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Entre el furor y la melancolía ¿Quién le tiene miedo a Onetti?

Salvador Barros

La no tan breve vida del autor uruguayo se extendió entre 1909 y 1994. Una existencia de bohemia, insomnios y grises empleos que se confundía con las de sus personajes de ficción. ¿Cuál es el legado del narrador uruguayo Juan Carlos Onetti, cuál es su vigencia? Su vida, como las anécdotas de sus obras, constituye un conjunto de datos dispersos y enigmáticos, que retratan un trabajo rutinario, quebrado por la bohemia y el obsesivo ejercicio de la escritura. Nace en Montevideo el 1º de julio de 1909; muy joven, se instala en Buenos Aires, trabajando muchos años como periodista: es redactor de diversos periódicos liberales y corresponsal de la agencia inglesa de noticias Reuters. Va y viene de Buenos Aires a Montevideo, ocupando aquí durante los años sesenta cargos directivos en diversas bibliotecas. Hacia julio de 1965, el crítico Luis Harss le hace una visita otorgándonos este retrato: "Ahora ha entrado con pasos trabajosos, signo de agotamiento crónico. Durante sus periodos de insomnio no come ni duerme por una semana. Fuma, bebe y se tortura, y después queda tendido días enteros

Se casó cuatro veces, acaso emulando a sus personajes, quienes consideran que vivimos muchas vidas breves, no siempre interconectadas. Primero se casó con su prima María Amalia, luego con la hermana de ésta, María Julia; más adelante, con Elisabeth Pekelhring y finalmente con Dorotea Muhr, Dolly, una joven violinista de la Sinfónica de Madrid. Onetti se exilia en España en 1975. Hacia 1980 obtiene el Premio Cervantes y ese mismo año es candidato al Nobel. Muere en Madrid el 30 de mayo de 1994. De los testimonios sobre su figura, rescatamos el de su compatriota Eduardo Galeano, que lo presenta así: "un hombre difícil, hosco y un falso puerco espín, porque atravesando la coraza de pinchos y púas había un ser entrañable, tierno, que se defendía agrediendo.

Su obra narrativa consta de siete novelas, un puñado de cuentos y varias novelas cortas o nouvelles. Tres obras marcan distintos hitos no sólo en su producción personal sino también en la literatura hispanoamericana: "El pozo" (1939), "La vida breve" (1950) y "El astillero" (1941). En "El pozo" aparece una figura masculina acosada por el descreimiento: no existe el amor, no hay posibilidad de cambio social, no hay país, no hay hogar. Sólo existe un cuarto cerrado donde un personaje intenta construir un relato literario con algunas de sus ensoñaciones. Es la salvación a través de la literatura, donde se pretende recrear la imagen de una muchacha inocente, una forma pura. Sin embargo, y aquí aparece una de las obsesiones de Onetti, la fantasía que se recrea es la de una muchacha seducida y luego muerta. Violencia, erotismo letal y melancolía constituyen a este personaje desencantado con los ritos públicos y privados de las capas medias rioplatenses. El antihéroe "Eladio Linacero" se instala en esta vida bajo el emblema de los que triunfan en el fracaso, de los que se resisten a las utopías de la modernidad: asco a los revolucionarios, por su ingenuidad; asco a la humanidad, pues es impura. ¿Cómo salir de "El pozo"

Pues bien, con "La vida breve", logra desfondar el mundo real que habitamos y lo abre a un espacio onírico singular, ya que allí no sólo viviremos nuestras fantasías, sino que también experimentaremos el fracaso de ellas. En esta novela el personaje Brausen, oscuro empleado de una empresa publicitaria, envuelto en una relación matrimonial marcada por la pérdida (del amor), imagina un guión de cine, bosquejando personajes y situaciones que son embutidos en un lugar imaginario, llamado Santa María, villa cercana a la capital. De repente, sin darnos cuenta, Brausen atraviesa el espejo, como "Alicia en el país de las maravillas", y se queda con sus personajes en Santa María (o más bien, se diluye en ellos).

El Macando (de García Márquez) es historia y mito reunidos en esta tierra, y Luvina (de Rulfo) es el purgatorio donde deambulan las almas en pena. Completando el mural americano, esta Santa María de Onetti es el reino de la creación onírica, donde lo real aparece intervenido y sustituido por los escenarios de la ensoñación, de la duermevela de la escritura. Es, entonces, el paraíso; pero es un paraíso ruinoso, donde se vislumbran la inocencia, la juventud y los sueños de fraternidad desde su reverso: la caída, la vejez, el alma corrupta. El mundo onettiano es de una perversidad ingenua: un niño queriendo ser dios o un viejo transformado en sátiro. Y también es violento, cruel e irónico: prostitutas que parecen cadáveres, hombres píos confundidos con chulos, jóvenes que fundan falansterios.

Si "Ficciones" (1944) de Borges recrea nuestro mundo desde un espíritu lúdico, otorgándonos las reglas para entender la realidad como un lenguaje, con "La vida breve" continuamos celebrando la creatividad humana, en un sesgo onírico, donde se inventa un lugar para exponer lo siniestro de nuestras vidas, es decir, las cosas, pensamientos y pequeñas escenas que vuelven a nosotros como un material no resuelto, un lastre que nos hace escribir, leer, amar, luchar; aunque sepamos que estos actos serán imperfectos y volverán a aparecer "El astillero" tiene una rara belleza, en cuanto se plantea como una conversación que nace muerta, a pesar de nuestra bondad. La anécdota es absurda: un explotador de mujeres en decadencia, de nombre Larsen, vuelve a la villa de Santa María en calidad de gerente de un astillero abandonado. Este entrañable personaje, que evoca a boxeadores y detectives de novelitas negras de bolsillo, se aboca a organizar esta empresa, la cual sólo existe en el papel.

"El astillero" es un paisaje de naturaleza muerta, con fierros sepultados entre las hierbas, y con una oficina destartalada, con carpetas tiradas por el suelo donde se anotan ventas hechas hace ya mucho tiempo. Es la máquina gastada de la vida, o mejor, la máquina rota, el ímpetu vital del fracaso, la utopía ruinosa. ¿Qué hacer entonces? Perseverar en lo mismo, con asco y melancolía.

"El astillero" le vale su consagración internacional, llegando a formar parte, en calidad de comparsa, de la narrativa del "boom", que tiene en Carlos Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez y Julio Cortázar a sus figuras centrales. Y así, se editan nuevamente obras olvidadas; por ejemplo, ese breve artilugio que es "Para esta noche" (1943), donde se exhibe en sordina el miedo y el silencio de una ciudad sitiada. El lector de los años sesenta descubre sus cuentos, llenos de desdicha y perversión, entre los cuales destacamos "La cara de la desgracia" y "Un sueño realizado" (que inspirara a Cortázar, años después, la patética escena del concierto desolado de Berthe Trépat en su monumental "Rayuela").

¿Y cuál es la grandeza de Onetti? Respondo: la vivencia melancólica de las utopías. Santa María es el sueño derruido de nuestra América, donde los ideales de la Ilustración, la libre empresa, la comunidad, el amor y el trabajo social no logran salir a flote. Pequeña ciudad habitada por inmigrantes europeos, gente que de paso inventa esa ciudad, la sueña y la vive como un jardín del edén en demolición ¿Y cuál es su gran pecado? Es la mujer, las antiguas fantasías, pasadas de modas, sobre un ser femenino que sea puro y procaz; en sus palabras, "una joven prudente e inmoral". Los personajes masculinos de Onetti proyectan sobre las mujeres sus sueños de adolescentes insumisos: no las ven, no las entienden, las declaran locas, prostitutas, amenazantemente pasivas; en el fondo, indescifrables. Cual niños-viejos, se resisten a lo sublime, se les escapa entre las manos y por ello descargan su furor en cuadros violentos. Y paradójicamente, no importa lo que hagan o cuán compadritos sean, ellos intuyen que hay una imagen matriz, la de Julieta, Eva y Beatrice, que los impulsa a soñar, a escribir, a ser error.




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