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El escritor recostado

César Coca

Aparece el primer tomo de las 'Obras completas' de Juan Carlos Onetti, el creador del personaje de Larsen 'Juntacadáveres', y la ciudad de Santa María.

Debo confesar que jamás he releído un libro mío, salvo algunos pasajes traducidos. Casi siempre mejores que el original». Recién cumplidos los 65 años, después de pasar tres meses en un sanatorio psiquiátrico donde había sido internado por formar parte de un jurado que premió una novela considerada pornográfica por la dictadura que gobernaba su país, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti hablaba así de su propia obra. Con ironía pero también con distancia, como si él mismo fuera un personaje de sus libros. En realidad, a veces parecía que lo era. Su última esposa le oyó decir una vez, mientras movía de sitio con mimo un cenicero, que no le gustaría que se rompiera porque se lo «regaló Larsen», el recurrente personaje de su ciclo de Santa María.

A él le interesaban más los personajes que las novelas, y eso incluía tanto las suyas como las de los demás. Ahora, esos seres un tanto espectrales que circulan por sus libros vuelven a la vida con la publicación, por primera vez íntegra, de sus 'Obras completas', que acaba de iniciar Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores, en edición de Hortensia Campanella.

La colección se compondrá de tres tomos: los dos primeros recogerán sus novelas y el tercero, los cuentos, artículos y textos varios. En total, unas 3.000 páginas, no demasiadas para un escritor que comenzó muy joven y que llegó a ansiar la inmortalidad sólo para poder seguir escribiendo. Como él mismo temía, no logró la inmortalidad física, pero sí la literaria, aunque con un cierto retraso. Su nombre consiguió trascender el estrecho ámbito del Río de la Plata y sus aledaños a raíz de los éxitos de autores latinoamericanos de la generación siguiente, como García Márquez y Vargas Llosa. A él, que por entonces rondaba ya los sesenta, tampoco le importó demasiado el reconocimiento tardío. Juan Carlos Onetti no buscaba el éxito. Es más, el público le aterraba.

Onetti, como él se presentaba (sin anteponer el 'Juan Carlos'), nació en Montevideo el 1 de julio de 1909. Desde niño mostró una gran afición por la lectura y la escritura, pero en cambio su formación académica resultó más bien escasa: no llegó a terminar la Secundaria porque prefirió ponerse a trabajar en oficios diversos. Sin cumplir aún los 20 años y junto a un par de amigos, puso en marcha una revista llamada 'La tijera de Colón'. Era su primer trabajo serio en el campo de las letras, después de aquellos cuentos infantiles en el estilo de Knut Hansum, que le valieron el apodo de 'Kanutito' por parte de su hermano mayor.

Es muy probable que en esa pequeña publicación se despertara su vocación de periodista, profesión que desempeñó mucho tiempo y que calificó como «el oficio más soportable» que conocía. En los años siguientes, Onetti trabajó en varias revistas y periódicos, vivió varios episodios de ruptura matrimonial y escribió cuentos y novelas, con frecuencia bajo seudónimo. Una prueba más de que quería contar historias pero le importaba más bien poco la celebridad. Por eso firmaba con nombres tan peculiares como 'Periquito el aguador' o 'Grucho Marx'. Y por eso también fue capaz de presentarse en 1940 a un concurso organizado por una revista con un cuento titulado 'Convalecencia' con el que ganó el primer premio. Sin embargo, no reveló su identidad ni se presentó a recoger el galardón (y no andaba precisamente sobrado de dinero), de manera que no se hizo pública la autoría real hasta que lo incluyó en una recopilación de sus relatos breves, 34 años después.

El ciclo de Santa María

Había publicado ya varios libros ('Para esta noche', 'El pozo', 'Tierra de nadie...) cuando en 1950 dio a la imprenta 'La vida breve'. Siempre pensó que era su mejor novela. La apreciación no es compartida por numerosos críticos, pero todos admiten que esa obra marca una etapa nueva en su producción, porque es la primera cuya acción transcurre en Santa María. Una ciudad de contornos más bien indefinidos, de la que, como su autor comentó, apenas se sabe que «es pequeña, está cerca de un lugar donde hay suizos y además un río la sitia». En ella recupera también un personaje mínimo de 'Tierra de nadie', el de Larsen, que cobrará importancia capital en 'El astillero' y 'Juntacadáveres'.

Durante mucho tiempo, Onetti compatibilizó la literatura con otros trabajos, en general periodísticos. Él marcaba muy bien las diferencias, porque no creía en la novela periodística y detestaba a los periodistas con ínfulas literarias. También desempeñó su labor en una agencia de publicidad y fue intendente de las bibliotecas de Montevideo, ocupaciones que le dejaron mucho tiempo para leer, siempre recostado en la cama, una imagen que luego se repetiría tanto en sus últimos años de vida que ha quedado casi como signo de identidad del escritor.

Además, dedicaba mucho tiempo a escribir, igualmente recostado, siempre a mano y con una letra que parecía dibujada. Aquellos originales eran luego mecanografiados por Dolly, su esposa a partir de 1955. En el prólogo del primer tomo de las 'Obras completas' la hoy viuda de Onetti recuerda que un jefe indulgente le permitió pasar a máquina, durante su horario de trabajo en Electrolux, el texto completo de 'El astillero', el libro más leído del autor uruguayo.

Escritor de impulsos, incapaz de imponerse una disciplina horaria, Onetti fue creando una serie de personajes que se mueven de manera un tanto fantasmal por sus novelas. Uno de ellos, Larsen, el proxeneta que quería organizar un burdel perfecto, le era especialmente querido. Larsen. Con sus peripecias, narradas en 'Juntacadáveres', llegó a ser finalista del premio Rómulo Gallegos, galardón que finalmente se llevó Vargas Llosa por 'La casa verde'. Onetti reaccionó con la ironía que cabía esperar: ambas novelas tratan sobre burdeles, comentó, pero la de Mario tiene una orquesta.

Vejez en España

Admirador de Faulkner, creador como él de un personaje mítico y de un territorio propio, el uruguayo tenía un concepto relativamente próximo al del Nobel estadounidense respecto de la verdad. «Se dice que hay varias formas de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos». En la literatura de ambos es tan importante lo que se sugiere como lo que se cuenta, lo que los personajes ocultan más que lo que muestran. Por eso, sus libros admiten tantas lecturas y escapan a una interpretación política fácil. Es más, el propio Onetti reiteró cuantas veces se le preguntaba por ello que no creía en la literatura con mensajes. «Para mandarlos, uso la Western Union», comentaba.

Una dictadura, algo que quizá los uruguayos nunca esperaron en un país que algunos denominaban la Suiza de América del sur por su estabilidad institucional y su desarrollado Estado del bienestar, le empujó a instalarse en Madrid. Como si fuera buscando el símbolo, residió hasta su muerte en la avenida de América, que es justamente la calle desde la que se sale hacia el aeropuerto. Una vez restablecida la democracia en su país, varias veces recibió ofertas para regresar, pero no lo hizo.

Imagen extravagante

En España vivió los años de su vejez. Siguió escribiendo -aquí publicó 'Dejemos hablar al viento', por la que recibió el premio de la Crítica-, fue distinguido con el Cervantes y numerosas universidades e instituciones reclamaron su presencia en todo tipo de foros. Acudía a veces, y con frecuencia mostraba una notable indolencia. Aún se recuerda que en el Primer congreso internacional de escritores en lengua española, celebrado en Las Palmas en 1979, fue motejado como 'el presidente ausente'. ¿Razón? Que llegó al congreso, saludó a sus amigos, se encerró en su habitación a beber y fumar y nadie volvió a verle.

A partir de 1990, la imagen un tanto extravagante del escritor que leía y escribía tumbado (costumbre a la que debía una deformación en uno de sus codos) se convirtió en habitual. Una inyección mal puesta deterioró gravemente una salud que parecía inmune a no pocos excesos en la bebida y el tabaco. Onetti desapareció prácticamente de escena. Apenas recibía a nadie y sólo dio a la imprenta un libro más, 'Cuando ya no importe', una obra menor en el catálogo de sus libros, pero con la que se despedía, dijo, de la literatura y de la vida. En realidad, de la literatura parecía haberse despedido en 'Dejemos hablar al viento', donde insinúa que Santa María ha sido destruida por un incendio.

Despedirse de la vida debió de costarle más trabajo. «Vivo porque escribo», había dicho. Y con poco más de 60 años, en una larga entrevista en la que hizo repaso de su trayectoria, justificaba el fracaso que reina en todos sus libros por la certidumbre mantenida desde su adolescencia «de que todas las personas que quería se iban a morir algún día». Y añadía: «Eso me pareció absurdo y de esa impresión no me he repuesto todavía. No me repondré nunca». En la misma época, respondiendo a un cuestionario Proust, daba tres respuestas cuyo sabor amargo revela a las claras lo mal que aceptaba el hecho cierto del paso del tiempo y lo muy improbable de su pretendida inmortalidad. A la pregunta '¿qué quisiera ser?', respondió: «Yo, en las condiciones presentes, pero con veinte años». Cuando se le pide una reforma que admire, rehúsa indicar alguna, con el argumento incontestable de que «ninguna evitará la muerte». Y, por último, cuando el entrevistador le hace la pregunta más íntima ('¿cómo le gustaría morir?'), Juan Carlos Onetti se sincera con dolor: «De ninguna manera».




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