Juan Carlos Onetti
Nunca pude averiguar si la orden partió de Hendaya, Canarias o Salamanca. Pero la verdad es que fue obedecida. Has en Japón. Pero por razones de fatiga me detengo en nuestros vecinos. Y así, obedientes, los franceses inventaron sin descanso y prosiguen. Lo que no fue invención, indiscutiblemente nacional, fue adoptado y expandido a todo el mundo occidental, que lo recibió con júbilo. No se descarta la repercusión en algún continente llamado "de monos" por el mal humor de don Pío Baroja.
Y así desfilaron en mi recuerdo sin respiro a la cronología, romanticismo, clasicismo, expresionismo, cubismo, dadaísmo, superrealismo, existencialismo, estructuralismo. Debe haber mucho etcéteras que ignoro u olvido. Pero me llegan a la memoria la nueva novela, tan pronto marchitada, y la bien organizada troupe de los nuevos filósofos, padres de un innecesario bla-bla antimarxista.
Sin embargo reconozco el talento francés que compuso la frase esprit d' escalier, gracias a ella escapó del sol y comienzo este artículo.
La frase se aplicó a todos aquellos, no necesariamente franceses, que luego de una entrevista desciende escaleras -no importa no las haya- meditando: "Si yo hubiera dicho esto, o contestado aquello". Siempre es la esperanza de que el resultado hubiera sido distinto y, casi seguro triunfante. Esperanza ya inútil, porque la puerta del visitado esta cerrada y el triste golpea peldaños siempre bajando. Y el final es la calle, y tal vez su propósito de trepar, con menos fe, otra escalera. Y la resolución de que esta vez será dominador de las palabras y los ademanes que, infaliblemente nos vencerán.
Una falsa leyenda nos dice que los miembros del jurado del Premio Goncourt habitan en la planta sexta del edificio en que viven, y sin ascensor. No se sabe si en invierno pueden darse el lujo del carbón. Pero, sigue la ya calificada leyenda, todos, o la mayoría, son los lectores de grandes a pequeñas editoriales o, de alguna manera, están vinculadas a ellas. En casi todos los casos, salvo diez señores fueron gourcourts años anteriores, la que le faculta par enjuiciar obras ajenas.
Esto obliga a los candidatos al premio, ni autocandidatos, a trepar y descender seis escaleras por cada juez. Lo que suma sesenta. Allí conversan, piden disculpas al maestro y mencionan muy al pasar, su libro o librito. Y confiesan penurias, sacrificios por desenfrenado amor al arte y esperanzas de que su obra y su pequeña vida alcancen la recompensa en juego.
Y al bajar escaleras es fatal que hagan un lance de la acogida que tuvieron: "Si yo le hubiera dicho, si me hubiera exhibido más humilde y amor con una sola mirada. Pero también se mata no haciendo oír la palabra salvadora.
Siempre hay un momento en la vida que nos toma por sorpresa y nos amarga mientras descendemos escalones de tiempo. Escalones que todos sabemos adónde nos conducen. Y entonces nos asalta el recuerdo de situaciones en las que podríamos habernos portado con generosidad y no lo hicimos. A veces por cólera, otras por desidia. Y el recuerdo carga también con pecados por omisión. Lo que pudo ser dicho y no dijimos, la carta que debíamos haber escrito y fue postergada. La sonrisa que podría haber modificado nuestra vida y otra ajena.
Es posible, acaso probable, que no hayamos violado ninguno de los diez mandamientos. Pero sí el undécimo, no escrito pero que yo respeto: No humillarás.
Y, tan curiosa es la vida en este momento estoy oyendo la voz incomparable e insustituible de la Piaf que canta: Je ne regrette rien...
(Septiembre de 1982)