.

Al margen de la devoción literaria y del orden de las hojas escritas que podrían haber acabado en una papelera (como las dos versiones de El pozo y los capítulos de La vida breve y Los adioses, entre otras obras), Dolly es la música y la perpetua complicidad, los pasos sobre la arena de la playa, la búsqueda de novelas policiales en una feria, el silencio para no quebrar a un hombre frágil, las notas de un violín que guarecía la vida y la ficción. Su nombre, lleno de gestos felices, tiende a anular algunas imágenes falsas que rodearon la figura del escritor.

Existen episodios absurdos del destino de los manuscritos originales en manos de naturales herederos o testamentarios literarios. El archivo de Onetti -compuesto de manuscritos y primeras versiones mecanografiadas, cartas y fotografías- pudo haber acabado como acervo de bibliotecas extranjeras al precio de una genuina mercancía. Pero siendo Dolly su celadora, un sello de fidelidad, ese no iba a ser el caso. La melancolía vuelve a casa: a fines de mayo llegó el archivo a Montevideo para donarlo a la Biblioteca Nacional. El viaje fue la ocasión de una entrevista en busca de su memoria y su sensibilidad.

LA MUJER DE AL LADO.
-Quisiera que hablara de su violín...
-¡¿De mi violín?! (Desconcertadísima).
-Bueno, formulado así parece un camino incorrecto. Lo que busco es que evoque aquellas escenas, que son parte de la creación literaria, de las que se dice que mientras usted estaba en una habitación perdidamente "violineando" Onetti escribía en la otra.
-Oh, sí. Nosotros le decíamos "la contigua" a esa habitación donde yo estudiaba. A Juan le gustaba que tuviera otra vocación distinta a la de él. Suponía que de ese modo los matrimonios funcionaban mejor. Una teoría, ¿no? Él me hacía varias bromas a propósito de mi esfuerzo violinístico. Decía: "¿para qué tanto estudiar? Yo te compro un disco que tenga aplausos y bravos, y vos saludás al público y ya está, ¿para qué querés estudiar tanto?" (risas alegrísimas). Ese tipo de ironía nos hacía reír mucho. Juan siempre me apoyó, siempre. Cuando tenía concursos de orquesta me prendía una vela: decía que solamente un milagro podría salvarme.
-Onetti no asistía a ningún concierto. Se reservaba el violín para la intimidad.
-Sólo fue al Teatro Colón de Buenos Aires a escuchar Tristán e Isolda. No quería entrar, fue extraño, me preguntaba algo decepcionado si aquella mujer gorda sobre el escenario era la joven Isolda. Luego la música lo atrajo; lo captó de tal forma que salió impresionadísimo.
-¿Qué puede agregar sobre la música en la vida compartida con Onetti? Se dice que una vez él le quitó la libreta de apuntes a una entrevistadora y le dijo que si quería comprender su obra que escuchase tango.
-(Risas) Para Juan el tango era Gardel, clavado. Lo oía en audiciones de radio. También le gustaba el jazz: Charlie Parker, foto pinchada en la pared.
-Quizá recuerde a Onetti leyendo "El perseguidor" en una versión inédita y mecanografiada en París por Julio Cortázar sólo para Juan Carlos Onetti…
-¡¿Mecanografiada en París?! ¡No! ¡Juan lo leyó en libro! Tenía Las armas secretas. Ahora dudo… ¿De dónde sacaste esa idea tan rara?
-No lo sé. Parecía posible… Como sea, algo sucedió con aquella lectura.
-Sí. Esta vez fue Cortázar quien quedó impresionadísimo por la reacción de Juan, ya sabés, es muy conocida… Era su dolor porque estaba separado de su hija y el cuento trata de la niña Bee y lo quebrado que se siente su padre por ella… la niña muere… Juan se vio alterado por la historia. Luego de leerla rompió el espejo del botiquín y después escribió algo sobre el cartón. Siempre tuvo la cicatriz en los nudillos. Años después, en París, se lo contó personalmente a Cortázar. Le respondió que eso lo halagaba muchísimo: era la reacción más fuerte que había tenido un lector frente a un cuento suyo.
-Vayamos entonces a manuscritos y máquinas de escribir no imaginarias. ¿Cómo se sentía pasando a máquina la letra de Onetti?
-Era un trabajo maravilloso. Yo estaba feliz de que él estuviera escribiendo. Cuando me daba material para pasar era fantástico. Mecanografié todo El astillero mientras trabajaba en Electrolux (¡con permiso del jefe!). Yo conocía bien su letra. Juan escribía a cualquier hora, tomaba vino y a veces barbitúricos porque no dormía, entonces sucedía en muchos casos que la letra iba para arriba y para abajo… Pero generalmente es hermosa, sobre todo cuando escribía de día.

ÚLTIMOS DÍAS EN CASA.
-Luego existe una época en la que no escribe. La llegada a España en 1975, el vacío creativo.
-Eso era lógico. La había pasado muy mal en sus últimos días en Montevideo, había estado preso. Muchas veces pienso que gracias a Dios nos mudamos poco antes de que la policía fuera a buscar a Juan al apartamento de Gonzalo Ramírez. Nos habíamos mudado a la calle Bonpland, nuestra primera casa (que nos duró seis meses). Con el asunto de Marcha fueron a buscarlo los polis una noche de viernes. ¿Conocés esa historia de Marcha, no?
-Sí.
-Al otro día llamé a una amiga y me dijo que en el edificio había estado la policía. ¡¿Por qué?! Supimos que entraron a las 4 de la mañana a culatazos, para llevarse a Juan. No sé si hubiera sobrevivido porque no era un hombre muy fuerte. Por suerte no estaba: cuando vinieron a buscarlo a Bonpland, tres días después, venían de civil y estuvieron muy correctos con nosotros. Se salvó -por el cambio de domicilio- de la capucha, método que usaron para conducir a Mercedes Rein. Hace poco que murió Mercedes… (Dolly se queda contemplando un pensamiento triste…). Tuve que vender la casita que teníamos en Lagomar para pagar la estadía en el psiquiátrico donde estuvo preso los últimos días. Recuerdo una anécdota que Juan contaba muy bien: una vez se acerca una enfermera y le dice que debe cambiarle las alfombras que están junto a la cama porque allí hay un paciente que no resiste el color rojo y entonces, al pasar cerca de Onetti, podría desprender la fobia y ser un principio de caos. ¿Te respondí a tu pregunta sobre el vacío? Juan salió de su patria; él amaba el Uruguay. Todo fue muy violento y no sé, te imaginás, estaba totalmente desubicado en Europa. Al menos teníamos la lengua. A veces pienso en esos chicos que se fueron a Escandinavia… Una entrevistadora quiso que Juan hablara de Madrid y él le dijo que su pregunta venía a mal puerto. Él no se movía de casa. Se dirigía a sitios muy precisos siempre en taxi, fumando. Leía en todos los viajes dentro de la ciudad.

VIVIR EN MADRID.
-¿Qué les significó entonces la publicación de Dejemos hablar al viento en Madrid en 1979?
-Nada de especial, fue un libro más. ¡¿Por qué debía ser un hecho especial?! ¡Un libro más! Ya lo había empezado en Uruguay. Se había prolongado mucho tiempo, entretanto trabajaba en otras cosas.
-¿Y qué les trajo a ustedes el Premio Cervantes?
-¡Una fortuna! Fue muy divertido. Dos años antes, un amigo, el poeta Luis Rosales (¡qué poeta era Luis… maravilloso!) le dijo que era casi seguro que se lo dieran ese año. Finalmente llegó a manos de Dámaso Alonso. En el 79 fue para Jorge Luis Borges y Gerardo Diego, cinco millones de pesetas para cada uno. En esa ocasión se decidió doblar el premio a diez millones. Por eso recibió en 1980 el doble de dinero. Recuerdo la tapa del diario ABC… Fue un premio importantísimo.
-La relación entre Onetti y Borges, en la década del 40, fue una breve sucesión de malentendidos. Pero con los años parece haber cambiado de signo. Borges declaró que Onetti era un amigo; que alguna vez le habían dado una carta para liberarlo y él la había firmado, sin saber siquiera por qué Onetti estaba preso.
-Alguna vez cenamos juntos en Barcelona. Tomé fotografías que aún conservo. Parece que una vez hablaron de la posibilidad de que tuvieran un vínculo familiar, de sangre. Porque los apellidos de Juan eran Onetti Borges. El parentesco podía venir por Brasil… Creo que no encontraron nada. Juan decía que de haberlo encontrado lo hubiesen mantenido en secreto. Una coincidencia, los dos Borges. Yo creo que tienen un parecido. Les veo algo, a lo mejor es idea mía.
-Onetti: el Borges "vicioso".
-¡Oh, sí! Porque Borges era puro. No fumaba, no tomaba…
-¿Quiénes visitaban a Onetti?
-A nuestra casa venía un obrero. Un lector de los libros de Juan. Lo apreciaba muchísimo. Venía a verlo porque decía que en su mundo no podía hablar con nadie y que con Juan se sentía bien. Nos visitó muchas veces en el apartamento de Gonzalo Ramírez. Juan lo quería.
-¿Recuerda a aquel muchacho anónimo que llegó al piso de Madrid sólo para decirle a Onetti que su mejor libro era Los adioses?
-No, para nada.
-Se lo confesó a Hortensia Campanella en una entrevista de 1989, parte del documental Onetti: retrato de un escritor de Juan José Mugni.
-Recuerdo el video pero no la anécdota.
-¿Y el reportaje de Magela Prego sobre Onetti en España (1993), luego de estar con ustedes en la intimidad?
-Sí, Magela se instaló una semana en casa. Ella conocía bien a Juan; él la adoraba, siempre fue de la familia. En algún momento del día Juan la llamaba desde la habitación, le daba un grito. Y entonces ella aparecía para hacer algunas anotaciones de lo que él decía. Antes de eso nosotros íbamos a ver a los Prego a París y nos quedábamos en su casa. Allí una vez nos encontramos con Cortázar. Unos chicos habían hecho una película sobre Julio, muy buena: se lo veía caminando por París, había unos acuarios con unos peces raros que tienen que ver con uno de sus cuentos… Querían que Juan hiciera una película con ellos. Y Juan les dijo: "¿yo caminar así? ¡No!" Lástima, hubiese sido fantástico.
-¿No les habrá dicho que no era un caballero tan apuesto como Cortázar?
-Sí, ¡también! Ahora recuerdo un chiste sobre lo guapo. Acá, en Uruguay, éramos muy amigos de un agregado cultural norteamericano, un hombre cultísimo, también fanático de la obra de Juan. Nosotros leíamos libros de la Biblioteca Artigas-Washington porque era gratis, entonces podía sacar muchos libros por vez. Leíamos toda la literatura norteamericana. Con esto sorprendíamos al agregado cultural amigo, que por aquellos días trabajaba en la traducción de uno de los libros de Onetti. Al final iba a salir el libro traducido y Juan decía: "Ojalá que se equivoquen y pongan como foto de autor la de este amigo que es guapísimo!". Se hacía chistes de que era feo.
-Ahora que mencionó las visitas al apartamento de Omar Prego, ¿se acuerda de Bubul, aquel gato parisino?
-Sí, pobrecito Bubul, hermoso, enorme, amarillo. Una vez le saqué una foto: su cabecita salía de una caja. Se llevaba de maravillas con Juan. Él era así, siempre quiso a los animales. Trabajaba como bibliotecario en el castillito del Parque Rodó rodeado de gatos (Onetti los llamaba en secreto, utilizando una metáfora corrida a metonimia, "el tigre de los pobres"). Teníamos una amiga que conocía mucho a Juan pero que no lo había leído; ella decía: "el Junca es un hombre buenísimo que ama a los animales, a los niños y a la naturaleza. No es ese Onetti que describen como un señor hosco". Ése era Juan. Ella lo conocía profundamente sin haberlo leído.
-¿Conoce el texto breve "La mano de Onetti" de Augusto Monterroso?
-No lo conozco.
-Monterroso se refiere a la vez que Onetti estuvo en su casa… "En la pequeña sala, una hija mía de meses le llamó la atención. Onetti se acercó a ella. Inclinándose, extendió un brazo y le acarició con ternura la cabeza".
-¡Qué lindo! Me contás algo que no sabía.
-¿Cómo vive la entrega de los manuscritos al acervo de la Biblioteca Nacional?
-Sí. Hace tiempo tomé la decisión. Ayer los revisaba y me ponía a llorar. Es duro entregar todos esos cuadernos que pasé a máquina… ¿Para qué guardar? Hay papeles que ni siquiera recordaba… Aquí la gente los necesita para trabajar y a mí me duele verlos: no había otra opción para la letra de Onetti. Los manuscritos tenían que terminar en el país donde nació y donde escribió.
Dolly Muhr vuelve a ponerse un saco de paño largo, de detective, donde cabrían muchos libros en los bolsillos interiores. Antes de llegar al ascensor dice algo que queda suspendido, que trae con palabras sabias una imagen transparente, el despojo de toda vanidad, como si Onetti estuviese en un pasillo diciendo con la voz de su mujer-taquígrafa: "veamos que harás con esto, ¿una obra maestra? No será nada original: ya he contado mil veces estas cosas".
Notas en un cuaderno
EL 30 de mayo, a trece años de la muerte de Onetti, Dolly Muhr donó al Uruguay sus manuscritos en una gala protocolar a la que Onetti no hubiese asistido jamás. Evocó a "Juan" como si en la sala no hubiese nadie: "Oigo su voz, cariñosamente burlona protestando: `¿Otra vez con Onetti?`". Algunos tomaron notas. Fragmentos:

-"Godard dijo que los personajes de Juan no eran ficción sino reales. Él los veía todos los días en la calle, de modo que necesitaba conocer quién los había creado".

-"En las mañanas, después de haber escrito toda la noche, me anunciaba: hay mucho para pasar a máquina. Y si me quejaba de tener los dedos gastados, me retrucaba: `¡Madame Tolstoi copió a mano La guerra y la paz! ¡Siete veces! …y tenía setecientas mil palabras!`"

-"Una noche, mientras yo estudiaba, abrió la puerta y dirigiéndose hacia la salida con las manos en forma de garras, imitando a los ratones del flautista de Hamelin, preguntó: `¿dónde está el río? ¡No soporto más!`"

-"No obstante el pesimismo generalmente atribuido a Onetti, él creía firmemente que el escritor, más allá de su voluntad, expresa el medio social en el que vive. Por lo que tengo la convicción de que habría vivido con esperanzas este momento del Uruguay."




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