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Descubriendo a Onetti

Descubriendo a Onetti

En un largo ensayo que tituló Un país de 25 Watts (en el suplemento Quépasa de este diario, marzo 8) el periodista Daniel Mazzone desarrolla con mucho fundamento una crítica a la situación cultural uruguaya. Menciona la tugurización, la marginalidad, el desempleo, el deterioro de la educación. Las fotos incluídas subrayan esa queja, mostrando a los niños mendigos en la calle, las estatuas pintarrajeadas, las piedras lanzadas contra los liceos en alguna de las muchas protestas estudiantiles. Con cita del colega Claudio Paolillo, define como "la cultura de la ordinariez" a ese estado de cosas, que llegó al ataque inmotivado a una delegación futbolística australiana, seguido de saqueos y depredaciones.

Esa es una crisis más social que cultural, y Mazzone la ve prevista en la novela El astillero de Juan Carlos Onetti (1961), que describe una fábrica deteriorada, vidrios rotos, libros humedecidos, un personal que no tiene esperanzas de futuro. Ese sería el Uruguay. Entonces Mazzone se queja de la ignorancia nacional sobre Onetti y sobre esa novela. Parece inferir que si Onetti hubiera sido mejor leído, el país habría mejorado. Procura explicar así esa deficiencia:

El periodismo cultural, infértil para producir un análisis accesible, propagó la concepción "Hola" de Onetti (...) donde el mundo de algunas personas son sus muebles, su "look", sus tics, sus amantes, sus vicios más o menos públicos (...). El periodismo cultural ha hecho más ruido con la vida del escritor, su casa, sus mujeres, su cama y su vaso de whisky que con su obra".

Pero la verdad es muy distinta. El periodismo cultural uruguayo ha escrito mucho sobre Onetti, como cabe demostrarlo revisando colecciones de Marcha, Brecha, Búsqueda, Posdata, Tres. La primera edición de El pozo, texto fundamental de 1939, había sido desdeñada y escondida en húmedos subsuelos, hasta que el periodismo cultural uruguayo la rescató. Tras el Premio Cervantes otorgado a Onetti en 1980, abundaron las notas periodísticas sobre un escritor uruguayo hasta entonces postergado. En marzo 1993, cuando Onetti aun vivía, El País Cultural le dedicó un suplemento de veinte páginas (Nº 177), donde figuran una cronología completa, algunos textos suyos y otros textos de escritores nacionales. En 1995, un año después de su muerte, la Editorial Santillana publicó el libro Miradas sobre Onetti, con excelencias de papel, color, ilustraciones y encuadernación, más una bibliografía y textos de Emir Rodriguez Monegal, Omar Prego, el español Antonio Muñoz Molina, Silvia Lago, José Pedro Díaz, Pablo Rocca, Mario Benedetti y otros escritores. Allí también se enumeran algunos libros sobre Onetti, firmados por Fernando Ainsa, Josefina Ludmer, Omar Prego, Hugo Verani, María Esther Gilio, Carlos Ma. Domínguez, entre otros. La suma de esos homenajes es un edificio con el que Onetti jamás habría soñado en sus modestos comienzos. También es un desmentido a un "periodismo cultural infértil" que se haya limitado a las amantes o al whisky de Onetti. Parece que Mazzone se equivoca.

Es cierto que Onetti sigue siendo mal leído y hasta desconocido por uruguayos de hoy, que por otra parte tienen una vaga idea de quiénes pudieron ser Dostoyevsky, Flaubert o Francisco Espínola. Puesto a buscar las causas, Mazzone especula con que Onetti sea un autor "oscuro, complejo, difícil, como el Dante o como Goethe", o que el público se resista a leer a "un derrotista, un amargado, un bebedor". Pero ni esas posibles causas, ni el presunto descuido del llamado periodismo cultural, parecen convincentes.

Más firme parece la simple verdad de que hoy la gente lee menos, lo cual supone que no sólo lee menos a Onetti y a los ensayos sobre Onetti sino también menos diarios, menos revistas, menos libros en general, como lo saben todas las respectivas empresas y todos los puestos de venta. Un primer motivo es la televisión, que ocupa tiempos dedicados anteriormente a la lectura. Un segundo motivo es Internet, que crea ilusiones de cultura rápida. Y un tercer motivo, más poderoso, es la economía nacional, que lleva a no comprar libros porque son caros y porque no habría tiempo de leerlos. Lo cual lleva a que se editen menos libros y a una frecuente escasez en librerías. Un reciente recorrido por tres de ellas (Gussi, Papacito, Plaza Libros) permite afirmar aquí que aparecen muy pocos libros de Onetti en los estantes. No hay ejemplares de El pozo ni de El astillero. Pero la culpa de esa carencia no es del periodismo cultural.




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