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Cuando ya no importe de Juan Carlos Onetti

Álvaro Enrigue

El lugar común en los acercamientos críticos al trabajo literario de Juan Carlos Onetti parece partir siempre del adjetivo "pesimista”. Imposible eludirlo: su obra es una extensa apología experiencial de la locura mansa que alimenta al mundo deprimido de las mayorías latinoamericanas.

Este pesimismo de Onetti tiene su fundamento en la premisa de que el hombre común, ese que le merecía fanfarrias a Aaron Copland, no cuenta con el empaque homérico necesario para oponerse a la fatalidad. Sus personajes son todos prometeos que de vivir tan olvidados han dejado de oponerse al signo de la desgracia, han renunciado incluso a rebelarse ante la crueldad de las potencias del destino, negándose -absortos en un mundo de conformidad- la posibilidad de ser trágicos. Los hombres y mujeres comunes de Onetti perviven bajo el nivel de humanidad requerido para asumir el heroísmo helénico.

A esta luz, su obra puede ser vista como inserta en el paradigma camusiano de la creación sin mañana. Nietszche decía: "Tenemos al arte para no morir de la verdad’; Albert Camus, desesperado frente a la contemplación de lo que él mismo llamaba un Universo sin correspondencias, encontró el único camino útil para eludir el camino de los absolutismos ideológicos promovidos por la noción de un Mundo de verdades criminales cuando se consideran eternas era: "Crear ‘para nada’,... ver la propia obra destruida en un día teniendo conciencia de que, profundamente, eso no tiene más importancia que construir para los siglos.”

Libre del árido lenguaje de la filosofía, Borges decía lo mismo con menos grandilocuencia, pero mas exactitud: "Mientras escribo, me siento justificado... estoy cumpliendo con mi destino de escritor, mas allá de lo que mi escritura pueda valer.” Por su parte Onetti, dueño de un siniestro sentido del humor, advierte en el epígrafe de Cuando ya no importe, su novela mas reciente: "Serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en él una intriga novelesca.” Si se puede decir de la totalidad de su obra que esta conformada por una serie de esperpentos de corte existencial, en los que los personajes más que esperar la redención, esperan el relevo biológico que los transforme en polvo, la novela recién publicada alcanza la sima de la desolación fatalista al prohibirle burlonamente al lector, que no tiene la culpa de nada, la aspiración básica de encontrar en ella cualquier sentido extraliterario.

La obra consiste en el diario de uno de esos náufragos del mundo ideal de los que tanto disfruta el autor. Carr es un intelectual sin futuro que, obligado por la miseria, llega a la ya legendaria región de Santa María para cubrir un eslabón indeterminado en la cadena del contrabando.

Onetti confunde completa y voluntariamente su papel con el de Carr, el personaje principal, que como un héroe camusino (Camus diría kafkiano), sobrevive a la degradación que le impone el ambiente de Santa María, escribiendo inútilmente el diario que conforma el cuerpo de la novela: una serie de anotaciones desordenadas entre las cuales a menudo median meses o años. Esta estructura fragmentaria cumple con una doble función: por un lado, le produce al lector la impresión de que lo que está leyendo es verdadero; un náufrago de la selva narra los episodios de su vida simplemente para dotar de cierta permanencia a las emociones del día, su voluntad literaria comienza y termina en la hoja de papel.

Por el otro lado, una narración que carece de compromisos públicos, que se circunscribe ala posibilidad de cumplir con el destino borgiano de ser narración y nada más, le permite a Onetti desarrollar hasta su limite el estilo llano -de Número 199 Junio de 1993 sintaxis casi periodística- que ya venía anunciándose desde Cuando entonces (1988). El fraseo largo y de ritmos laxos, común en su obra anterior, desaparece completamente ante el empuje de una voz narrativa directa, casi brutal: "Hoy hubo visita. Elvirita. Aspavientos de Eufrasia, bienvenidas hipócritas. Un beso como un ausente en mis dos mejillas. Después silencio.”

La renuncia a los ritmos naturales del devenir temporal, y la prohibición expresa de establecer cualquier relación entre el discurso de la novela y una realidad extraliteraria conforman una atmósfera prácticamente dispuesta para la generación de momentos de alta intensidad poética. Por este medio, Onetti se permite desbordar los límites de su propio discurso narrativo anotando, por ejemplo: "Era una tarde en que todo el río era domingo”.

Además de lo anterior, el fraseo tajante de la escritura telegrálica genera un tipo de tensión textual que promueve la utilización de las facultades lapidarias de la ironía: "El cuerpo apareció en un charco cerca del río. Según supe, muy suicidado.” Este recurso parecería dispuesto para aliviar un poco la angustia del lector que se enfrenta a la sordidez del mundo santamariano, si no fuera porque a menudo la ironía feliz se transforma en el sarcasmo más amargo: "Uno se casa con una muchacha, y una mala mañana se encuentra con una mujer a su lado”.

En las páginas finales de Cuando ya no importe, se adivina un tétrico (y ojalá ilusorio) sabor a testamento. Es una última confirmación de que el sentido de la vida pudo haber estado en la constante actualización de la vocación, en este caso literaria. Juan Carlos Onetti, como Albert Camus, cree que lo que termina con la obra de un escritor "no es el grito victorioso e ilusorio del artista cegado: ‘Lo he dicho todo’, sino la muerte del creador, que cierra su experiencia y el libro de su genio.” Entre el polvo que somos y el polvo en que nos convertiremos media la obra de Onetti. A lo mejor sí hay moraleja en la novela, aunque no tenga sentido sacarla a relucir.




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