Juan Carlos Onetti
El título no debe asustar a nadie ni aumentar el susto de los asustados. Tampoco, lo ruego, deben iniciarme un proceso por usurpación.
Como se verá. La explicación es sencilla: acudí a un congreso sobre el cuento latinoamericano y en un momento de debilidad me nombraron presidente.
En realidad la sala estaba tan llena que no me fue posible empujar la puerta para entrar y, mucho menos, presidir.
Es agradable saber y comunicar que la gran mayoría, según supe, estaba formada por jóvenes; eran europeos y se interesaban por la literatura de Hispanoamérica, por sus diferencias y matices, por sus avatares y su porvenir. Y puedo asegurar que no los unía el ya mítico y difunto boom, sino un sincero deseo de saber qué estaba sucediendo en las lejanas tierras de metecos. Esto lo digo porque acontecía en un país mal acostumbrado a creerse, sentirse el ombligo del mundo.
Ya en otro artículo hice referencia a los congresos de escritores y es posible que en él haya trascendido mi escepticismo respecto a ellos. Ahora puedo agregar que su utilidad radica, se reduce, a que autores y críticos logran un algo de contacto personal, a que los divos logren satisfacción y a que viejos amigos se reencuentren con alegría y charlen de lo importante, de lo simplemente humano y que nada o poco tiene que ver con las letras. En estos encuentros vale más evocar recuerdos que propósitos literarios. He notado que no escasean seres, para mí extraños, que no se ruborizan hablando de su propia obra, ya publicada, va in progress.
Escuché varias de las ponencias y las leí todas, calmosamente. En general eran todas muy buenas y cubrían muchos aspectos del tema que nos reunía. Alguna interrupción hubo, en lenguaje existestructuralista y fueron contestadas cordialmente, sin abusos de superioridad.
Pero yo contemplaba al público juvenil, estudiantes en su mayor parte como creo haber señalado, y pensaba si entre ellos había futuros escritores o pretendientes a dominar este oficio hecho de penas, alegría y voluntad. Y, sobre todo, de talento.
No puedo recordar si en algún artículo anterior conté una visita a una universidad norteamericana y al catedrático que enseñaba como escribir literatura. No pude enterarme del método aplicado pero no olvido que el profesor y yo coincidimos en la sentencia de que lo que Natura non da Salamanca non presta.
¿Prestaron algo a los supuestos, posibles escritores que llenaron atentos las salas donde se realizó el congreso, las muy diversas e inteligentes ponencias que escucharon?
Yo diría, respetuosamente, que no. Creo que el escritor, el bueno, nace ya destinado a serlo y que ni los éxitos o los fracasos lograrán desviarlo de la fatalidad congénita. Recuerdo aquí el consejo que dio Cortázar a un joven que le preguntó qué debía hacer para lograr el acceso a la categoría de "gran escritor". El consejo, que considero acertado, fue: leer mucho, escribir mucho y romper muchas páginas.
Tal vez la última parte de la frase no funcione con alguien que nació, repito, para convertirse en eso que llamamos "un escritor de raza".
Leer mucho es indispensable y pienso que quien no esté dominado desde la infancia por el vicio de la lectura, vicio que es para mí un placer insustituible, que supera en mucho las conversaciones con colegas o el leer deliberadamente libros que pueden sernos "útiles", no llegará a ser escritor.
Ahora bien, como se trata de un vicio, es forzoso que el adicto lea, haya leído mucho. Prácticamente todo papel con letra impresa que le haya caído en las manos. Y también folios en máquina de escribir que le hayan llegado con pedido de opinión. (En algunos casos creo que nos los envían para dar fallo sino simplemente para que dé en cambio frases de admiración).
El lector omnívoro está así condenado a robar inconscientemente a diestra y sinistra. Sólo mezclando sin propósito decenas, por lo menos, de influencias llegará a lograr un estilo propio y espontáneo.
Pero volvamos a los jóvenes condenados a escribir y, en tantos casos, también condenados a no publicar, a no encontrar un editor perspicaz que adivine estar frente a una promesa que será o no cumplida pero merece la ayuda de que se la imprima y sea puesta en el mercado librero.
Tal vez se sospeche vanidad o egolatría. Para mí es simple solidaridad, unida por el misterio que llamamos tiempo: evocarme a mí mismo ambulando por las calles de la ciudad en que nací, buscando editor que no había a mis veinte años. Solicitando juicios de los hombres sabios que sí había pero nada podían hacer para ayudarme. El libro desapareció en un concurso y luego se publicaron algunos fragmentos -no los mejores- y en años en que mi autoría resultaba vendible.
Al conjurado fantasma y a los jóvenes dedico estas líneas como amistad y tímido ejemplo.
(Mayo 1980)