Mario Benedetti
Que Onetti cumpla ochenta años debería hacernos reflexionar, no sólo sobre su trazado literario, sino también sobre nuestras vidas y milagros, sobre nuestras muertes y resurrecciones; pero, eso sí, que sea una reflexión abierta, sin anteojeras ni prejuicios, una reflexión con entrada (y salida) libres y sin obligación de aplaudirnos ni de abuchearnos. ¿Acaso los ochenta años de Onetti no incluyen por lo menos cincuenta (El pozo es de 1939) de su involuntario liderazgo en la vida cultural uruguaya y, de algún modo, colorean (o quizá agrisan) la historia rioplatense de ese medio siglo?
Aunque la dictadura lo tuviera en prisión durante varios meses, por haber integrado un jurado que premió un cuento (de Nelson Marra) que molestó a los censores, Onetti sigue siendo el escritor uruguayo vivo más respetado y admirado en varias generaciones a la redonda.
Es, además, obligado punto de referencia. Las modas pasan, los escombros quedan; pero Onetti jamás se preocupó de modas, booms, premios (aunque obtuviera nada menos que el Cervantes) y tanto su trayectoria literaria como su actitud personal (e intransferible) muestran una rara coherencia, que, en tiempos de desmesuradas ambiciones, podios de encargo, vanidades casi patológicas y frivolidades en cadena, lo convierten en irritante excepción.
Ramón Chao escribía a propósito de Onetti: “¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de lo que de golpe todos llegarán a comprender, más tarde o más temprano? Que es el único hombre en un mundo ocupado por fantasmas. Dicen que vive retirado en Madrid, consciente de los límites que le impone la falta de ambición mundana, de seguridad, de tiempo y del poder, sin fe en ningún dogma, seguro de que le basta durar para vencer. Quien lo ha visto lo describe recostado en la cama, sardónico sin maldad, cruel consigo mismo; callando toda frase que pudiera ser feroz con un amigo, comprendiendo a los que no le quieren, porque acepta el terrible malentendido de su vida”.
Hace la friolera de treinta y tres años, Ángel Rama detectaba la sinceridad como rasgo definitorio de Onetti, como “elemento comprobatorio del arte”. Y algún tiempo después Carlos Maggi lo retrataba así: “Secretamente despavorido, camina indiferente y pausado, arrepentido de la misericordia, perfectamente imparcial entre su corazón y el mundo”. Ahora, a sus ochenta, autoexiliado en Madrid, aquella imparcialidad se mantiene, claro, pero ya no es una línea fronteriza, sino un puente.
Ya en 1965 había sostenido ante María Esther Gilio: “Mi literatura es una literatura de bondad”, y en aquel entonces pudo parecer una afirmación casi provocativa. No obstante, era apenas una muestra de la sinceridad esencial que mencionaba Rama. Sólo que no era cotizable en el mercado común de la sinceridad. Onetti siembra dudas, profundiza ambigüedades, ensambla los sueños con la vigilia, fluctúa ante la idea de la muerte, recela de los sentimientos (propios y ajenos), y todo ello hace que sea encasillado, y hasta admirado, como un hacedor de simulacros.
Lo que ocurre, sin embargo, es que la sinceridad de Onetti suele ir a contrapelo de la sinceridad de los demás o de su cultivado remedo. Hay escritores que son ambiguos sólo porque la ambigüedad “se lleva” o porque cierta crítica ha decretado que la literatura debe cargar, so pena de no ser literatura, con cierta dosis de ambigüedad. No obstante, en Onetti puede haber posturas, pero no poses (palabras no estrictamente sinónimas, ya que el galicismo agrega una cuota de afectación casi intraducible).
Por lo pronto, la ambigüedad de Onetti es su sinceridad. Por algo Eladio Linacero, uno de sus primeros personajes, decía en El pozo: “se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llena”.
Quizá por eso no creo que el aporte más significativo de la narrativa de Onetti se encuentre en su inventario de hechos (que después de todo no son particularmente inquietantes ni estrafalarios ni asombrosos) sino en su pericia para calar en el alma de los hechos y también (aunque resulte casi perogrullesco consignarlo) en el talento literario con que efectúa ese buceo revelador.
Conocí personalmente a Onetti al final de los años cuarenta, en una cervecería montevideana. Era la primera vez que algunos escritores (apenas treintañeros, ¡ay!) dialogábamos con el maestro, bastante precoz por cierto, ya que increíblemente estrenaba los cuarenta. De aquella ocasión todavía recuerdo dos de mis asombros; 1) la pasmosa y rítmica naturalidad con que fue consumiendo 15 jarras de cerveza, y 2) la absoluta falta de afectación con que decía cosas originales, certeras, reveladoras, casi como pidiendo excusas por ser inteligente.
No era simple cuestión de admirarlo ni (algo más bien imposible) de imitarlo. Se trataba tan sólo de registrar una actitud y abrir ojos y orejas ante ella. Hoy, cuarenta años después, creo que la literatura uruguaya, en su largo siglo y medio de existencia, ha dado pocas figuras tan coherentes (Quiroga quizá, o Líber Falcó) como este autor de quince libros. Y me atrevo a pensar que en su no regreso al Uruguay (aclaro que nunca traté con él tema tan peliagudo) no sólo cabe su respetable voluntad de autoexilio, sino también una responsabilidad del país todo (no sólo de la dictadura que lo vejó, despreció y encarceló), que no ha sabido recuperarlo y que, hace pocas semanas, ni siquiera consideró la posibilidad de incluir en las ternas del premio Bartolomé Hidalgo su última novela, Cuando entonces, sencillamente porque había sido publicada “en el extranjero”.Mientras tanto, en su modesto apartamento madrileño de la avenida de las Américas, Onetti vive pendiente de las buenas y malas nuevas de Uruguay, y tras haber presidido la filial española de la Comisión Nacional pro Referéndum y haber seguido con interés e inquietud la crisis del Frente Amplio y los pormenores de las elecciones internas del Batllismo (más de una vez me telefonea en búsqueda de últimas noticias), sigue siendo él mismo, acaso mejor que él mismo, tal vez porque cruza cada vez con más frecuencia (sin perder su imparcialidad) el puente que vincula su corazón con el mundo. Después de todo, si bien tiene razón Ramón Chao cuando dice que Onetti es “un hombre en un mundo ocupado por fantasmas”, habría que acotar que, sin embargo, encuentra fantasmas con quienes comunicarse.
Desde su cama, convaleciente de su último y grave quebranto de salud, rodeado como siempre por mujeres, arropado y estimulado por ellas, este octogenario que no ha abandonado su humor filoso, sólo por el hecho de mirarlas pierde gloriosamente veinte o treinta años. Y claro, con él y a través de su mirada, también las vislumbran los Brausen, los Díaz Grey, los Larsen, los Malabia, los Medina y tantos otros que en su mundo han sido. Estoy seguro de que, cuando ellas se vayan, cuando nos vayamos todos, él podrá decir, como su Linacero: “Yo soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad”. Aunque esta vez la ciudad sea Madrid y no Montevideo. Lo importante es el sitio cualquiera. Tal vez porque en Onetti, más que en ningún otro coetáneo, la soledad es un homenaje al prójimo.