AdvertenciasOrientacionesDescripciones |
Idea A OnettiEnviado por Idea el Sáb, 26/01/2008 - 13:51.
Amor querido: ¡Qué linda es esa foto en que me estás sonriendo y mirándome como si me quisieras! La recibiste. Bueno, tenerla ahora, valió por todo el maldito viaje. Creo que sabés que los viajes me gustan tan poco a vos. Ni que hablar de los coloquios. No sé si te das cuenta, de cuánto amor hubo en el mero acto de ir. No tenía la menor gana. Tuve que vencer esa falta de ganas, las ganas de quedarme en Las Toscas, tirada al sol, leyendo o mirando las hormigas. Y tuve que dominar una especie de vergüenza que me daba ir a esa cosa en París. Tampoco te habrás dado cuenta -vos nunca te das mucha cuenta- de cuántas ganas de verte hubo detrás de esos infernales mil quinientos kilómetros de tren. Creo que sólo por vos -tal vez, por Manolo- me hubiera sometido a esa ordalía. Esta tarde, cuando volví de Facultad, me quedé tirada en la cama, oyendo música y pensando en qué se podría decir en una cassette. Siempre nos costó hablar. Y ¡dios santo!, hablarte sola era impensable, me parecía imposible, me parecía que no podría decirte nada, que no tenía nada que decirte. Y mientras pensaba -y naturalmente, porque estaba pensando en tí-, me di cuenta, hice conciencia, de algo que hace días rondaba mi cabeza o mi corazón, por llamarlo de alguna manera. Era como una nostalgia, como unas enormes ganas de haber dicho que sí, cuando me propusite que Dolly fuera al cine. Sé muy bien, que si mañana volviera a estar ahí, volvería a decirte que no. Por Dolly y por mí. Pero, ¡qué maravilla, qué tremendo hubiera sido volver a estar en tus brazos! Volver a estar contigo, en un contacto total, no mutilado. Y mirá que no se trata de nada sexual. Se trata de amor, nada más. No sé cómo uno puede tener otras consideraciones, pero... Pero al mismo tiempo, ¿cómo no tenerlas, no? Y me quedo ahora, pensando si te merecías el viaje. Aunque ya sé que no se trata de merecimientos, sino de querer o no querer. Pero, ¿Por qué tuve que quererte así? No me explico cómo yo, cómo la mujer orgullosa que había en mí, pese a todo, te siguió queriendo. No sé en realidad, por qué. No hay ninguna explicación racional. ¡Las cosas que me hiciste, burro! Te casaste. Me olvidabas. Me llamabas estando con otras. Me hacías aborrecerte, echarte. No sabías el a b c de quién era yo, de cómo era yo. Aunque es cierto, que tampoco yo supe cómo había que quererte, cómo había que tomarte. Pero, yo estaba acostumbrada a que los hombres se murieran por mí, a que me codiciaran, a que me adoraran, a no atender el teléfono o el timbre, porque los hombres rondaban aquel apartamento de la calle Durazno, como perros. Pero tú, no. Tú podías pasar dos meses, seis meses sin llamarme. Una vez, estaba viviendo una loca pasión, digamos, con Roberto. Con Roberto, que me amaba desde mis 17 años. Y yo, ¡sonsa de mí! no había querido ceder, entonces. Cuando reapareció, en algún momento en que tu habías desaparecido, creo que cedí, más que nada, porque aquel tipo grande, triste y orgulloso me adoraba de una manera desesperada y eso, después de tu displiscencia, resultaba una maravilla. Pero nunca pudo conseguir que le dijera que lo amaba. Y hace poco, ordenando papeles, encontré dos papeles con la misma fecha; uno era una apasionada nota suya, el otro era El Encuentro, ese poema que termina "para que lo pisaras". Es decir, que en aquellos días en que me iba a dar clase sin dormir y maltrecha por aquella cosa arrolladora que estaba viviendo con Roberto, te estaba queriendo a vos, te estaba escribiendo poemas abyectos, entregados o yo qué sé. ¡Cómo te quise, sonso! ¡Cómo no supiste quererme! Te aseguro que merecía que me quisieras. Bueno, otra vez lo de merecer. Pero, merecí, sí, que me quisieras. Una vez me dijiste que lo que te pasaba conmigo era lo más que podía pasarte con alguien. Era decir mucho. Pero era poco. Me costaba muy caro en amargura, en esperas y yo qué sé... mujer frustrada, en dolor, porque me hacías llegar la indiferencia y eso era destructor. A veces, con una palabra, me cortabas el amor de raíz. Y de pronto, después de pasar meses sola o cuando estaba empezando a vivir otra historia, llamabas. Llamaba Onetti. Y de toda esa muerte y esa nada que tú habías creado en mí, empezaban a brotar llamitas. Llamitas. Bueno, como dicen los ingleses, perdone, que estoy mezclando mis metáforas. Pero empezaban a brotar llamitas. Alguna vez me dijiste también, algo así, como que tu suerte con las mujeres había gastado en tí los resortes del amor, algo así. Tal vez, fuera una explicación para algunas cosas. Pero yo tuve la misma suerte, no con las mujeres, seguro, y a mí no me pasó. Ni en el cuerpo, ni en los sentimientos. Entonces, no sé si es verdad, o si eso no explica nada. Estos días, cuando estaba en tu casa, te miraba a veces, mientras estabas leyendo y quería -no sabés cómo quería- preguntarte qué te hizo así, cómo, de qué manera te hiciste así. Así, quiero decir, de esa manera que creo que siempre mutiló tu relación con la gente, o por lo menos, mutiló tu relación conmigo. Ahora me acuerdo de una noche en tu casa, una de las pocas veces que dormí ahí. Estuvimos toda la noche sin tocarnos, sin besarnos, durmiendo apartados. Debí haberte sacudido, debí haberte pegado, no sé. Pero, yo era orgullosa. Al otro día, de mañana cuando me iba, me acuerdo de que te besé tiernamente, te tomé la cara entre mis manos y te dije bajito, contra tu cara, algo así: "sos un camello, Onetti, sos un burro, sos un perro". Es que eras imposible. Tal vez, es absurdo que te hable así; parece que te estuviera reprochando. Y no, no es eso. No quiere ser eso. Estoy hablando de nosotros o más bien, estoy hablando de mí. De mí. De mí, que había creído -me habían hecho creer- que era una reina. Y a vos te soportaba todo. Te soportaba lo imposible, como si no fuera yo. Entendeme, estoy diciendo macanas, pero estoy hablando, tratando de entender yo misma. ¡Cuánto hubiera dado, Onetti, por haberte encontrado antes!, a mis 19 años, digamos, cuando tu tenías tu cara y tu buzo del carné de identidad y cuando tal vez, nos cruzamos -eso supusimos alguna vez- en aquella Exposición de la Pintura Francesa, buscando Le chapeau mélon de Cézanne. O no, no sé. No sé si hubiera sido bueno. Me habrías destruído, supongo. No sé que más decirte. Creo que mis cartas son más contenidas y tal vez esto debió serlo. Pero me pediste que hablara y no iba a hablar del tiempo. Creo que no hice más que repasar historia, como en alguna de las cartas. ¿Por qué? Tal vez, porque yo siempre entendí todo lo que me pasaba; nunca entendí bien lo que me pasaba contigo. Es un lío, pero está bien. Estoy hablando a oscuras, pero sé que cuando encienda, volveré a mirar esa foto y volveré a comprobar que hubo un nexo, que allí se ve. Y volveré a creer lo que escribiste en una de tus primeras cartas, cuando todavía no nos tuteábamos. Decías allí, que éramos dos almas hermanas. Perdón, pero la frase es tuya. Pero no, ¡qué ibamos a ser almas hermanas! O sí... Sí, tal vez. No sé... Hubo una noche tremenda, una noche terrible, diría. Fue una noche que no nos queríamos, que no nos queríamos mucho. Ibamos a ir al Solís y en vez de eso, nos quedamos hablando en el café de enfrente. Tú, que nunca hablabas mucho, hablaste... hablaste. Se trataba de tú y el mundo, tú y la gente, tú y la vida. Hablaste de la muerte de tu padre. Fue importante; me removiste el amor. Fue como si hablaras de mí. Supe -creí- que éramos iguales en un plano profundo. No sé si te lo dije entonces, pero sí me acuerdo que te dije: "bueno, ahora voy a tener que quererte para siempre". Y bueno, parece que fue así. Pese a todo y sobre todo, pese a vos mismo. Y nada más querido, amor, bobo que no supiste quererme, pero que todavía me querés un poco -o me lo creo-. Lloré en el taxi, cuando me iba de tu casa, dios sabe por qué. Y ahora, tengo ganas de llorar. Voy a dejar esto. Te escribiré algún día. Un beso, querido. Querido. |
IdiomasLoginBuscarRastrear |