Juan Carlos Onetti
Hace unos meses escribí un artículo sobre los exiliados. No hacía referencia concreta a la gente que ha tenido que venir del Cono Sur porque no deseaba dar ningún matiz político a lo que estaba redactando. Preferí hablar de los diversos exilios que sufre todo ser humano, por su propia condición, en cualquier lugar de la tierra. Porque aun en estado de trance, de sedentarismo absoluto, las células prosiguen implacables su tarea de muerte y renovación. En resumen, se van exiliando, lentamente en casos de buena salud.
Hoy quiero hacer referencia concreta a los miles de colegas que sufren la inquerida diáspora en varios países de Europa. Y se han descrito en forma abundante las dificultades para conseguir documentos, permisos de trabajo, techo y comida en definitiva. Y no hablemos de la constante angustia diaria de tantos miles de seres. Para terminar, un recuerdo contradictorio: cuando mi amigo José Bergamín llegó a Montevideo, desde el puerto mismo le fue ofrecida una cátedra en la universidad. En Buenos Aires abundaron ejemplos similares. Todos sabíamos que devolverlos a España significaba enviarlos al presidio o al pelotón de fusilamiento o al garrote.
Sólo deseo tratar un mínimo y singular aspecto del tema. De una compleja y retorcida manera u otra, los exiliados reciben noticias de su país y de las personas que quieren y que allí quedaron. A veces, reciben la corta visita de un amigo que está de paso o que también se vio obligado a cambiar de territorio. Estas entrevistas tienen su matiz dulce y su matiz amargo. Pero ahora quiero contar o imaginar la llegada de alguien que trae para uno en sus maletas diez años de recuerdos, de unión, de compañerismo. y este Alguien también está de paso, de modo que el tiempo no permite vaciar más que en parle las maletas y no es posible reiniciar nada, o todos los instantes están empapados de urgencia, de la depresiva sensación de inutilidad. No hay futuro para la carga que Alguien trae a Uno, porque –repito-. Alguien está de paso y las horas de extraer y acariciar los recuerdos son escasas y fugaces.
Supongamos que me contara Uno:
"Tampoco hay tiempo para transformar en amor el callo del cariño que estuvo formando la ausencia. Las remembranzas, claro, no obedecen a la cronología. Todo es un ¿te acuerdas de..? ¿te acuerdas de..? Y van desfilando escenas, caras odiosas o simpáticas que uno creía perdidas para siempre. Es como en el cine de la nouvelle vague francesa. Una sucesión de secuencias sin secuencia unidas por un hilo que nunca es mostrado explícitamente. Juntos vimos esquinas, bares. Todo gastado y turbio. Luego vimos nuestro país lejano, el campo, las fogatas que hacen burbujear la resina y retuercen hojas muertas en las tardes de abril. Olimos la bosta y ese olor detenido de improviso, apenas amenazante, de los orines en el muladar. Vimos el vaivén de los billetes de banco en los negocios furtivos, imponiendo la mugre incontenible del manoseo. El tabaco y el café humeantes en la oficina del departamento que Alguien pocas veces había visitado. El olor que teme denunciarse de las doncellas escondidas. Más lejos, torciendo hacia la izquierda como si uno buscara el río, madreselva, pasto en el alba, azahares, la tierra siempre propicia, un costillar asándose entre árboles invisibles. Los crédulos y perseverantes repintando, en el atisbo de la buena estación, casitas, botes y lanchas en la playa. Vimos tantas cosas ya perdidas, cosas que fueron nuestras y nunca volverán a serlo.
"Y por encima del paisaje apenas quebrado y de nuestras horas de dicha, desgracia o lucidez, el conflicto, exactamente en mitad del cielo, de los verdes que llegaban de las charcas y los plomos violentos del río, parvas y pescado muerto."
Ha llegado la hora, presiento, de dejar a Uno con sus nostalgias. Para terminar, una historia de pocas palabras y que no necesita literatura. Un matrimonio, ella refugiada en Suecia, el marido en Madrid. El hombre consigue quien le permita usar su teléfono para una conferencia con Estocolmo. Y su hijo, que viajó con la madre cuando tenía seis meses, ya tiene tres años y muy alegre se puso al teléfono y le habló a su padre en sueco.