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Juan Carlos Onetti. Noche en la ciudad

Fernando Chiappussi

"Esta es la noche; quien no pudo sentirla así, no la conoce". Juan Carlos Onetti no tenía miedo de sumergirse en la oscuridad para ver la cara de la miseria humana. Filoso como pocos, supo mostrar sin embargo compasión por los mismos personajes que laceraba con su prosa cáustica. Con ellos construyó una de las mayores obras novelísticas del siglo que se fue.

Hay un momento de la vida en que vemos en el libro una vía de conocimiento: lo abrimos ávidos, sospechando que ahí dentro nos aguarda alguna secreta sabiduría, aunque el volumen en cuestión sea una obra de ficción. La mayoría, sin embargo, sólo encierra historias, a lo sumo preguntas. Juan Carlos Onetti (1909-1994), sin embargo, no escatimó respuestas. Pero leerlo es entender que el aprendizaje no será gratuito; no se sale impune de los libros de Onetti, así como es imposible ver la vida de la misma manera después de leer el Viaje al fin de la noche, de su admirado Louis-Ferdinand Céline.

Cuando un periodista le preguntó si creía en alguna religión, Onetti respondió: "Creo que existe una profunda desolación a partir de la ausencia de Dios. El hombre debe crearse ficciones religiosas". Así, sin concesiones, trata Onetti a sus personajes: los describe en sus inútiles esperanzas, derrotados de antemano, con el destino escrito en la frente. Qué mejor momento que la noche para verlos confesar, entre alcohol y luces artificiales, ilusorias, su sueño más recóndito? antes de que el despiadado sol matutino, el peso de la realidad, vuelvan a abrumarlos. La narración es descarnada, cruel por momentos; pero detrás, como en el tango -que el autor adoraba-, se adivina compasión y ternura. Así es Onetti: algunos lo ven pesimista, otros lúcido, simplemente.

Quiso la paradoja que su obra trascendiera con el fenómeno novelístico que se dio en llamar "boom latinoamericano", protagonizado por escritores de menor de edad y distintas miras que el uruguayo. Tenían en común la simpatía por el socialismo y el interés por aprovechar los recursos de la novela anglosajona para contar las historias del sur. Pero nada tiene que ver el estilo seco, cortante, de Onetti, con el encantamiento lingüístico de Cortázar o García Márquez, que fueron amigos suyos. Más aun: la prosa de Onetti funciona como antídoto contra los contagiosos ritmos de esos narradores. El hombre escribe a contrapelo, como peleándose con las palabras, y mira las cosas a la distancia, sin involucrarse, como un dios omnisciente resignado al porvenir de sus criaturas.

El hombre tranquilo

Nacido en Montevideo, Onetti fue desde pequeño un lector voraz: apenas había entrado al liceo cuando se deslumbró con Hambre, la novela del noruego Knut Hamsun, que debe haber influido en su visión de la vida como una "tragedia tranquila". Esto no le impediría simpatizar con las revoluciones soviética y mexicana.

A los veintidos años ya está viviendo en Buenos Aires, casado (con una prima hermana suya) y con un hijo de pocos meses. De esa primera estadía quedan algunas notas en el diario Crítica y la publicación de su primer cuento, "Avenida de Mayo-diagonal-Avenida de Mayo". Pero al poco tiempo vuelve a Montevideo, se casa con otra prima -su cuñada- y reescribe un texto largo que había pergeñado en Buenos Aires un fin de semana sin cigarrillos. Es El pozo, su primera novela, que publica en 1939; ese mismo año aparece el semanario Marcha, del que Onetti fue el primer secretario de redacción. Libro y revista marcarían durante décadas las letras uruguayas.

Viviendo del periodismo entre Buenos aires y Montevideo, Onetti fue publicando, con poca repercusión, sus siguientes novelas: Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), La vida breve (1950). Los adioses (1953), Para una tumba sin nombre (1959).Sus tramas urbanas las diferencian de la novela tradicional uruguaya, así como sus mecanismos narrativos. Al comienzo de Tierra de nadie, por ejemplo, Onetti nos presenta uno por uno a una decena de personajes sin relación entre sí, todos a una misma altura. Pero cuando llega el último, la sola descripción de la calle arbolada por la que viene caminando -el tono crepuscular y otoñal, las hojas caídas en la acera- nos hace adivinar que será el protagonista antes de que diga una sola palabra. Aquí ya aparecen los temas de toda su obra: el fracaso, la mujer-niña, la esperanza, el hastío.

El descubrimiento de Faulkner -traducido por la revista Sur- se notó en su escritura, limándole las aristas y sugiriéndole la idea de una ciudad cuyos personajes se repiten, en distinta perspectiva, de una novela a otra. La Yoknapatawpha de Faulkner se reflejaría en el Macondo de García Márquez y la Santa María onettiana, mezcla de Montevideo y Buenos Aires.

Son también los tiempos en que Onetti encuentra la tranquilidad afectiva en Dorotea Muhr, su cuarta y última esposa. Con Dolly viven en un departamento de la rambla montevideana, acosados por el frío y las deudas, hasta que la agente literaria Carmen Balcells ayuda a difundir su obra en España y el nombre de Onetti queda ligado a los otros del "boom": Cortázar, García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, Donoso, Carpentier. Pero él desconfía del "experimentalismo" novelístico y descarta los compromisos sociales para permanecer en su cama, apoyado en un codo, escribiendo o leyendo novelas policiales.

En 1974, Onetti tiene una obra sólida detrás suyo y comienza a disfrutar la leyenda. Pero su participación como jurado en un concurso literario de Marcha, que premia un cuento considerado pro guerrillero, le vale la represión del gobierno militarizado que presidía Juan María Bordaberry. Onetti, los demás jurados y el directorio en pleno de la revista son detenidos y encarcelados. Tres meses después, la presión internacional consigue su libertad. Al año siguiente se va a vivir con Dolly a Madrid.

La democracia volvería al Uruguay, pero él no. En 1979 quemó Santa María (en Dejemos hablar al viento) y al año siguiente recibió el Premio Cervantes. Pero Onetti seguiría volviendo a su ciudad mítica en dos novelas más: Cuando entonces (1986) y Cuando ya no importe (1993). Los últimos años los pasó cada vez más metido en la cama, tomando whiskies progresivamente aguados, y recibiendo cronistas con un gesto huraño que les indicaba su invariable impertinencia.

Pero ningún lector de Onetti podía creerle esa máscara: era sólo su lucidez despiadada, que lo llevaba a saltearse amabilidades y protocolos. La lucidez del que sabe que todo nombre, tarde o temprano, desaparecerá de la faz de la tierra. Aun el de la obra que creemos perdurable.

"Me hubiera gustado clavar la noche en el papel como a una gran mariposa nocturna. Pero, en cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto, y me arrastra, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo?"

Guía básica para leer a Juan Carlos Onetti

Se ha dicho con razón que "todo" Onetti está en El pozo (editado por Seix Barral junto a Para una tumba sin nombre). Son apenas cien páginas de episodios inconclusos que esconden una reflexión desolada, existencialista sin saberlo. Es la piedra basal de su obra y un buen punto de partida.
Otra vía interesante para "entrarle" al bloque onettiano son los Cuentos completos (Alfaguara), que cubren un abanico de medio siglo. Particularmente interesantes son los primeros, como "Bienvenido, Bob" o "La total revelación": ahí se palpa que la atmósfera es más importante que los personajes, los precede y define. El ciclo de Santa María arranca con La vida breve (Sudamericana), su novela más intrincada y ambiciosa. Para engancharse, basta con leer en cualquier librería su inolvidable primera página. El proxeneta Larsen, su personaje más conocido, llega a ser protagonista en las novelas El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964; varias ediciones de ambas), que transcurren en orden cronológicamente inverso al de su edición (conviene empezar por la segunda). Los demás libros forman con éstos un vaivén de puentes temporales y narrativos, a la manera de los de Faulkner.




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