Novelas

Los adioses

Juan Carlos Onetti

A Idea Vilariño

Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Los niños en el bosque

Juan Carlos Onetti

Una canción sin palabras, sin más que los juegos de la boca reidora. Había una música rápida y sencilla, trenza de cantos, rondas y carreras que fueron abandonadas otra tarde —otra, aún, más allá del sueño y su país—, cuando los chicos vieron espantados cómo se hacía fijo el ojo bilioso de la iglesia.

Lassen wir den Wind sprechen

Kapitel IV: Ein Duft von Teresa

Jetzt war er so zart, traurig und fern wie ein Parfum, das in einem Taschentuch alt geworden ist. Manchmal kam er, nie kündigte er sich an. Meistens in Träumen: ich sah das Gesicht von Teresa oder ihre Art und Weise zu gehen.

Wenn es nicht mehr wichtig ist (Schlusskapitel)

Juan Carlos Onetti

30. Oktober
Jetzt, definitiv, für immer in Monte, schreibe ich weiterhin Notizen, denn ich spüre, absurderweise, dass ich es tun muss, wie um ein heiliges Versprechen zu erfüllen, das ich nie gab und doch als mir auferlegt empfinde.

Juntacadáveres

Juan Carlos Onetti

Capitulo I

Resoplando y lustroso, perniabierto sobre los saltos del vagón en el ramal de Enduro, Junta caminó por el pasillo para agregarse al grupo de tres mujeres, algunos kilómetros antes de que el tren llegara a Santa María. Sonrió, animoso, a las caras infladas por el aburrimiento, encendidas de calor, de bostezos y comentarios. El verde de los campos próximos al río apoyaba una débil frescura contra las ventanillas polvorientas.

Dejemos hablar al viento

Juan Carlos Onetti

Capítulo IV: Un perfume de Teresa

Ahora era tan suave, triste y lejano como un perfume que hubiera envejecido en un pañuelo. A veces venía, nunca se anunciaba. Generalmente, en sueños: yo veía la cara de Teresa o su manera de andar. Los lugares eran caprichosos y sus construcciones me desconcertaban. Nunca una palabra, jamás una mirada directa que buscase mi cara. En los sueños, silenciosos y en colores, yo la veía pasar, alzando a veces una mano para palpar el mensaje que Teresa no podía dejarme. Pero en la vigilia la recordaba siempre de una manera cruel, apenas modificada o desteñida, que me llenaba de furores y blasfemias.

El pozo

Juan Carlos Onetti

Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.

Cuando ya no importe

Juan Carlos Onetti

Para Carmen Balcells,
sin otro motivo que darle las gracias.

Serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en el una intriga novelesca.
Por orden del autor.
Per G.G.
El jefe de órdenes.

Mientras escribo me siento justificado; pienso: estoy cumpliendo con mi destino de escritor, más allá de lo que mi escritura pueda valer. Y si me dijeran que todo lo que yo escribo será olvidado, no creo que recibiría esa noticia con alegría, con satisfacción pero seguiría escribiendo, ¿para quién? para nadie, para mí mismo.
Jorge Luis Borges


Tiempo de abrazar

Juan Carlos Onetti

I

Con un largo suspiro M. Gigord volvió los dorados anteojos a la nariz. Por un momento las manos flacas y tristes continuaron moviéndose en el pañuelo.
—Tener una creencia, una fe, es indispensable para vivir. La religión católica es buena. Pero yo no puedo creer que se conceda el paraíso a espíritus que... en fin, espíritus que no han alcanzado un cierto grado de perfección.
Jasón asentía con la cabeza. M. Gigord lo miró fugazmente, con un gesto nervioso; mientras guardaba el pañuelo, agregó: