Juan Carlos Onetti
Este título, al parecer tremendista, coincide apenas con el texto que sigue.
En una conversación con amigos que hoy sospecho mentirosos, se discutió el tema, tan complicado, de las relaciones entre los personajes y el autor. Oí decir que Alejandro Dumas poblaba su mesa de trabajo con pequeños muñecos de cartón que llevaban el nombre de sus héroes y a medida que los iba matando -pistoletazo o estocada-, los hacía desaparecer de un papirotazo. Para que no le pasara lo que a Ponson du Terrail que en el tomo dos de una de sus obras dio muerte a uno de sus personajes y luego lo hizo reaparecer en carne y hueso, vivo, saludable, en el tomo dieciséis. Y Balzac, abrazando lloroso a un amigo en plena calle para comunicarle: "¡He tenido que matar a Fulano!", otra víctima, claro. Y no hablemos, por reiterada, de la resurrección de Sherlock Holmes, impuesta por el único crítico que no yerra: el público lector. A éste me dirijo para que confirme o corrija los hechos que me contaron mis amigos.
Se comentó después que si admitíamos que "el arte es una eterna confesión", resultaba poco dudable que famosos escritores se hayan expresado sin propósito ni conciencia por medio de los personajes. De esto resultaba que los aludidos habían sido, o eran, por turno o simultáneamente, incestuosos, asesinos, homosexuales, avaros, dilapiladores, ladrones, fantásticos, torpes, venales, aduladores, etcétera, etcétera.
Todos conocen la muy explícita protesta de don Miguel de Unamuno contra la rebelión de sus personajes cuando escribía novelas.
Recuerdo que hace unos años en Buenos Aires, una escritora me decía: -No sé lo que me está ocurriendo. Ya voy por la mitad de mi novela y los personajes han cobrado vida propia. Hacen lo que quieren.
Cuando meses después recibimos el libro, los candorosos amigos de la autora no tuvimos más remedio que acordar con sus angustiosas lamentaciones. Los personajes sí que habían cobrado vida propia y se habían unido en una conspiración infame para estropearle el libro. La novela era muy mala, ya la haya escrito ella, ya los personajes.
Esta dificultad o conflicto nunca se me presentó. Y tal vez sea una lástima porque así, sin esfuerzo alguno de mi parte, los personajes se habrían encargado de ganarme los derechos de autor. Aunque privándome del placer de escribir y escribirlos. Debe ser sorprendente y un poco diabólico encontrarse que a cierta altura del libro, Juan, tan virtuoso, tan merecedor de un destino feliz, se transforma en Jack el Destripador y termina en el cadalso, destino que eludió por hasta hoy misteriosas causas, su ejemplar The Ripper.
En realidad, son muchos los escritores que me cuentan: "Fíjese: yo había planeado así y me salió asá". Yo me solidarizo con sus cuitas pero no llego a comprenderlo del todo. El autor prefija el derrotero de cada personaje (el autor soy yo) y vigila para que se cumpla. Al fin y al cabo, acaban de nacer, se están educando y yo, mucho más viejo, tengo que cuidar de ellos. Son niños, no saben lo que hacen aunque a veces les dé por monologar de manera interna o externa, hay que apartarlos de las tijeras, los armaritos de remedios, los enchufes de fuerza eléctrica.
Tal vez esté demás decir que un personaje totalmente formado antes de escribirlo, invariablemente, perfecto en el mal o en el bien, se convierte en uno de los muñecos de cartón que dicen usaba Alejandro el Grande.
Es necesario que el personaje discrepe, sugiera, tenga sus pequeñas ambiciones de cambio. Pero es el autor quien dirá que sí o que no y el Juan o la María del drama no tienen otro recurso que someterse, obedecer y cumplir con lo que para ellos se determina. El autor es totalmente responsable del resultado y no cabe decir : "Si Hamlet no fuera tan indeciso...".Porque es vacilante por orden de Shakespeare, que lo quiso así, que lo hizo así.
Para aliviar un poco el tratamiento del tema, recordaré un conflicto que se planteó a Raymond Chandler con su detective Philip Marlowe. Alguien le aconsejó que su héroe no debía seguir para siempre "triste, solitario e inalterable"; como solución, era conveniente que Chandler lo casara, le diera una linda esposa (si millonaria mejor), hogar, niños, servidumbre. El autor contestó que tal vez hubiera entendido mal el consejo: "En realidad, un sujeto así no tendría que casarse. Porque es un hombre solitario, pobre, arriesgado, no obstante cariñoso con la gente y todo esto no funciona bien con el matrimonio. Creo que tendrá siempre una oficina destartalada, un piso vacío, una cantidad de amoríos, pero ninguna relación permanente. Pero pienso que no lo cambiaría y la idea del casamiento con una linda muchacha no está de acuerdo con el personaje". (Frank MacShane)
Tiempo después, el autor aceptó la sugerencia y estaba escribiendo el principio de una novela con un Marlowe casado y en apariencia feliz cuando el detective se rebeló: obligó al autor a duplicar su diaria ración de wiskhy y lo mató en pocos días.
Éste es un ejemplo, tal vez único, del triunfo del personaje sobre el escritor. En realidad, los personajes sólo adquieren "vida propia" después de terminado el libro. A veces, o casi siempre, aguardan años antes de imponer su existencia, antes de pasar de personajes a personas. Entonces, como les sucede a éstas, comienzan las interpretaciones críticas, admirables por lo dispares, amenas según van pasando las escuelas literarias. Todo esto para nada, para que cada uno, cada lector, tenga y se aferre a su punto de vista.
Esta vida propia es entonces verdadera, más o menos sensible de acuerdo con el grado de talento del autor. Personajes-personas que nacieron en los libros son hoy mis amigos o conocidos. Fabricio del Dongo, Hamlet, Bovary, el primo Pons, Maigret, Tartufo, Don Quijote, Marlowe y una serie larguísima de rebeldes triunfantes que no menciono para evitar que alguien me atribuya pretensiones de erudito, tienen hoy para mí más vida y realidad, casi más cuerpo, que mis anónimos compañeros de oficina.
(Noviembre 1978)