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Reflexiones de un admirador

Juan Carlos Onetti

Me parece necesario insistir; ésta no es la confesión del avestruz que después de muchas horas de sicoanálisis decide olvidar complejos remotos y sólo atiende a lo de hoy. ¿ Por qué enterré la cabeza en la arena o debajo de un ala, dónde se respira mejor?
Porque uno llega a la saturación leyendo titulares de periódicos, oyendo informativos y prestando atención a los agoreros. Por algún lado de oriente, por una razón u otra, comenzará, nos dicen, la tercera guerra mundial. Esta vez, sí, mundial y además la última. O penúltima porque algún antropoide quedará vivo para construir hachas de sílex o levantar piedras para aplastar a otro turbio sobreviviente. Y luego descubrirá el fuego y la rueda y trascurridos siglos que son instantes ocupará nuevamente lo grandes titulares de los grandes periódicos y anunciará que, por petróleo o ansias de dominio, esta dispuesto a oprimir el botón que pone en marcha a miles de mísiles, cohetes, atómicas, hidrógenas, cobálticas, neutrónica y todas formas de anular en pocas horas este mundo construido en seis días. Alguien dijo: "Dios hizo las cosas simples pero ellos encontraron muchas vueltas".
Y vuelta es también regreso; y la vez anunciada o perdida en insinuaciones, sería un definitivo viaje al fin de la noche, sin posibilidades siquiera de lágrimas o crujir dientes.
Unamuno cree que si la humanidad se lanzara toda a las calles y a los campos impetrando a Dios, Éste descendería hasta nosotros; o, por lo menos, nos mostraría el divino rostro. Y por mi parte -y perdonen la irreverencia- no creo que Dios, ni siquiera un dios, se entera o conmueva por el voto de la mayoría. Además, hay muchos dioses y todo indica que Alá es el que tiene más partidarios en este mundo.
Y volviendo al tema, recomiendo a los que no saben u olvidaron rezar, leer conmigo los versos que copio:
Ruego generoso, piadoso, orgulloso,
Ruego casto, puro, celeste, animoso;
Por nos intercede, suplica por nos,
Pues casi ya estamos sin sabia, sin brote,
Sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
Sin pies, y sin alas, sin Sancho y sin Dios
Dije que huyo de los titulares catastróficos que tanto ayudan a vender publicaciones por esa atracción que sangre y muerte que ejerce sobre la mayoría de la pequeña gente. Que sigan felices y sádicos y compradores y vendedores como hasta hoy.
Pero como dije, me alejo de eso y busco en las pequeñas noticias, aquellas que hacen sonreir y acompañan.
Lo que encuentro hoy es la adversidad golpeando a un hombre y a éste desafiándola, casi provocándola para que golpee más fuerte. Una forma de heroísmo intrascendente, carente de grandes hechos y que no será recogida por ningún libro de historia y abrumada por discursos o frases engoladas.
Se trata simplemente de esto: allá por la pasada Nochebuena, un ciudadano de Charleston (nada que ver con el baile pero sí con Virginia occidental) llamado Steve Noetzel, que recorría tranquilo, en paz con el mundo (con este mundo en donde la paz se ha convertido en un augurio de guerras, de revoluciones e invasiones), las carreteras de su tierra en un automóvil cuya marca ignoro pero supongo pequeño, fue chocado por la brutal prepotencia de un camión y recobró lo sentidos en la cama de un hospital. Hasta aquí, nada . Esto sucede varias veces por día en todos los países desarrollados.
Pero aquí empieza la poco común historia. Mientras el ciudadano Noetzel se esforzaba en convalecer, un heterodoxo de la propiedad privada se acercó al coche acordonado y sustrajo una cámara fotográfica, talvez japonesa, valorada en dos mil dólares; como postre se apoderó de más de cuatrocientos dólares que mi que mi héroe de alma pura llevaba en la guantera de su ex coche.
Steve -lo tuteo como un hermano- recibió en el hospital la visita de su abogado quien le notificó que acaba de perder un pleito por treinta y cinco mil dólares y que no le quedaba otra disyuntiva que declarase en quiebra. Al entesarse de esto, su amantísima esposa se apresuró a presentar demanda de divorcio. Steve sitúa esto en las columnas de las desdichas, pero se trata de una opinión personal.
No se había secado aun la tinta de la demanda, cuando avisados ladrones entraron con nocturnidad y fractura en su casa y se llevaron muebles y otros objetos por valor de diez mil dólares.
Ya fuera del hospital. Steve recorrió las oficinas de los principales periódicos de su ciudad e insertó un aviso que decía:
"Tengo 39 años, acabo de perder mi familia, mi hogar, mi negocio y mi auto. Pero no mi espíritu de lucha. Busco socio para iniciar nuevas aventuras de mutuo beneficio".
El título del aviso: "Tanto he descendido que ahora solamente puedo subir".
El indomable Steve, que no publicó su foto, ha recibido numerosas respuesta, principalmente de mujeres ansiosas de consolarlo y protegerlo.
Estoy seguro que este empecinado luchador contra el destino, anónimo o casi, volverá a casarse, ya que el hombre es un animal que tropieza varias veces con la misma piedra, como todos sabemos; encontrará ayuda para un ignorado negocio "de mutuo beneficio", comprará un Cadillac, varias cámaras fotográficas y ascenderá del pozo en que hoy se encuentra para ser nuevamente un caballero de Virginia.
Escribo esto para moralizar, para enderezar la columna vertebral de tantas personas (de mi conocimiento, doy fe) que aceptaron hundirse en la desgracia cuando ésta llega.
Pero en este momento recuerdo a Nietzsche. Él aprobaría la voluntad de lucha de Steve y talvez lo considerara débil semilla para el florecimiento del superhombre. Y también pienso en la teoría del eterno retorno. ¿Y si otro pesado camión chocara al Cadillac y la triste historia se repitiera, paso por paso?

(Febrero 1980)




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