Tomás Astelarra
En el principio fue Cacarulo. Y aquel argentino egocéntrico (valga la redundancia) de barbas que al final se quedó con todo el mérito de la creación y que sólo sirvió para que un juez tunecino mirara al costado mientras el Diego (su encarnación en lo que a fútbol se refiere) empujaba con la mano la pelota a la red y daba por hecho lo que todo el mundo ya iba a dar por descontado en poco tiempo: que su segundo gol a los ingleses valía por dos. Quizás el buen hombre no hizo la vista gorda sino que decidió tomar la justicia por sus propias manos, esquivar los reglamentos de la FIFA, y jugar a ser Cacarulo (sobre todo por la premonición o anticipación temporal a los hechos (manual de derecho del Dr. Pablo Laratescu 2x).
No podría decir ni decidir a ciencia cierta cual fue el momento exacto en que aquel ser mítico llegó por primera vez a mis desgastados oídos. Parecía estar en todas partes, inundarlo todo como la marea de mis pies descalzos en aquella tarde en que la que Diosa Manuela, pastora de las vacas sagradas, me enseñó la poesía del cannabis. Su voz dulce y gentil no dejaba de seducirme con la fuerza del rocío murmurando en las ramas de los árboles de mañana. Ni a mí ni a es grupo de niños psicodélicos, agentes del recontraespionaje, controladores del kaos. Un grupo digno de Don Juan (el de Castañeda, el de Zorrilla prefería las mujeres a las drogas). Todo dirigido y encabezado por Pini, el cazador de zarigüeyas moscadas, la chancha las veinte y la máquina de hacer chorizos y la higuera de Leznor. Entre ácidos y aminoácidos jugaban a adivinar películas apócrifas en un bar de mala muerte del sur de México. Cerca de allí, apenas unos pasos, unas hamacas paraguayas sostenían a Carmen, Larrus y Caín, los tres filósofos panameños que en esos exactos momentos discutían sobre cierta sentencia aristotélica (aún desconozco de cual se trataba) aplicada al País Vasco.
--Tempus fugit --bramó Larrus.
--No se trata de algo tan radical --intentó calmarlo Caín-- Yo diría más bien que hay un missconception (ese era Caín, siempre tratando de mezclar palabras de otros idiomas en su discurso, preferentemente idiomas olvidados como el inglés. Algunos dirían que era el nuevo Esperanto. En realidad era una forma más de desfigurar su discurso con los académicos fines de encubrir su vacío intelectual).
--Decía, si el relator no me interrumpe, que hay una missconception sobre la palabra ciudadano en el sentido más griego del término.
-- Para la mayoría de la gente todo parecer formar parte del paisaje-
seguía bramando Larrus.
--No way- seguía aquietándolo Caín con su barba rala y su deseos de un mundo peor. "Sólo en el más profundo barro se encuentran las soluciones a la diadema postelectoral" decía con frecuencia.
--¿Ha terminado mi querido? Retomo. No way. Es mucho lo que puede hacerse tomando partido por el common sense.
Mientras tanto Carmen fumaba en paz su porrito calamaresco. Pero insistía una y otra vez cada tanto, entre pitada y pitada: "La sentencia aristotélica es totalmente desconocida en el País Vasco". Para Carmen, Larrus y Caín era como el caballo blanco y el caballo negro de Platón (no confundir con el caballo Blanco de San Martín). Con algunas diferencias. En este caso los dos tenían el mismo color de cabello (cabello de caballo) y no tiraban en forma opuesta. Uno tiraba hacia el lado del otro. Y el otro se alejaba. Pero no lo suficiente. A modo de malentendida utopía.
De manera que el caballo de abajo (socialmente hablando) Sefedona o Jorn (Carmen solía llamarlo de una u otra forma según la fase del ciclo atracción-rechazo en el que se encontrara) iba y venía en torno a Roreyel o RH (según la fase del siglo atracción negativa-positiva), que iba y venía en torno a Sefedona o Jorn (según la fase del ciclo atracción-rechazo) que variaba en su marcha hacia o fuera de a Roreyel o RH (según la fase del siglo atracción negativa-positiva). Aún había ciertas cosas a resolver para encuadrar la teoría dentro de los paradigmas de la filosofía postgatesiana, pero no podía decirse que no fuera igual de absurda y complicada que las del buen Bill. Hasta incluso que las del buen P. Lo que era mucho decir.
--La sumisión es palmaria en la mayoría de la población --volvió a bramar Larrus.
--Noesasílosprocesosinsaculatoriosdanespaciosampliosalazar --insistió de un tirón Caín que comenzaba a perder la quietud y a impacientarse no sólo con el ímpetu de Larrus, sino también con las intervenciones totalmente irreverentes del relator.
Antes de ser agredido, entonces, vuelvo al tema que nos acontece, nos ejerce, digamos, nos interesa. Debo admitir que la obsesión de la historia de Mario Cacarulo, su leyenda, su imagen, el susurro de los niños balbuceando su nombre, todo lo que envuelve o envolvía al mítico personaje caló hondo en mi embebido cuerpo.
Como todos los mortales, arrastré al santo redentor hacia mis propias aguas, hacia los vericuetos de mi profesión, lo hice imagen y semejanza, reencarnación de mi ideas, muñeco voodo (Chile), barbie y ken a la vez, Topolino con sorpresa, huevito kinder, promoción de desodorante y suavizante para lavarropas Garlopa, anuncio de navidades de perfume o champagne. Toda una obsesión.
Se que no es racional ni justo dejarlos sin los detalles preliminares, pero mentiría si no confieso que escuché hablar por primera vez de Cacarulo entre los ruidos-vientre de mi madre. Junto con las canciones de Burt Bacharach y Art Garfunkel, la marcha peronista y los goles de la selección argentina.
Pero si quieren precisiones, si quieren un vano dato histórico, podría admitir que la historia llegó por primera vez a mis manos gracias a Eulario D.D. Torral, aquel excéntrico productor de cine proclive a toda clase de excesos desde las inyecciones de mostaza rebajada a las fiestas con aborígenes de las Islas Caimanes. Un petit burgués de esos que ya no quedan.
Lo conocí gracias a mi amigo (su amigo) Onetti. El ambiente no era el propicio pero los licores fomentaron el vago recuerdo de las discusiones teológicas del club de la Rancia Le Decce II, aquella trashumante vaga y descarada que había reunido a su alrededor a cierto séquito de leguleyos trasnochados y ociosos que le enseñaron las tretas del último arte (no recuerdo bien cuantos hay).
No se si voy a ser exacto, pero si mal no recuerdo los acontecimientos, creo que mis peripecias en búsqueda del verdadero intríngulis sobre el mito de Mario Cacarulo terminarán por describir detalladamente a los ocho integrantes de aquellas noches fatigadas. Dos de ellos montarían aquella empresa productora que filmaría su primera epopeya cinematográfica en el astillero de Onetti, sobre la costa del río Uruguay.
Un antro de contrabandistas y mercachifles, traficantes de tostadas, balseros perdidos del Tigre y esporádicos lustrabotas.
Además de Onetti y Torral, estaban el segundo socio, Nacho San Juan (zoólogo arrepentido y científico frustrado) y el contador Ortega, un zurdito neoliberalizado y tendiente a la pedofilia.
Las altas horas de la noche permitían no sólo medir las cantidad de botellas de licor de guayaba consumidas sino también la concurrencia al astillero (que por amortizado, despreciado, post-industrializado y no monopolizado (además de diabético) funcionaba ahora como bar (sala de ensayos, teatro y set de filmación de la productora Ana Grama 2x). Sólo quedaban los mencionados y el borracho de turno que entre murmullos canturreaba su canción preferida, cuyo estribillo repetía: la cultura no vende Florentino, la cultura no vende cha cha cha.
En realidad la discusión comenzó en torno a la canción. Nacho San Juan mencionó al pasar que ese tema de Tzisa Varela sonaba en sus tímpanos como la rompiente de un mar de efervescente y digestiva nostalgia. El elogio poético a la diva de la canción guatemalteca levantó la sonrisa de Onetti y Torral. Ambas de curso antagónico. Onetti sonreía porque era su costumbre, su vicio y su fórmula de ventas al por mayor. Torral en cambio lo hizo de manera socarrona, displicente y agrandada.
--Le traerá muchos recuerdos la melodía Dr., pero la canción es de Alina Iván y las Tartas de Chocolate --le corrigió Torral a San Juan.
Onetti y yo nos reímos a carcajadas ante la mención de la máxima estrella del tango rumano. Con esa intuición y conexión actoral que nos había vinculado desde el año 78, los dos mentimos adrede otorgándole la autoría del tema a Arrevalo Sierra, el cantautor cubano cuyo único pecado había sido exagerar la pronunciación de las erres. Una maldita costumbre que nunca le dejó superar la popularidad de Silvio Rodríguez, ni de sus ídolos occidentales Bob Dylan, Van Morrison y Elliot Murphy . Hubo un ying y un yang en esta actitud por parte mía y de Onetti. El ying: Con un tercero en discordia, la pelea pasaría de un duelo frontal a una arena romana: todos contra todos. De esta manera evitaríamos un enfrentamiento entre Torral y San Juan y salvaríamos a la productora Ana Grama de la muerte por disección y su consecuente defecación en las finanzas del astillero. El yang: Nada más delicioso que aquel par efervorizándose con vanas dialécticas y con un paquete de pastillas de menta en el bolsillo.
De todas maneras no esperábamos la reacción en cadena, el efecto colateral, la cuarta bandeja de empanadillas de atún:
--No podría decir a ciencia cierta quien compuso la canción pero a mi me parece una tonada de Joe A y los Cinco Bascos Fresa -opino con las humildad y parquedad que lo caracterizaba el contador Ortega mientras se pasaba por la cabeza su loción para la caída de cabello. Entre el grupo de heavy metal europeo, la diva guatemalteca, el ignoto cantautor (luego tenista) cubano y la dama del tango rumano, las cosas se estaban poniendo de un complicado claroscuro intransigente.
El gallego González rascó la corteza más densa del conflicto y con un chiflido profundo, de esos que sólo un barman puede dar a la peña alcoholizada, le preguntó al borracho que se escapaba por la puerta ante la inminencia de la contienda:
--¿Que estabas cacareando huevón?
--Cacaruleando dirá- esgrimió ofendido San Juan
--Señores --se despertó Onetti asustado de la borrachera-- No es lugar ni momento para hablar de ciertas cosas. Mejor no hablar de ciertas cosas. La mosca en la sopa rasga la oreja y nos desgarra como maullido de fiesta de cumpleaños, como casamiento de torta bisiesta, como moco de pavo, como desgranado y descarnado ímpetu de juventud. Ni las siestas ni las resacas vividas permiten semejante descaro.
--Sabrá usted disculpar- se excusó San Juan
--Miré que invocar a Mario Cacarulo en semejante antro de perdición --se quejó Torral.
Paso seguido, esgrimió una cara de ofensa que podría haber sido merecedora del Oscar (al fin y al cabo todos somos actuaciones) si no fuera porque un español no ganaba la dorada estatuilla desde que Grecia había invadido Mauritania y Almodovar se había casado con el príncipe Felipe. Eleno "Lucy in the Sky with Diamonds" Zaragoza (h) (de hijo) no cuenta, porque para el año en que ganó el premio de la academia, Santutxu ya era independiente y contaba con el apoyo diplomático de ochenta y siente países de la NONU.
¿Quién diría que Ortega con esa parsimonia capitalista había sido militante (y hasta dicen que importante líder (según mis fuentes 2x) del ejército dos gudaris do Santutxu xeibe. Un vital miembro de aquel ímpetu revolucionario que le dio al pueblo vasco un poco de su propia medicina. En realidad no se que fue primero, si la independencia de Santutxu, del País Vasco o de Vizcaya. De todas maneras aún tengo pendiente la investigación sobre la vida de Boliña Gogain, independentista checoperuano, terrorista entrenado en la guerra de Taiwan, guerrillero a sueldo y principal responsable de la independencia (no se bien de cual de las tres). Eso y el reportajillo sobre el gran pelotari vasco, el zurdo Belen Annef, o el excelso basquetbolista Gregor Jacia casi que justificaría una visita al País Vasco para tomar unos mates con mi amiga Gurende Atzam Arizni, taza de recuerdos del mundo antes de la debacle financiera del 48 y directora del V Ace Town delle Socorro en su versión en euskera. Creo que podemos citar eso como una de las ventajas del monopolio periodístico del Ace Town (abreviatura entre empleados para citar al primer periódico en tirada mundial, algo así como el DeustchBBVATelefónicaPatagon.com, pero en su versión de imprenta): no importa en que callejón del mundo uno se encontrara uno siempre estaba en casa y acompañado por colegas de trabajo.
Deudas informativas al margen, lo cierto es que la disculpas de San Juan no sirvieron para que dejara de volver a resonar en mi aquella pregunta existencial, neurálgica, neurológica e implacable que me perseguía desde la infancia: ¿Como marca Cruyff los goles?. Me acorde del pobre periodista de Citizen Kane y su guía telefónica de segunda mano. La cuestión de convertiría entonces en una obsesión periodística para mí. Desentramar el mito de Mario Cacarulo. Eso o la vida.
En sólo un minuto San Juan, Onetti y Torral se habían desmontado de la borrachera. Sólo me quedaba Ortega que en un arranque de filosofía oriental se había desentendido de la conversación a la cual volvió un par de minutos después, en la parte en que el gallego González traía la cuenta, abultada previo guiño de Onetti, que después de aquel incidente temía lo peor con respecto a Ana Grama. Descaradamente, pero con la sombra de duda que me caracteriza, me ofrecí a llevar al contador Ortega a su cabaña, un paraje alejado sobre el río que había escogido para su temporal residencia con la excusa de cierta afición a la pesca pero con el ojo disimuladamente posado sobre el sueño de una maravillosa fiestita con aquellos aborígenes morenos que nadaban desnudos por el Uruguay.
Antes de irme le susurré al gallego mi preciado encargo de la despensa. Una bolsa de patatas, laurel, pincho moruno, pimentón y una olla express. Y vino de cuarenta pelas. Era todo lo que necesitaba para que el contador largara la lengua y me introdujera en los misterios de aquella alocada obsesión periodística a la que fui catapultado por los acontecimientos. Y mi olfato no falló. Salvo por el hecho de que Ortega no sabía nada del susodicho Cacarulo salvo que semejante individuo podía tener algo que ver con el club de la Rancia Le Decce II. Aquello y una descripción detallada de aquel grupo vanguardista y olvidado. Detallada por el esmero de Ortega en cada una de sus historias, porque entre su borrachera, el bolo de patatas a la riojana y su escasa memoria (además de sus trances filosóficos) no supe del grupo más que los nombres de sus ocho integrantes y dos o tres pistas de su paradero tras la muerte de la duquesa Le Decce. Con dos de ellos me había topado aquella noche, otros dos llegarían durante el transcurso de la semana y un quinto resultó ser un viejo compañero de viaje.
Por pasos. Uno y dos: Toldo y San Juan, los excéntricos fundadores de Ana Grama. Tres y Cuatro: Iñigo Borgez (Ojo Nac. de Oz) y su señora esposa, la bella Igrit "ro" Guerrero (Madama de Oz). Lo de "ro" es una absoluta carcajada, un insulto, desprecio, falta de respeto, escupitajo a la nobleza y a ese ridículo invento de los burgueses del intelectualcapitalismo que tras ser permitido por la NONU y las grandes potencias escandinavas terminó por desarropar a este mundo de ese poco (ese cacho) de cultura que nos había dejado el modelo imperante. ¿Y a que venía ese cargo de ojo nacionalista? ¿Y a que venía esa dictadura de la ciencia y el arte capitaneada por un grupo de hijos de la popular peripecia de las democracias de centro que terminó por enmascarar al cruel capitalismo, el déspota destino del mundo globalizado?. Y ahora que el rojo es un color demodé ¿Quien podrá ayudarnos?
"Ro" era el cariñoso apodo del Ojo Nacionalista a su querida y bella Igrit. El problema (y ahí la insolencia) es que "ro" puede ser tanto Rosa como Rodrigo. Borgez (aunque zezeozo, descendiente directo del escritor argentino (lo cual hace más gracioso, paradógico y contradictorio su puesto de Ojo Nacionalista 2x) llegó (Borgez, Iñigo) durante el transcurso de la semana (como ya he anticipado) con su señora esposa Igrit ("ro"). Llegó en calidad de autor de la obra que había servido de base para el guión de la primera película de Ana Grama, acompañado por Saragoza (h) - Stop. Dado que ni ustedes ni yo conocemos al padre, prescindamos de la H-, el flamante director de la primera película de Ana Grama, su chica francesa y un séquito conformado por dos lesbianas, una especie de clown amanerado y un artista loco integrante y fundador del último movimiento vanguardista del siglo. El Caca Art. Debo decir que los cuatro hacían un grupo mucho más agradable y culto que el Ojo Nacionalista, su Madama, el director y su chica francesa. Mientras unos se dedicaban a pavonearse y hablar de una cultura fachista y teledirigida desde Oz, los otros daban la serie de espectáculos más dantesca y agradable que jamás hubiera presenciado el astillero. El gallego bailaba amaneradamente al compás de sus tonos y agitaba su bufanda colorinche rodeado de imaginarias mujeres y sosteniendo un puro de importación. Los bailes orientales estaban a cargo de Zunar Fabe, ateo enano de circo que llegó remando bambúes perdidos una noche antes de la llegada del séquito de Oz. Hasta Fernando Báez y sus perros guardianes de la agencia Sej acabaron seducidos por el magnetismo sexual de los convidados.
Las noches terminaban en la cabaña del contador Ortega en fiestas sadomasoquistas condimentadas por los aborígenes y con juegos eróticos que giraban en torno a las patatas a la riojana. Mentiría si no dijera que salvo la obsesión cacarulesca que me perseguía con claro insomnio aquellas fueron las noches más felices de mi vida.
Joel Luiz, día dada el que lo conocí. Como un impulso infantil y surrealista me acerqué a él aquella tarde en la redacción del Ace Town vasco. Buscaba información sobre cierta afamada cocinera que al final resultó ser su madre. Desde ese entonces nuestra amistad se basó en las mejor de las virtudes: no volver a encontrarnos. Él era el quinto elemento.
Nunca me hubiera imaginado ni lo hubiera encasillado dentro de las locas experiencias nocturnas del club de la Rancia Le Decce II. Supongo que tampoco a Nicolás Mapacio y Rosario Bert (o Vert, Ortega no especificó la ortografía del apellido (tampoco pregunté (en ninguno de los casos (¿Eso quiere decir que nada de lo dicho tiene certezas ortográficas? (mejor no indaguemos y sigamos adelante (OW sabrá perdonarnos?). Mapacio y VBert fueron los primeros en dejar el club de la Rancia Le Decce II, aún antes de su misteriosa e irresoluta muerte. Ortega no precisó nada al respecto, pero si le hubiera preguntado a Joel Luiz (con quien no me escribo ni hablo desde el 72), me hubiera dicho que son una feliz pareja de agentes de viaje en un sitio equidistantes entre Sestao y Barakaldo.
Agarrarum sillones volandum tremendus notice. El octavo pasajero no es otro que Mario Eráclito Cardoso. Ortega me lo confesó sólo porque era el último de la lista y un dilatado tiempo después de que me hubiera develado el resto, un par de semanas por encima de la llegada de Borgez y su séquito. El día antes de que San Juan, Toldo y todos los vestigios de Ana Grama se marcharan con el anecdótico sabor del camalote, de la subida de río. Tuve que amenazarlo con denunciar cada uno de su pasos en la selva aborigen en la oficina del sheriff Juanan. Soy consciente de mi crueldad. Pero sepan comprender mi obsesión, mi tiránica lucha por la verdad periodística, la redentora salvación del mundo, el fajo de billetes que me daría el V Ace Town delle Socorro si conseguía la primicia sobre el génesis, el bing bang, la verdadera esencia cacarulesca del mundo. Además, puedo esgrimir atenuantes. Yo mismo le pague a Ortega su visita al psicólogo del pueblo. Por más que el buen José Luis nunca hubiera ejercido y todos supieran que no se dedicaba a otra cosa que la pesca de moluscos bibalbos con mediomundo, Juanan tampoco era peligroso. Aunque temible, toda su ira furibunda se perdía mientras se pasaba el día chateando en internet. Onetti ni siquiera tuvo que sobornarlo para convertir en prostíbulo el astillero, sólo le prometió que se trataba pura y exclusivamente de putas cybernéticas. Como la definición no existía en el diccionario, Onetti pronto la moldeo a su antojo y semejanza.
El gran paladín del mundo subterráneo, el poeta de los desvalidos, el inventor del carajo globalizado, la reencarnación del Che Guevara, el profeta descalzo, el maestro velero, el gran Mario Eráclito Cardoso había sido parte del club de la Rancia Le Decce II. No sólo eso. No es que hubiera compartido noches de insomnio y debate neoliberal con el ojo nacionalista de Oz, Iñigo Borgez, con la bella Igrit y con ese par de productores de pacotilla, cuya película, finalmente desenmascarada por un anónimo al sheriff Juanan, había resultado un manifiesto gatesiano. Mucho más que eso. Todas mis investigaciones me llevaban a asegurar que Mario Eráclito Cardoso había sido el verdadero autor del libro original de la película. Más investigaciones. El salvador del universo social era un niño pijo de San Isidro que nunca había dejado de estar vinculado y confabulado con la aristocracia de Oz. Sus pies descalzos eran borceguíes de color piel, la más alta tecnología del monopolio tecnológico a sus servicios. Amante de Almodovar, admirador de Ricky Martin, consumista empedernido, asiduo comensal del Mitote, confidente de Woody Allen e ideólogo de Crónicas Marcianas. Mario Eráclito Cardoso era un estafador.
Y las más aterradora de las verdades. Mario Er(ac)(l)it(o) (Ca)(r)doso, podía ser el mismísimo Mario Cacarulo. Sólo una u funcionaba como llave milenaria y secreta para la escena más acojonantemente devastadora. ¿Cardoso era Oz?¿Cardoso era Cacarulo? ¿Cacarulo era Oz?. Un sólo cable para que el televisor muestre la imagen tomada por la cámara que enfoca el mismo televisor con su imagen, un televisor dentro de una televisión que encuadra un televisor con un televisor abrazando un televisor que besa un televisor que pare un televisor que es una radiografía de un televisor encuadrando un televisor que ve una televisión con ojos de televisor con alma de televisión, estómago de televisión, tripas de televisor, diarrea televisiva.
¿Es que el mundo esta preparado para semejante viaje? ¿Es que tiene que ser un periodista, un humilde miembro del decimoquinto poder, un emulo de Jerry Thompson, un lustrabotas mal pago y vicioso, un masterizable errático y desordenado, el encargado de semejante pilotaje? ¿Cuanto se paga esta noticia si lo único que hace es desmembrar el concepto mismo de noticia? ¿En qué loca religión se ha convertido el periodismo?. ¿Cómo comunicar el fin del mundo, de las creencias, de las cañitas en el bar de la esquina, de las tortas fritas y las malas películas?. Estaba desesperado, así que sóloatine a hacer una cosa:
- Gallego, servíme otra copa que esta vez la hicimos gorda.