Santos Domínguez Ramos
Así se titula el preámbulo que ha escrito Dolly Onetti para ponerlo al frente de las Obras Completas de su marido, Juan, como ella solía y suele nombrarle.
Cuando presente el mes que viene el primer tomo de esa edición que ha preparado Hortensia Campanella para Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores se cumplirán doce años de la muerte de Onetti.
Pero esta monumental edición en tres volúmenes que recogerán todas sus novelas, sus cuentos y sus artículos no obedece a una razón cronológica, sino a la necesidad de llenar un vacío editorial. Desde 2004 se ha estado preparando esta edición de las obras de un autor cuya obra ha ido ganando grados como el buen vino, peso como las personas y sobre todo lectores, ese Club selecto pero no minoritario de fanáticos de Onetti.
Paradójicamente, a medida que ha ido creciendo la sombra que proyecta Onetti sobre el territorio de la literatura contemporánea, han ido aumentando las dificultades para encontrar algunas de sus obras esenciales.
Hay un precedente brillante de esta edición: la que preparó para Aguilar de Méjico Emir Rodríguez Monegal en 1970, que naturalmente se quedó anticuada por los nuevos libros que fue publicando Onetti. Lo que no ha quedado superado es el excelente prólogo de esa edición, que ahora puede leerse en internet.
El primer tomo reúne las cinco novelas que Onetti publicó con varia fortuna editorial y crítica entre 1939 y 1954. Entre esas dos novelas cortas ejemplares que son El pozo y Los adioses se configura ya ese inconfundible universo que se localiza en Santa María ya en La vida breve. Dicen los que más saben de su autor que si El pozo es una obertura, La vida breve, novela fundacional de una narrativa que sobrepasa los límites de la obra individual de su autor, es ya una sinfonía en la que está el mejor Onetti.
El segundo de los tres tomos de esta edición recogerá todas las novelas posteriores a 1954, desde Para una tumba sin nombre a Cuando ya no importe y el tercero reunirá sus cuentos y muchos materiales dispersos, sobre todo los artículos y la miscelánea que se reunirá en la segunda parte de ese tercer tomo.
En cada uno de ellos, un lector prestigioso escribe un prólogo. El del primer volumen es tan brillante como cabe esperar de su autor, Juan Villoro.
La que sin duda será la edición canónica de la obra de Onetti debería servir a partir de ahora para consolidar el lugar de privilegio de uno de los fundadores de la narrativa contemporánea en español.
Onetti, ya lo saben, era un hombre peculiar, tan peculiar como cada uno de los hombres. Pero en él se añadía un factor desasosegante: la facilidad y la propensión que tenía a perder sus manuscritos antes de imprimirlos. Perdió en 1931 una primera versión de El pozo, y años después el manuscrito de Tiempo de abrazar, que se recuperó luego parcialmente. Un desastre. Hasta que se casó en 1955 con Dorotea Muhr, que, bajo la advocación de Dolly Onetti, se convirtió en la mejor salvaguarda de la obra de Onetti. Es ella la que pasa a limpio los manuscritos y la que se preocupa de su conservación. Por eso es tan importante su colaboración en estas Obras Completas, porque es la garantía casi notarial de los textos.
Por cierto, en un gesto muy suyo, Onetti se llamaba a sí mismo Onetti, no Juan ni Juan Carlos.