20-11-08 | 38.103.63.55 | Versión para imprimir de:

http://www.onetti.net/es/descripciones/saer_3



Más alla de las modas: Coloquio sobre Juan Carlos Onetti

Juan José Saer

En París, en la sede de la UNESCO, organizado por el CELCIRP (Centro de Estudios de Literaturas del Río de la Plata), tuvo lugar el 13 y el 14 de diciembre del 2001, un coloquio internacional sobre la Obra de Juan Carlos Onetti en el cual estuvo presente Dorotea Muhr, "Dolly", la viuda del gran escritor uruguayo. Estudiosos venidos de Uruguay y de Argentina, pero también de Francia, de Holanda, de España, de Italia, de Inglaterra y de los Estados Unidos, debatieron durante dos días algunos puntos cruciales de su obra, como sus primeras y sus últimas novelas, puesto que la crítica principalmente se venía ocupando hasta ahora del período 1950 -1970, esas dos décadas decisivas de su producción narrativa en la que salieron a luz sus tres grandes textos novelísticos (grandes por su valor literario sobre todo) que son La vida breve (1950), Los adioses (1954) y El astillero (1961), sin contar algunos cuentos y novelas cortas excepcionales y célebres tales como El infierno tan temido (1957) La cara de la desgracia (1960), Jacob y el otro (1961), Tan triste como ella (1963) o la curiosísima Para una tumba sin nombre, de 1959.
Las ponencias y los debates analizaron algunos conocidos temas onettianos, sobre los que arrojaron nuevas luces, como el estatuto del territorio imaginario de Santa María, la ciudad mítica en la que transcurre una buena parte de sus ficciones, la fascinación por el mal, por la angustia y por el fracaso, pero también las historias que el narrador uruguayo ambientó en Buenos Aires, la omnipresencia del dinero en algunas de sus novelas, la filiación expresionista de muchos de sus procedimientos literarios, los elementos autobiográficos de su primera novela, El Pozo, escrita en 1939, y un análisis convincente de la identificación de Onetti, a través de uno de sus personajes de Dejemos hablar al viento, el comisario Medina, que practica la pintura en sus ratos de ocio, con el pintor inglés Francis Bacon que, como Onetti, nació en 1909, y también como él murió en Madrid, pero con quien lo unía especialmente la coincidencia artística en esa torturada galería de retratos que los pintaron, con el pincel o con la palabra. (La inclinación de ambos por el alcohol constituye sin duda otro importante rasgo identificatorio).
La presencia de Dolly Onetti, que asistió a todos los debates, lejos de inhibir a los participantes cuando era necesario evocar algunos aspectos biográficos del autor de Los adioses, contribuyó a crear un clima de sinceridad y de espontaneidad gracias al cual todos los planos de una vida y una obra de indudable complejidad pudieron ser discutidos libremente. A diferencia de tantas viudas abusivas que, cuando no aprovecharon el silencio forzado de sus maridos para usurpar el uso de la palabra, negocian sus textos al mejor postor o pretenden presentarlo arropado en una nube de solemnidad, Dolly Onetti sedujo a los participantes por su sencillez, su humor y su sentido común. Como su marido, con quien compartió una azarosa existencia durante casi cincuenta años, Dolly Onetti también es artista: violinista de profesión, integró importantes grupos musicales, en el Río de la Plata y en España. Onetti le dedicó su mejor cuento, La cara de la desgracia, con una extraña y hermosa fórmula que sugiere un sentido en clave que sólo ellos podrían descifrar completamente: "Para Dorotea Muhr - Ignorado perro de la dicha". Y entre los papeles manuscritos de uno de sus últimos libros, Onetti había preparado una segunda dedicatoria que finalmente no se publicó, y cuyos acentos afectuosos pero llenos de malicia, revelan la irónica complicidad de sus prolongadas relaciones: "Para Dorotea Muhr, que me ha estado queriendo por más tiempo que ninguna otra, y me ha mentido menos que las demás, y mejor".
Una convicción surgió en los participantes al final de esos dos días laboriosos: la admiración por los libros de Onetti es inseparable del afecto que inspira el hombre que los escribió. Pocos escritores rioplatenses generan ese sentimiento. En el caso de Borges, por ejemplo, para muchos de sus lectores, sólo la admiración sobrevivió a su vejez contradictoria y agitada y, si pensamos en Arlt o en Felisberto Hernández, descubrimos que a veces, a causa de la estudiada ingenuidad que profesaron, al margen de sus singulares talentos literarios, el cariño que inspiran como individuos no está exento de una leve condescendencia. Los lectores jóvenes tienen la costumbre de proyectarse apasionadamente en el autor que leen, pero en general la edad adulta enseña a distinguir el hombre de la obra. Onetti tiene el envidiable mérito de ser apreciado en los dos planos a la vez aún por sus lectores adultos. Los que lo conocieron y lo trataron, los que fueron sus amigos, talvez lo idealicen ahora que el hombre está ausente y únicamente les quedan los libros. Pero esa impresión de amistad y de intimidad con la persona que los escribió también la tienen los que nunca lo conocieron.
Sin embargo, su obra y su persona no quieren ni seducir ni tranquilizar. El terrible final de El astillero, con su desesperanzado rechazo de la vida, de la compasión, su negación de toda dicha y de toda esperanza, sabemos que no era para él una mera escena literaria sino la expresión de su profundo sentimiento de derrota y, si despierta nuestra simpatía, es porque no ignoramos que esa situación sin salida es la de cada uno de nosotros. A pesar de sus sutiles preocupaciones formales, el mundo de Onetti trasciende las modas literarias o los programas vanguardistas, y se instala en una franja emocional que es común a todos sus lectores. De ahí que el hombre y la obra resulten inseparables y gocen del mismo aprecio por parte de ellos. El hombre Onetti no se vale de su obra para maquillar su fragilidad, sino para exponerla y meditar sobre ella.
Los trabajos dedicados a las últimas obras de Onetti despertaron interés porque, si bien algunos sostienen que esas obras presentan un valor literario menor, son ricas desde el punto de vista documental acerca de la vida y de la obra de su autor. Y el análisis de sus manuscritos muestra una elaboración sinuosa y fragmentaria, en la que la linealidad del texto que llega a los lectores es obtenida al final, gracias a una técnica de montaje. Sea cual fuere el valor de esas obras, una cosa es segura: si en los últimos años de su vida el hombre Onetti fue derribado por las fuerzas que tiran hacia abajo, el alcohol, la pérdida de toda ilusión, la tristeza, la vejez y la enfermedad, el escritor seguía vivo, persistiendo en el gesto inexplicable de la escritura, en el que sus últimos sobresaltos de energía se concentraron. Podemos suponer que las razones de esa obstinación final por realizar el acto tal vez inútil de escribir en el umbral de la nada, él mismo las había definido anticipadamente muchos años antes de su muerte como "la voluntad de no entregarse, de no aceptar el mundo extravagante que los otros poblaban y defendían"




www.onetti.net | Onetti Website 2.3 | ☺ 2001-2008