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Juan Carlos Onetti o el encanto de escribir

Armando Almada-Roche

En estos días se cumplió diez años de la muerte del gran escritor uruguayo, Premio Cervantes de 1980, fallecido el 27 de mayo de 1994, en Madrid -tenía 84 años-. Autor de El pozo, La vida breve y Los adioses, entre otros libros, fue el creador de un universo de ficciones en los que se dieron la mano la ambigüedad, el fracaso y la ironía. Leerlo es recuperar y reencontrarse con la cultura del Río de la Plata.

Con más de catorce libros publicados en más de cuarenta años, Juan Carlos Onetti (el apellido es de origen británico, irlandés, probablemente; antaño se escribía O'Nety) representa en nuestro medio uno de los casos más definidos de aptitud, dedicación y trabajo literarios, configurando un ciclo de obras de una sombría belleza, en el que subyace una desesperanzada alegoría sobre la condición humana.
Desde El pozo(1939, tiempo en que Sartre publicaba La náusea, y a tres años de que Camus escribiera El Extranjero) hasta Juntacadáveres (1964), este novelista ha logrado crear un mundo de ficción que solo contiene algunos datos (y, asimismo, varias parodias de apuntes) de la maltratada realidad; lo demás es invención, concentración, deslinde. Pese a que sus personajes no rehúyen la vulgaridad cotidiana, ni tampoco las muletillas del coloquialismo vernáculo, por lo general se mueven (a veces podría decirse que flotan) en un plano que tiene algo de irreal, de alucinado y en el que los documentos más verosímiles son poco más que débiles hilvanes.

"En las novelas de Onetti es difícil encontrar amaneceres luminosos, soles radiantes; sus personajes arrastran su cansancio de medianoche en medianoche, de madrugada en madrugada -dice Mario Benedetti-. El mundo parece desfilar frente a la mirada (desalentada, minuciosa, inválida) de alguien que puede cerrar los ojos y que, en esa tensión agotadora, ve las imágenes un poco borrosas, confundiendo dimensiones, yuxtaponiendo cosas y rostros que se hallan, por ley, naturalmente alejados entre sí. Como sucede con otros novelistas de la fatalidad (Kafka, Faulkner, Beckett), la lectura de un libro de Onetti es por lo general exasperante. El lector pronto adquiere conciencia, y práctica, de que los personajes están siempre condenados; solo resta la posibilidad -no demasiado fascinante- de hacer conjeturas sobre los probables términos de la segura condena".

"Para mí escribir es una especie de hobby, un agregar algo más a la vida -empezó diciendo en la larga entrevista que le hiciéramos en Madrid, España, allá por 1983-. Yo siento a mis personajes como amigos míos. No me considero un hombre de letras, no me interesan las peñas, las entrevistas televisadas... Me decido a escribir algo, por ejemplo, y lo más atractivo de ese acto es precisamente no saber de qué manera se van a desarrollar los acontecimientos, qué personaje puede aparecer. Se escribe con una idea y generalmente el argumento se arma solo o parece que se arma solo, que es independiente de la voluntad del escritor. Es probable que así no sea, pero estoy seguro que hay en todo esto una fuerte dosis de imponderable. Y ahí está el encanto de escribir".

Cuando le preguntamos cómo se definiría, contestó: "Como el hombre que está solo y espera, igual que el personaje de Scalabrini Ortiz. No busco el éxito ni la gloria, lo único que anhelo es una obra que me satisfaga por completo. Todavía no lo he logrado. Con mis obras me pasa algo curioso: a veces abro una página escrita hace mucho tiempo y me digo: "¡Qué bien está esto! Nunca más vas a escribir así". Otra vez pienso: "¡Qué mal!, por qué no te corregiste o lo hiciste de otra manera". Esa es la verdad y la constato siempre. Lo más importante que tengo sobre mis libros es una sensación de sinceridad. De haber sido Onetti. De no haber usado nunca ningún truco, como hacen los porteños, o hacían cuando había plata y se lustraban los zapatos dos veces al día. O esa manía de grandeza de los porteños, que siempre hablan de millones, ¿no? Tengo la sensación de no haberme estafado a mí mismo ni a nadie, nunca".

Los libros del uruguayo son dolorosos y tiernos, nocturnos y duros. Son libros sin medio ambiente, sin paisaje, sin geografía. Todo en ellos mana del alma de los personajes, de una sórdida angustia terriblemente lúcida. Los personajes de Onetti deambulan por un espacio deshabitado y sin pasado, sin historia y sin futuro. De sus corazones sin fe brotan sin embargo palabras muy suaves; palabras que describen el itinerario de un escritor de fondo.

Largo es el deambular sin sentido de estos personajes abandonados hasta por el narrador. Onetti desaparece en sus libros, o en todo caso de él no queda más que el espíritu. Lo suyo es un modo de ser del que por corolario se llega a un temple de ánimo no visto como consecuencia, sino como actitud.

Exiliado en aquel momento en Madrid, el uruguayo compartió antes su vida entre Buenos Aires y Montevideo. ¿Podríamos discernir, en su obra, una nota rioplatense? Dicho de otro modo: ¿qué acerca a Onetti a otros novelistas latinoamericanos y qué lo diferencia de ellos? Estas preguntas, podemos asegurarlo, contienen una alta cuota de riesgo. Primero, el de sugerir un inflexible, mecánico determinismo; segundo, el afán de trascenderlo (que es otra forma de corroborarlo); y tercero, desde uno u otro punto de partida, la dificultad de leer a Onetti -a todo escritor- en el contexto universal, único modo de empezar a hablar de una literatura que "además" es rioplatense o latinoamericana, sin caer en la sencilla satisfacción de detectar rasgos que no pueden ser sino rioplatenses o latinoamericanos.
Desde luego, es fácil y hasta obvio señalar esos rasgos en Onetti -como en Borges, como en Arlt-: No hay necesidad de "detectarlos"("detectar": poner de manifiesto algo que puede observarse directamente). Rioplatense es el habla de Onetti: por sus pormenores típicos e inclusive por cierta índole que aviesamente señaló una vez un crítico: "Pasta de lengua con grumos mentalmente traducidos de literaturas extranjeras"; rioplatenses son las actitudes exteriores de sus personajes; el ceñudo empaque de los hombres, con su inminente estallido de vehemencia; el muelle, sagaz encanto de las mujeres. Rioplatense no puede ser sino Santa María, la ciudad de los libros de Onetti, tan real, tan inventada. ¿Y qué? En la dimensión vertiginosa que todo adquiere en Onetti, Santa María es mucho más: es ubicua, es el mundo. Y esos "grumos" extranjeros de su escritura trasuntan lo que él ha hecho: es uno de los primeros que ha leído y se ha leído a sí mismo en el contexto total, en la tradición de la modernidad. "Detectar" en sus páginas huellas de Céline, Dos Passos, Faulkner, Sartre...

Para Onetti, carcomido por sus mufosos remordimientos, el reportaje parecía no gustarle. Juntos estábamos tratando de reunir los pedazos de un rompecabezas en un cuarto de su departamento de Madrid, ya que este uruguayo célebre por vida personal e historia literaria, a partir de muchos años, sintió un ataque de desgano y decidió que su lugar -de ahí en más- sería la cama. Y allí estaba todavía. Por la ventana veíamos caer la tarde, unas espesas nubes negras, sobre patios sucios, techos erizados de antenas de televisión.
Con el zumbido del viento golpeando los vidrios, la conversación, girando como un viejo disco, avanzaba a saltos y empujones. Onetti era un hombre de pocas palabras, hosco de mirada, parco de gestos. Se sentó, hundiendo los hombros, en la orilla de la cama, el ceño tormentoso. Fumaba un cigarrillo tras otro, con amargo desconsuelo. Durante sus periodos de insomnio no comía ni dormía por una semana. Bebía y se torturaba, y después quedaba tendido días enteros. "Un día me metí en la cama, me sentí cómodo y fui quedándome.
Y...tan malo no es. Ya pasaron muchos años y estoy bien. A veces me pregunto: ¿Qué hace un viejo como yo tirado en la cama? Y no encuentro la respuesta. Sería igual que preguntarme: ¿Qué hace un viejo como yo andando por el mundo? Entonces me quedé. En la cama puedo hacer casi todo: leer, comer...y a veces, también, es un buen lugar para hacer el amor. Porque no nos olvidemos de eso, caramba...".

Permítanos volver, le dijimos, al punto de partida: lo "rioplatense" en usted. "Casi todos los escritores iberoamericanos o hispanoamericanos no dejan el paisaje original de su tierra, respondió y prosiguió-. Porque en él se basa muchas veces la originalidad o lo exótico de la novela. Esto siempre y cuando sea un gran escritor, o un buen escritor. El paisaje, el sitio donde se desarrolla un cuento o novela o poema, puede ser secundario o terciario. Esto siempre y cuando se haga sinceramente, con toda honradez .
Por ejemplo si El perseguidor de Cortázar no se desarrollara en París...en fin...no sé qué sucedería. Pero es imposible imaginar ese relato magistral fuera de París. Yo viví en dos ciudades muchos años de mi vida: nací en Montevideo, crucé a Buenos Aires muchas veces. No soy escritor "rioplatense", pero sospecho que en mis trabajos las dos ciudades aparecen indistintamente, bajo diferentes formas. Aunque pocas veces las nombro. Por eso inventé "Santa María", que nació en mi novela La vida breve, una ciudad imaginaria en algún sitio de la Cuenca del Plata, como dicen los críticos".

El pozo, Tierra de nadie y Para esta noche integran un primer ciclo en la producción novelística de Juan Carlos Onetti. En estas tres novelas se junta la frescura del comienzo con una osadía obstinada para palpar regiones sombrías de la existencia humana. El orden cronológico de su aparición marca el esfuerzo que hace el escritor por abrir el cerrado mundo de su primera novela hacia un universo más variado, más plural en sus personajes, más real en su referencia objetiva. Este intento de encarnar significaciones concretas más allá del dominio de los sueños, llevará al autor a aventurarse en el terreno de la fabulación histórica con Para esta noche (1943) que, sin embargo, coincide en lo esencial con los intereses más persistentes de su arte.

Le preguntamos cómo fueron sus comienzos literarios, si le costó publicar su primer libro, si las editoriales le rechazaron sus originales, y él contestó: "Yo he escrito desde no sé qué edad. Cuando estaba en la escuela primaria escribía cuentos. Luego gané un premio de La Prensa. Siguieron pasando los años y continué...Yo fui después uno de los tantos jóvenes pertinaces e inconmovibles ante las negativas de las editoriales. Recuerden, guardando las distancias, que André Gide, lector de la más importante editorial de Francia, rechazó por aburrimiento En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, el novelista más inteligente que ha producido el siglo. Por lo menos hasta hoy.

Me veo a mí mismo caminando las calles de Montevideo con el manuscrito de una "obra maestra" bajo el brazo. Yo tenía veinte años y en aquella prehistoria Montevideo no tenía editoriales. Mi primer libro fue impreso en el mismo papel con que se envolvían comestibles en los almacenes. Gracias a unos amigos que eran dueños de una Minerva antediluviana. No se vendió un solo ejemplar".

A esta altura, llegamos con Onetti a un tema un tanto penoso: su estilo. A través de los años ha venido sufriendo sutiles, pero continuos cambios que no dejan de arrojar alguna luz sobre las intenciones del autor. En El pozo el lenguaje era descuidado, directo, casi periodístico, a la manera arltiana: decididamente antiliterario. En La vida breve se ha hecho más elíptico, pero sin asumir mayores complicaciones sintácticas, reteniendo su aura de espontaneidad. En Un sueño realizado -como en Tierra de nadie y, casi insufriblemente, en Para esta noche- hay más artificio. Onetti lleva a cuestas a un maestro que ha tenido sobre él una enorme influencia: Faulkner. La influencia es consciente y deliberada, y Onetti ni la niega ni se disculpa por ella. Sin embargo, nos lo decía: "Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto. Por otra parte, he comprobado que esta clasificación es cómoda y alivia...Pero la influencia viene también de Henry James, de Ferdinad Céline, de Horacio Quiroga, de La recherche de Proust. Proust tenía algo de pequeño burgués trepador, pero llegó a hacer maravillas en las descripciones de sus personajes".

Su lenguaje es una especie de constante arrobo por el que circulan mil tensiones en equilibrio precario, se cita a sí mismo hasta el plagio. El novelar de Juan Carlos Onetti -lo hemos repetido hasta el cansancio- es una constante inmersión en lo cotidiano, en lo antiheroico, en descubrir un mundo extraño y propicio a la reflexión sobre la existencia humana, un mundo sórdido que nos rodea insistentemente con su vulgaridad, pero que oculta elementos profundamente dramáticos.

Decía sobre el estilo, cuando insistíamos: "Pienso que el estilo es el hombre mismo. Así como el hombre ante circunstancias diversas asume posiciones distintas y maneras de solucionar sus conflictos también diversos, del mismo modo ocurre con la literatura. El escritor debe enfrentarse a cada tema nuevo de una manera nueva". Y acto seguido, se explayó, ante una nueva pregunta nuestra, sobre el método de escribir: "No, no tengo ningún método. En eso los envidio a Vargas Llosa o a García Márquez, que tienen un horario para trabajar. Creo que Cortázar también.
Yo escribo cuando me viene el ataque, a cualquier hora. Ese ataque depende de las circunstancias de mi vida. Es una cosa que se va formando, un tema que anda bailando ahí adentro hasta que se forma y, cuando está listo, escribo. He tomado el vicio de escribir a mano. Un cuento me lleva poco tiempo, lo tengo que terminar en una o dos semanas, porque es más perecedero. Una novela para mí significa dos años de trabajo. No reescribo nunca, me limito a no repetir palabras en un mismo párrafo, esas cosas.
No las retoco porque al final quedará un mamarracho. Dolly, mi mujer, es la que tiene la parte más pesada en mi obra. Ella es la que corrigió todos mis originales observando si había repeticiones de palabras. La maravillosa perfección de mi prosa dependió en los últimos años de Dolly. Es a ella a quien debemos felicitar. Además, le repito: escribo con lo que tengo a mano, en el papel que encuentro; hasta en las hojas blancas de los libros. Y siempre con lapicera. Esa es mi diminuta vida literaria. Ah...y la cama. Aquí escribo y aquí leo".

El escritor está sometido a su compromiso esencial con la condición humana y el mensaje que lleva adentro, en un momento dado, sale. Ahí tenemos a Balzac, por ejemplo, pintando una sociedad entera y quizás nunca se propuso hacerlo: lo hizo, simplemente. En esto concuerda Onetti con nosotros, cuando decía: "Desde luego que el medio influye sobre el escritor sin que el escritor pueda siquiera darse cuenta de ello: cada cual lleva al medio dentro de sí. En el sur de los Estados Unidos, ahí tiene, el medio ha de haber influido como en un proceso de ósmosis sobre los escritores; Faulkner, Caldwell, McCullers, no se pueden haber confabulado todos para mentirnos. Esa atmósfera sureña de sexo y violencia está alrededor de ellos y en ellos mismos. Supongo que a mí me pasa algo parecido".

¿Las lecturas significan una ayuda, una búsqueda, una forma de mejorar al escritor? Y Onetti respondió: "No. Aunque yo no soy un 'naif', las lecturas no son nada más que un vicio. Es muy difícil leer buenos libros todos los días. No existe un buen libro para leer a diario. Por esa razón es que leo novelas policiales como un caníbal...siempre que no haya otra cosa. Con el tiempo me hice un erudito en novelas policiales...puedo competir con cualquiera... Sin embargo, amén de las novelas policiales, ahora vivo de recuerdos. ¿Quiere que hablemos de recuerdos?, le preguntábamos...¿Por qué no?
Recuerdo mucho la época que compartí con Borges, con Marechal, con Arlt, la atracción por los personajes que crecieron a orillas del río, compadritos y prostitutas. La contracara de las partes altas del mismo río que dio origen a otra literatura, la de la casa colonial en la que vagaban fantasmas aristocráticos. La narrativa de Silvina Ocampo o Mujica Láinez, la literatura de los ricos. Tengo que ver con el Borges de Fervor de Buenos Aires, de Luna de enfrente, de El hombre de la esquina rosada, un gran cuento. ¡Claro que quiero hablar de recuerdos! Todo eso es parte de mi vida, de la melancolía, de lo que pasó.
A mí me gustaban esos lugares, esos bares del bajo que ya no existen, que cerraban bien entrada la noche y siempre, antes de echarnos, dejaban escuchar el mismo tango: Mano a mano. Yo salía de la agencia Reuters y me iba a caminar por ahí. En cualquiera de esos boliches te encontrabas con un compadrito y una prostituta mirándose a los ojos, tomados de la mano, escuchando tangos desde una mesa..". Este Onetti nostálgico es hombre de pocas, pero muy pocas sólidas amistades, es hombre de largas pasiones amorosas; de comunicación en un nivel muy hondo. Y el Onetti íntimo... rara vez es accesible.




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