Los adioses

Hasta que un mediodía llegó al almacén antes que el ómnibus que repartía el correo y no se acercó al almanaque ni pidió cerveza. Se recostó en el árbol, afuera, con las manos en el bolsillo del pantalón, perniabierto, por primera vez sin corbata ni sombrero.
La mujer bajó del ómnibus, de espaldas, lenta, ancha sin llegar a la gordura, alargando una pierna fuerte y calmosa hasta tocar el suelo; se abrazaron y él se apartó para ayudar al guarda que removía valijas en el techo del coche. Se sonrieron y volvieron a besarse; entraron en el almacén y como ella no quiso sentarse pidieron refrescos en la parte clara del mostrador, buscándose los ojos. El hombre conversaba con vertiginosa constancia, acariciando en las cortas pausas el antebrazo de la mujer, alzando párrafos entre ellos, creyendo que los montones de palabras modificaban la visión de su cara enflaquecida, que algo importante podía ser salvado mientras ella no hiciera las preguntas previsibles.
Bajo los anteojos de sol, la boca de la mujer se abría con facilidad, casi a cada frase del hombre, repitiendo siempre la misma forma de alegría. Me sonrió dos veces mientras los atendí, agradeciéndome favores inexistentes, exagerando el valor de mi amistad o mi simpatía.
—No —dijo él—, no es necesario, no hay ventajas en eso. No es por el dinero, aunque prefiero no usar ese dinero. En el hotel tengo también médico, todo lo necesario.
Ella insistió un rato, cuchicheando sin convicción; debía estar segura de poder desarmar cualquier proyecto del hombre, y de que le era imposible vencer sus negativas distantes, su desapego. El se apartó del mostrador y fue hasta la sombra del árbol para convencer a Leiva de que los llevara en su coche al hotel; Leiva estaba esperando el ómnibus del sanatorio para recoger dos mujeres que iban a la ciudad. Terminó por decir que sí; tal vez el hombre le ofreció más dinero que el que valía el viaje, tal vez haya pensado que las mujeres estaban obligadas a no moverse del almacén hasta que él volviera.
La mujer de los anteojos oscuros me dirigió sus cortas, exactas sonrisas.
—¿Cómo lo encuentra? —preguntó; pensé que él le había hablado de mí en sus cartas, debió haber mentido sobre conversaciones y amistad.
Tuvo tiempo para decirme, con una voz nueva y jubilosa, como si el informe mejorara algo:
—Debe haber visto el nombre en los diarios, tal vez se acuerde. Era el mejor jugador de basquetbol, todos dicen, internacional. Jugó contra los americanos, fue a Chile con el seleccionado, el último año.
El último año debió haber sido aquel en que se dieron cuenta de que la cosa había empezado. Sin alegría, pero excitado, pude explicarme la anchura de los hombros y el exceso de humillación con que ahora los doblaba, aquel amasado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido, no sólo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción, del derecho a un orgullo. Había vivido apoyado en su cuerpo, había sido, en cierta manera, su cuerpo.
Acepté una nueva forma de la lástima, lo supuse más débil, más despojado, más joven. Comencé a verlo en alargadas fotos de "El Gráfico", con pantalones cortos y una camiseta blanca inicialada, rodeado por otros hombres vestidos como él, sonriente o desviando los ojos con, a la vez, el hastío y modestia que conviene a los divos y a los héroes. Joven entre jóvenes, la cabeza brillante y recién peinada, mostrando, aun en la grosera retícula de las sextas ediciones, el brillo saludable de la piel, el resplandor suavemente grasoso de la energía, varonil, inagotable. Lo veía acuclillado, con la cabeza desviada para ofrecer tres cuartos de perfil al relámpago del magnesio, los cinco dedos de una mano simulando apoyarse en una pelota o protegerla; y también en una habitación sombría, examinando a solas sin comprender, la lámina flexible de la primera radiografía, rodeado por trofeos y recuerdos, copas, banderines, fotografías de cabeceras de banquetes. Podía verlo correr, saltar y agacharse, sudoroso, crédulo y feliz, en canchas blanqueadas por focos violentos, seguro de ser aquel cuerpo largo y semidesnudo, convencido de la eternidad de cada tiempo de veinte minutos y de que el nombre que gritaba la multitud con agradecimiento y exigencia servía para expresarlo, mencionaba algo real y perdurable.
Mientras estuvo la mujer de los anteojos de sol no llegaron los sobres escritos a mano ni los de papel madera. Vivían en el hotel, y el hombre no volvió al depósito de basuras ni a la casita de las portuguesas; paseaban tomados del brazo, alquilaban caballos y cochecitos, subían y bajaban la sierra, sonreían alternativamente, endurecidos, sobre fondos pintorescos, para fotografiarse con la "Leica" que se había traído ella colgada de un hombro.
—Es como una luna de miel —decía el enfermero, apaciguado—. Lo que le faltaba al tipo era la mujer, se ve que no soporta vivir separado. Ahora es otro hombre; me invitaron a tomar una copa con ellos en el hotel y el tipo me hizo preguntas sobre mil cosas del pueblo. La enfermedad no les preocupa; no pueden estar sin tocarse las manos, se besan aunque haya gente. Si ella pudiera quedarse (se va el fin de semana), entonces sí le apostaría cualquier cosa a que el tipo se cura. ¿No lo ve cuando vienen al mediodía a tomar el aperitivo?
El enfermero tenía razón y no me era posible decirle nada en contra; y, sin embargo, no llegaba a creer y ni siquiera sabía qué clase de creencia estaba en juego, qué artificio agregaba yo a lo que veía, qué absurda, desagradable esperanza me impedía conmoverme, aceptar la felicidad que ellos construían diariamente ante mis ojos, con la insistencia de las manos entre los vasos, con el sonido de las voces que proponían y comentaban proyectos.
Cuando ella se fue, el hombre volvió a visitar la casa que había alquilado, a veces desde la mañana, con un envoltorio de cosas para el almuerzo, y no aparecía hasta la noche, arrinconado en su mesa del hotel, abstraído y lacónico, apresurándose a reconstruir los muros de separación que había derribado catorce días antes, exterminando todo tallo de intimidad con su mirada gris, discretamente desconsolada. Y también volvieron las cartas, dos días después de la partida de la mujer, emparejados los sobres con las anchas letras sinceras y los escritos con una máquina de cinta gastada.
Así quedamos, el hombre y yo, virtualmente desconocidos y como al principio; muy de tarde en tarde se acomodaba en el rincón del mostrador para repetir su perfil encima de la botella de cerveza —de nuevo con su riguroso traje de ciudadano, corbata y sombrero—, para forcejear conmigo en el habitual duelo nunca declarado: luchando él por hacerme desaparecer, por borrar el testimonio de fracaso y desgracia que yo me emperraba en dar; luchando yo por la dudosa victoria de convencerlo de que todo esto era cierto, enfermedad, separación, acabamiento. Entraba mirándome a los ojos, con la insinuación de sonrisa que le ahorraba el saludo, y dejaba de mirarme en seguida de recibir las cartas; las guardaba en el bolsillo del saco, tratando de no apurarse ni tropezar, la cabeza y el cuerpo inmóviles, fingiendo que nada tenían que ver con los cinco dedos que maniobraban con los sobres. A veces pedía cerveza; otras daba las gracias y se iba; entonces sí llegaba a sonreír de verdad y con esta sonrisa y con la voz del agradecimiento sólo buscaba tranquilizarme, decir que yo no era responsable de lo que dijeran las cartas.
—Gunz lo encuentra peor —contaba el enfermero—. Es decir, que no mejora. Estacionario. Usted sabe, a veces nos alegramos si conseguimos un estado estacionario. Pero en otros casos es al revés, el organismo se debilita. ¿Y cómo va a mejorar? Le aseguro que alquiló la casa sólo para emborracharse sin que lo vean. Tendría que irse al sanatorio; si yo tuviera la responsabilidad de Gunz, el tipo ya estaría boca arriba veinticuatro horas por día. Gunz tendría que darle un buen susto.
Asustarlo, pensaba yo; habría que inventar otro mundo, otros seres, otros peligros. La muerte no era bastante, la clase de susto que él mostraba en los ojos y los movimientos de las manos no podía ser aumentado por la idea de la muerte ni adormecido con proyectos de curación.
Así estábamos, como al principio, cuando el pueblo se fue llenando y docenas de hombres y mujeres, con ponchos de colores y gorras, pantalones de montar y anteojos oscuros se desparramaron por la sierra, los caminos, los hoteles, los bares con pista de baile y hasta por el mismo almacén. Era un buen año, era la misma ola que yo había visto llegar quince veces, cada vez más grande, más ruidosa, y más excitada; y el hombre se hundió en ella, el enfermero y las criadas del hotel dejaron de traerme informes, lo perdieron de vista y hasta yo mismo, ocupado por la atención del almacén, le entregaba las cartas a ciegas, desinteresado. Pero no del todo; porque el imaginado duelo continuaba y por las noches, cuando el almacén quedaba vacío o con sólo un grupo de hombres y mujeres que se habían refugiado allí para tomar la última copa —porque estaban de vacaciones, porque el salón del almacén era sórdido y sucio, porque el vino del barril los asombraba por malo y áspero, porque nunca se hubieran atrevido a entrar en un lugar así en Buenos Aires—, yo me dedicaba a pensar en él, le adjudicaba la absurda voluntad de aprovechar la invasión de turistas para esconderse de mí, me sentía responsable del cumplimiento de su destino, obligado a la crueldad necesaria para evitar que se modificara la profecía, seguro de que me bastaba recordarlo y recordar mi espontánea maldición, para que él continuara acercándose a la catástrofe.
Poco antes de fin de año dejó de usar el ómnibus para llevar sus cartas a la ciudad; iba a pie desde el hotel y a veces yo lo veía pasar, con su vestimenta sin concesiones al lugar ni al tiempo, abrumado y distraído, tan lejos de nosotros como si nunca hubiera llegado al pueblo, con un brazo rígido, independiente del movimiento de la marcha, la mano hundida en el bolsillo del saco donde yo sabía que estaba la carta recién escrita, apretando la carta con aprensión y necesidad de confianza, como si le fuera imposible prever la forma, el dolor y las consecuencias de sus heridas.
La idea fue del enfermero, aunque no del todo; y pienso además, que él no creía en ella y que la propuso burlándose, no de mí ni del almacén, sino de la idea misma. Estábamos mirando pasar los automóviles, viéndolos entrar y salir, lustrosos y empinados, de las nubes de tierra que alzaban en el camino, cuando la mucama se echó a reír y colocó en el mostrador el vasito de anís. Era la Reina y decían que pensaba casarse con el enfermero.
—Si ese coche negro va para el hotel —dijo la Reina—, vuelve pronto. ¿Lo vio si doblaba? Desde el lunes no tenemos ni un lugarcito. Y eso que en todo sitio armamos camas. No vamos a tener nada hasta febrero.
Ahora estaba seria y orgullosa; terminó el vasito con la boca en pico, mirándome a los ojos pidiéndome admiración y envidia.
—Y lo mismo pasa en el Royal —dij el enfermero—. No sé dónde se va a meter* la gente. Y siguen llegando. Con decirte que en el Royal tienen todas las mesas tomadas para Nochebuena y el treinta y uno. Yo que usted limpiaba esto con creolina, ponía una radio y daba un gran baile—. La mucama, la Reina, volvió a reírse; pero era sólo de excitación, una risita corta encima del pañuelo con que se enjugaba el sudor y el anís.
—¿Por qué no? —dijo entonces el enfermero, poniendo cara de hombre honrado—. Seriamente se lo digo. Esas dos nol ches vamos a tener mucha gente que no vi a encontrar dónde bailar y emborracharse para celebrar. Usted sabe cómo se ponen. El sabía, porque yo se lo había dicho! Todos, los sanos y los otros, los que estaban de paso en el pueblo y los que aún podían convencerse de que estaban de paso, todos los que se dejaban sorprender por las fiestas como por un aguacero en descampado, los que habitaban los hoteles y las monótonas casitas rojiblancas, todos adoptaban desde el atardecer de ambas vísperas, una forma de locura especial y tolerable. Y siempre las fechas les caían encima como una sorpresa; aunque hicieran planes y cálculos, aunque contaran los días, aunque previeran lo que iban a sentir y lucharan para evitar esta sensación o se abandonaran al deseo de anticiparla e irla fortaleciendo para asegurarle una mayor potencia de crueldad. Tenían entonces algo de animales, perros o caballos, mezclaban una dócil aceptación de su destino y circunstancia con rebeldías y espantos, con mentirosas y salvajes intentonas de fuga. Yo sabía que en las dos noches iban a mostrar a los mozos y a los compañeros de mesa, a todos los que pudieran verlos, al remoto cielo de verano sobre los montes, a los espejos empañados de los cuartos de baño, y mostrarles como si creyeran en testimonios imperecederos, sus ojos fervorosos y expectantes, cubiertos de censura y de un brillo endurecido. Sabía que iban a estar gimiendo sin sonido bajo la música, los gritos, las detonaciones, tendiendo sus orejas hacia supuestos llamados, de machos o hembras, de supuestas almas afines que se alzarían al otro lado de la selva, en Buenos Aires, o en Rosario, en cualquier nombre y distancia.
Estuve moviendo la cabeza y alzando los hombros entre el enfermero y la mucama, fingiendo que trataba de recordar y que no había en el recuerdo bastante para convencerme.
—Usted sabe que se ponen como locos —precisó el enfermero, volviéndose hacia la mucama para convertirla en aliada—. Quieren un sitio para bailar y tomarse unas botellas. Cualquier agujero que no sea aquel donde viven.
En aquel momento, ya no necesitaba del enfermero; había tomado una decisión y tenía resueltos casi todos los detalles.
—Muy de veras —dijo la Reina, mientras abría la cartera para pintarse—. Si usted pone más mesas y arregla un poco para que bailen... Música va a tener en la radio.
Yo estaba ya mucho más lejos; pensaba en el árbol, dónde conseguirlo y cómo adornarlo. Así que pude mirar al enfermero con amistad, olvidando la sospecha de que hubiera propuesto los bailes para burlarse de mí y del almacén: lo pude mirar con una sonrisa, recordando que había dicho "cualquier sitio que no sea aquel donde viven", sintiéndome capaz de tolerar que él tuviera más inteligencia de la necesaria para romper ampollas, clavar agujas y llevar dinero al banco cada sábado.
Ella volvió a reír y comentó con entusiasmo las dos noches de baile en el almacén; el enfermero le dijo una broma que contenía una proposición no comprometedora. Nuevamente grave y humilde, repitió:
—En serio le digo. Se puede llenar de plata.
Así que aparecieron mesas y se fueron amontonando en el salón del almacén, algunas prestadas, otras armadas con cajones, tablas y caballetes y todas las fui cubriendo con papeles de colores. Y el 24, aunque llovió toda la tarde y cayeron después algunos chaparrones, el salón se fue llenando y cada una de las mujeres tuvo una frase de simpatía o un gesto rejuvenecedor al descubrir el pino cargado de reflejos encima del mostrador. A pesar de la lluvia la radio funcionó toda la noche; bailaron un poco apretados, incómodos, mostrando que esto les gustaba, como les gustaba beber en tazas de bordes rotos y resignarse a las bebidas ordinarias y al ajo del matambre. Bailaron, rieron, cantaron y empezaron a irse bajo el aguacero, amigos míos de toda la vida.
Y la noche del 31 fue casi mejor, tuve más gente y hasta armé algunas mesas afuera. Pero a mitad de la noche empecé a sentirme cansado, aunque me ayudaba el chico de los Levy. De modo que cuando el enfermero oyó la bocina y salió afuera y vino a decirme sonriente, casi animándose a golpearme en la espalda, que llegaba el ómnibus de la ciudad con algunos pasajeros y lleno de grupos que venían a bailar en el almacén, puse cara de sorpresa y de alegría pero empecé a desear con todas mis fuerzas que terminara la noche.
Tal vez estuvieran todos borrachos; por lo menos yo había vendido lo suficiente. Cantaban y se preguntaban la hora; desde la mesa de los ingleses del Brighton, en un rincón, una mujer se puso a tirar serpentinas, primero a las demás mesas, después para que quedaran colgando de la guirnalda de alambre y flores de papel que atravesaba el salón desde la punta del arbolito de navidad hasta un barrote de la ventana. Era flaca, rubia, triste, vestida de negro, con un gran escote, con un collar de perlas, con un broche de oro encima del corazón, con una mueca nerviosa que le desnudaba la encía superior, una contracción alegre, asqueada y feroz que le alzaba instantáneamente el labio y se deshacía con lentitud; era una mueca que, simplemente, sucedía en su cara, regularmente, antes y después de beber un trazo de la mezcla de caña y vino blanco que había inventado el hombre gordo y rojo que presidía la mesa. Ella se echaba hacia atrás sobre el banquito de cocina, con el rollo de serpentina encima de la cabeza, observando cuidadosa la posición de la guirnalda, ya muy combada y cuyas flores parecían marchitarse; inclinaba de golpe el cuerpo hacia la mesa y el vestido colgaba casi descubriendo el pecho, las redondeces breves y melancólicas, y la serpentina silbaba al estirarse. No erraba nunca, aunque estaba lejos; así que Levy chico y yo teníamos que empujar con las bandejas la cortina de serpentinas y los bailarines las tocaban con las caras, giraban para envolverse en ellas procurando no romperlas, dando vueltas lentísimas, engañando el ritmo de la música.
Atravesamos el escándalo de la medianoche y sólo puedo recordar mi dolor de cabeza, su palpitación irregular y constante y, rodeándolo, la gente de pie alzando vasos y tazas, brindando y abrazándose, confundida con el tiroteo que alguien inició en la sierra y que fue resbalando hacia el Royal, hasta las casas sobre el camino, mezclada con ladrillos, con la voz presuntuosa del espiquer en la radio que alguien alzó hasta el aullido. La inglesa flaca, trepada en su banquito, sostenida por dos hombres, comía uvas blancas de un racimo que yo no le había vendido.
No puedo saber si la había visto antes o si la descubrí en aquel momento, apoyada en el marco de la puerta: un pedazo de pollera, un zapato, un costado de la valija introducidos en la luz de las lámparas. Tal vez tampoco la haya visto entonces, en el momento en que empezó el año, y sólo imaginé, no recuerdo, su presencia inmóvil situada con exactitud entre el alborozo y la noche.
Pero la recuerdo con seguridad, más tarde, cuando algún grupo decidió marcharse y los demás fueron descubriendo que les era imposible continuar allí, en el almacén, mientras afuera sonaban gritos y risas, los golpes de las puertas de los coches, los motores trepando la cuesta en segunda, hacia el hotel viejo o hacia el caserío de Los Pinos. Entonces sí la recuerdo, no verdaderamente a ella, no su pierna y su valija, sino a los hombres tambaleantes que salían, volviéndose uno tras otro, como si se hubieran pasado la palabra, como si se hubiera desvanecido el sexo de las mujeres que los acompañaban, para hacer preguntas e invitaciones insinceras a lo que estaba un poco más allá de la pollera, de la valija y el zapato iluminados.
Luego está el momento en que me detuve, detrás del mostrador, para mirarla. Sólo quedaban los ingleses del Brighton, los dos hombres fumando sus pipas, las tres mujeres cantando a coro, desanimadas, canciones dulces e incomprensibles, la más flaca estrujando el último paquete de serpentinas. Ahora ella estaba dentro del almacén, sentada cerca de la puerta, la valija entre los zapatos, un pequeño sombrero en la falda, la cabeza alzada para hablar con Levy chico que se moría de sueño. Tenía un traje sastre gris, guantes blancos puestos, una cartera oscura colgada del hombro; lo digo para terminar en seguida con todo lo que era de ella y no era su cara redonda, brillando por el calor, fluctuando detrás de las serpentinas suspendidas de la guirnalda y que empezaba a mover el aire de la madrugada.
El chico Levy la dejó para atender a los ingleses y vino a decirme que querían la cuenta; hice la suma y crucé delante de ella, sin mirarla, evitando ponerla en guardia, para poder continuar observándola desde atrás del mostrador. Pero cuando terminé de acompañar a los ingleses hasta el coche, de darles las gracias, de rechazar los elogios a mi fiesta, y de discutir con el más viejo si el tiempo de la tarde sería o no favorable para pescar en el dique, vi que el enfermero estaba sentado junto a ella. Comprendí que había aprovechado la posición de la muchacha, levantada para encontrar los ojos de Levy chico y pedirle algo; así que el enfermero tuvo que contentarse, todo el tiempo, con una expresión que no era para él, que estaba dirigida a otro, en realidad a cualquiera. Pero esto no lo desanimaba: seguía preguntando, asentía con entusiasmo cada vez que ella murmuraba algo, entendiendo eso y todo lo demás, lo que la muchacha decía y lo que estaba debajo de las palabras, con su pasado y su futuro.
Le dije a Levy chico que fuera cerrando y ordenara un poco.
—¿Te pidió algo la señorita?
—No —dijo, parpadeando, dejando que lo invadieran el sueño y el cansancio, que la cara se le llenara de pecas—. Lo que hay es que dice que tenían que esperarla aquí, que mandó un telegrama, que el tren llegó atrasado.
—¿Quién tenía que esperarla? —pregunté. Pensaba que ella era demasiado joven, que no estaba enferma, que había tres o cuatro adjetivos para definirla y que eran contradictorios.
—¿Quiere que le pregunte? —dijo Levy chico.
—Déjala. Ya vendrán a buscarla o la acomodaremos en el Royal o en cualquier lado. Pero pregúntale si tiene hambre o quiere tomar algo.
Mientras yo no miraba, el chico fue lentamente hasta la mesa y volvió.
—Quiere cerveza, no hay hielo, no tiene hambre.
Estuve moviendo la botella en el depósito de hielo para que se refrescara. "Es demasiado joven", volví a pensar, sin comprender el sentido de "demasiado" ni de qué cosa indeseable la estaba librando a ella, y no sólo a ella, a su juventud. Cuando me enderecé, el enfermero estaba de codos en el mostrador, sonriendo a sus manos, reticente, modesto y triunfal.
—¿Sabe? —empezó, mientras yo secaba la botella y examinaba su vaso.
—Espere —le dije, seguro de la importancia de no escucharlo en seguida. Fui hasta la mesa y destapé la botella, ella me agradeció con la misma cara que había alzado para Levy chico y mantenido junto al enfermero. Pero la cara conservaba bastante de lo que había sido cuando estuvo en la sombra, junto a la puerta del almacén, y tal vez algunos restos del viaje en tren y en ómnibus, y, si yo no lo estaba imaginando, de lo que era a solas y en el amor.
Lo supe en cuanto el enfermero preguntó "¿Sabe?"; o lo había sabido antes y me dejé despistar porque ella era demasiado joven... Pero no tenía motivos para presumir frente al enfermero, de modo que cuando volví al mostrador jugando con la tapa de la botella, soporté que él repitiera la pregunta y se demorara balanceando la sonrisa prologal. Cuando Levy chico fracasó por tercera vez con una persiana le dije que se fuera a dormir, que yo me encargaba de cerrar y que él podía venir a mediodía para ayudarme en la limpieza y cobrar. Todo esto por encima de los hombros del enfermero, de sus brazos cruzados en el mostrador, de su corbata de fiesta y del clavel blanco en el ojal; a través de la sonrisa indelicadamente grosera que continuaba segregando.
—¿Sabe? —le escuché por fin—. Es de no creer. La chica mandó un telegrama avisando que venía y que la esperaran aquí, en la parada, en el almacén. El tren vino atrasado, más de dos horas, y se fueron. Pero no la estuvieron esperando. ¿Se imagina quién? Uno del hotel viejo, que es también uno de la sierra. ¿Adivina? El tipo. Así es la cosa: una mujer en primavera, la chica esta para el verano. Y a lo mejor el tipo tiene el telegrama en el hotel y está festejando en el chalet de las portuguesas emborrachándose solo. Porque fui esta noche dos veces al hotel viejo, por la solterona del perro y el subcontador, y el tipo no apareció por ninguna parte. Borracho en el chalet, le apuesto. Ella quiere que alguien la acompañe hasta el hotel. Como el teléfono está atrás no se le ocurrió que puede llamar desde aquí. Ahora fíjese: ¿y si el tipo no está? También puede haber recibido el telegrama y no querer venir, es capaz.
—No llegó ningún telegrama; siempre llegan dos días después.
—Bueno —insistió el enfermero—, no pasó por aquí, no se lo trajeron a usted. Pero si era urgente, usted sabe, a veces aprovechan el viaje y lo llevan directo.
—¿Por qué iba a ser urgente? —pregunté casi enfurecido—. ¿Para avisar que llegaba? ¿Ella le dijo que lo mandó urgente? ¿Y por qué no le ofreció el teléfono?
—Sí —dijo el enfermero, impaciente y excusándose—. Pero espere.
—Dígale que entre y que llame al hotel —le dije, curioso, aplacándome—. El telegrama no va a llegar en tres días. O mejor llamamos nosotros.
—Espere, por favor —alzó una mano y sonrió nuevamente—. Llamamos en seguida naturalmente, y yo puedo conseguir un coche en el Royal para llevarla y si el tipo no está en el hotel la llevamos hasta el chalet. Pero ahora dígame, seriamente: ¿está enferma?, ¿se va a curar?, ¿pulmones? —Estaba borracho, sosteniendo su excitación, dilatando los ojos con una expresión intensa, inteligente—. ¿O se le ocurre que sólo viene, después de la otra de los anteojos de sol, a estar con él para que no se aburra? Dígame. Entonces resulta que el chalecito lo alquiló para esta chica. ¿No le parece una muchacha demasiado joven? —Estaba más borracho de lo que yo había pensado, burlándose, casi insolente; pero yo sentía que lo más fuerte era su intranquilidad, su confusión, y que me había elegido para odiar en mí una multitud de cosas.
—Vamos a telefonear —le dije, tocándole el brazo.
Ahora ella se había colocado de pie frente a la puerta del almacén, mirando hacia afuera, con las piernas firmes y las manos siempre enguantadas, blancas, unidas sobre la cadera, como si tuviera la estupidez necesaria para estar esperando que el telegrama llegara de un momento a otro al hotel viejo y obligara al hombre a bajar a buscarla. Fui hasta la puerta y le hablé y ella contestó evitando mirarme, con la cara dirigida hacia la oscuridad, las lucecitas escasas en la sierra. No le parecía bien llamar al hotel a esa hora; pedía que la llevara en auto hasta allí o la acompañaran a pie o le indicaran el camino. Cerré a medias el almacén mientras el enfermero cruzaba hasta el Royal. Cuando el enfermero detuvo frente a nosotros una voi-turette rojiza con chapa de Oncativo y sonó el teléfono y él fue a atenderlo, tomé la resolución de no pensar, temeroso de hallar los adjetivos que correspondían a la muchacha y de hacerlos caer, junto con ella, encima del hombre que dormía en el hotel o en la casita. Cuando el enfermero se nos acercó y me dijo —no me esperen, vayanse nomás— que tenía que volver al Royal para darle una inyección a la rubia de Lamas, que estaba peor, que ya no conocía, supe de pronto que los sobres marrones escritos a máquina eran de ella y que la mansa alegría de su cara me había sido anticipada, una vez y otra, con minuciosas depresiones correspondientes por la dulzura incrédula del perfil del ex jugador de basquetbol.
Sabía esto, muchas cosas más, y el final inevitable de la historia cuando le acomodé la valija en la falda e hice avanzar el coche por el camino del hotel. No intenté mirarla durante el viaje; con los ojos puestos en la luz que oscilaba elástica en el ca mino de tierra, no necesité mirarla para ver su cara, para convencerme de que la cara iba a estar, hasta la muerte en días luminosos y poblados en noches semejantes a la que atravesábamos, enfrentando la segura, fatua, ilusiva aproximación de los hombres; con la pequeña nariz que mostraba, casi en cualquier posición de la cabeza, sus agujeros sinuosos, inocentes; con el labio inferior demasiado grueso, con los ojos chatos, sin convexidad, como simples dibujos de ojos hechos con un lápiz pardo en un papel pardo de color más suave. Pero no enfrentando sólo a los hombres, claro, a los que iban a llegar después de éste a quien nos íbamos acercando, y a los que ella haría seguramente felices, sin mentirles, sin tener que forzar su bondad o su comprensión y que se separarían de ella; ya condenados a confundir siempre el amor con el recuerdo de la cara serena, de las puntas de sonrisa que estaban allí sin motivo nacido en su pensamiento o en su corazón, la sonrisa que sólo se formaba para expresar la placidez orgánica de estar viva, coincidiendo con la vida. No sólo enfrentando a los hombres, la cara redonda y sin perfumes que no trataba de resistirse a las sacudidas del coche, que se dejaba balancear asintiendo, con una candida, obscena costumbre de asentir; porque los hombres sólo podían servirle como símbolos, mojones, puntos de referencia para un eventual ordenamiento de la vida, artificioso y servicial. Sino que la cara había sido hecha para enfrentar lo que los hombres representaban y distinguían; interminablemente ansiosa, incapaz de sorpresas verdaderas, transformándolo todo de inmediato en memoria, en remota experiencia. Pensé en la cara, excitada, alerta, hambrienta, asimilando, mientras ella apartaba las rodillas para cada amor definitivo y para parir; pensé en la expresión recóndita de sus ojos planos frente a la vejez y la agonía.
—¿Usted lo conoce? —preguntó; tenía los codos sobre la valija y hacía girar el sombrerito.
—Viene al almacén.
—Ya sé. ¿Cómo está?
—Sería mejor preguntarle al médico. Pero va a estar bien, dentro de unos minutos. Usted sabe.
—Ya sé —volvió a decir.
Doblé a la derecha y entramos en el parque del hotel viejo. No me dejó cargar la valija; avanzó un poco atrás, alargando los pasos, la cara alzada hacia las estrellas que empezaban a esfumarse. Hablé con el sereno y esperamos en el hall de pie y separados, en silencio; el sereno apretaba el botón del teléfono y ella hacía girar la cabeza paciente y ansiosa, conociendo para el resto de su vida las distancias, el piso, las paredes, los muebles de un lugar que el hombre había atravesado diariamente.
Cuando él apareció en la escalera, flaco, insomne, en camisa, con una peligrosa ini clinación a la burla, anticipando, escalónl por escalón, antes de ver a la muchacha, antes de buscarla, su desesperanza, sus rápidas conformidades, hice un saludo con la mano y caminé hasta la puerta. Ella sonreía con la cabeza levantada hacia la excesiva lentitud del hombre y no se volvió cuando me dijo gracias, dos veces, en voz alta. Desde afuera, a través de la cortina de la puerta de vidrio, vi que el hombre se detenía, apoyándose en el pasamanos, encogido, hecha grotesta e infantil, por un segundo, su vieja, amparada incredulidad. Me quedé hasta verlos en la escalera, abrazados e inmóviles.
No hará bien a nadie, ni a ellos ni a mí, pensar, resolví cuando regresaba en el coche; el gerente del Royal estaba moviendo mesas ayudado por un peón; me senté para charlar y beber alguna cosa.
—Si fuera fin de año todo el año con sólo un año de trabajo yo no trabajo más —dijo el gerente, con rapidez, mostrando que lo había dicho muchas veces; es gordo, calvo, rosado, triste, joven—. La rubia de Lamas parece que no pasa la noche; el enfermero está con ella y los dos médicos. Justo al empezar el año.
Alguien tenía la ventana abierta en el primer piso del hotel; estaban bailando, se reían y las voces bajaban bruscamente hasta un tono de adioses, de confidencias concluyentes; pasaban bailando frente a la ventana, y el disco era "La vida color de rosa", en acordeón.
—Necesitamos un poco más de propaganda y un poco menos de controles —dijo el gerente. No le importaba el tema, espiaba, como siempre, mi cara y mis movimientos, nervioso y agradecido—. ¿Otra cerveza, por favor? La industria hotelera es muy especial, no puede ser manejada como los demás negocios. Aquí, usted lo sabe muy bien, el factor personal es decisivo.
La noche ya se había hecho blanca y los gallos gritaban escalonados en la sierra; dejaron de bailar y una mujer cantó, en voz suave, en francés, "La vida color de rosa", que había vuelto a poner en el tocadiscos.
—Usted todavía puede hacer una buena fiesta para el día de reyes —le dije al gerente; la mujer de arriba cantaba marcando mucho el compás, exagerando las pausas, como si cantara para que otro fuera aprendiendo—. Y si el tiempo ayuda, puede estar seguro de que el hotel se le va a llenar todos los fines de semana.
—Pienso lo mismo —contestó el gerente; destaparon otra botella y yo alcé mi vaso.
—Va a ser un buen año, esté seguro.
—Todos los años impares son buenos —asintió él.
Desde las primeras horas del año impar el hombre se fue del hotel viejo; lo supieron al día siguiente, a media mañana, cuando apareció para llevarse algunas ropas —no todas, no desocupó la habitación aunque no vino a dormir allí mientras la muchacha estuvo en el pueblo— y para combinar que le llevaran diariamente una vianda con comida a la casa de las portuguesas.
De modo que se fueron para la sierra poco después que yo dejé de verlos abrazados en la escalera, cuando el cuerpo de la muchacha corregía la furia inicial para ofrecer solamente cosas que no exigían correspondencia: protección, paciencia, variantes del desvelo. Deben haber subido hasta la pieza, pero sólo por un momento, sólo porque él necesitaba vestirse y ella quería mirar los muebles que él usaba. Se fueron caminando en la noche y subieron la sierra, él con la valija de la muchacha y tomándole una mano para guiarla, medio paso más adelante, orgulloso e insistente, disuelta su impaciencia por llegar en aquella sensación de dominio, de autoridad benigna, disfrutándola como si la robara, sabiendo que en cuanto cerraran la puerta de la casita iba a quedar nuevamente despojado, sin nada perdurable para dar, sin otra cosa auténtica que antigua y amansada desesperación.
La muchacha se quedó menos de una semana y en ninguno de aquellos días volví a verlos, ni nadie me dijo haberlos visto; en realidad, ellos existieron para nosotros sólo en el viaje diario, al mediodía, del peón del hotel que remontaba la sierra con la vianda y un diario bajo el brazo. Y existieron, también para mí, en las dos cartas que llegaron, los sobres con las letras azules y vigorosas que guardé en el fondo del cajón de la correspondencia, separados de los demás. Y todo lo que yo podía pensar de ellos —y para ellos, además, con el deseo vago y supersticioso de ayudarlos— era el trabajoso viaje en la oscuridad, tomados de la mano, silenciosos, él un poco adelantado, advirtiéndole los peligros con la presión de los dedos, la ancha espalda doblada como para simular el esfuerzo de arrastrarla, las cabezas inclinadas hacia el suelo desparejo e invisible, el ruido de los primeros pájaros encima de sus hombros, paso a paso, regulares y sin prisa sobre la humedad de la tierra y del pasto, como si la casa estuviera a una altura infinita, como si el tiempo se hubiera inmovilizado en el primer amanecer del año.
No volví a verlos hasta la víspera de Reyes; no pude verlos de otra manera que andando cabizbajos, ligados por dos dedos, a través y hacia arriba de una noche en suspenso, hasta que el enfermero cruzó por la tarde desde el Royal, puso un codo sobre el mostrador y murmuró sin mirarme, con la pronunciación de alguno de los ingleses del Brighton:
—Una cerveza helada, si le viene bien. —Se echó a reír y me palmeó—. Así están las cosas. Por fin dejó la cueva y almorzaron en el hotel; ella se va hoy. Puede ser que ya no aguantaran más eso de estar juntos y encerrados. De todos modos, parece un suicidio. Se lo dije a Gunz y tuvo que darme la razón. Y el tipo siguió con la cuenta del hotel, completa, toda la semana. Y, hablando de todo, hace mal también por ella; no es caballeresco, no debía haberla llevado al hotel, donde todo el mundo lo vio vivir con la otra. Todos saben que han dormido juntos en el chalet desde que ella llegó. Y ella, puede imaginarse, todo el almuerzo mirando el plato, escondiendo los ojos. En todo caso, él no debiera exponerla, provocar mostrándola. Yo no lo haría, ni usted.
Fue entonces cuando los vi llegar del brazo por el camino, el hombre cargado con la valija y vestido como si fuera a tomar el tren para la capital; conversaron un poco detenidos bajo el sol y después doblaron hacia el almacén. Me incliné para abrir el cajón de la correspondencia y volví a cerrarlo sin meter la mano. Los miré como si no los hubiera visto nunca, pensando qué podría descubrirles si los enfrentara por primera vez. Era la despedida, pero él estaba alegre, intimidado, incómodo, mirándonos a mí y al enfermero con una sonrisa rápida.
Se sentaron junto a la reja, en la mesa del enfermero, la mesa de los ingleses a fin de año. Pidieron café y coñac, pidió ella, la muchacha, sin apartar los ojos de él. Susurraban frases pero no estaban conversando; yo continuaba detrás del mostrador y el enfermero delante, dándome la espalda, mostrando a la puerta la cara de entendimiento y burla que hubiera querido dirigir a la mesa. El enfermero y yo hablamos del granizo, de un misterio que podía sospecharse en la vida del dueño de El Pedregal, del envejecimiento y su fatalidad; hablamos de precios, de transportes, de aspectos de cadáveres, de mejorías engañosas, de los consuelos que acerca el dinero, de la inseguridad considerada como inseparable de la condición humana, de los cálculos que hicieron los Barroso sentados una tarde frente a un campo de trigo.
Ellos no hacían más que murmurar frases, y esto sólo al principio; pero no conversaban: cada uno nombraba una cosa, un momento, construía un terceto de palabras. Alternativamente, respetando los turnos, iban diciendo algo, sin esforzarse, descubriéndolo en la cara del otro, deslumhrados y sin parpadear, con un corto susurro, jugando a quien recordaba más o a quien recordaba lo más importante, despreocupados de la idea de la victoria. No dejé de vigilarlos, pero ni yo ni el enfermero podíamos oírlos. Y cuando andábamos por el reumatismo del dueño de El Pedregal y por el amor exagerado que tenía por los caballos, ellos dejaron de hablar, siempre con las miradas unidas. El enfermero no se dio cuenta del silencio o creyó que no era más que una pausa entre las frases con que probaban suerte. Recostado con la cintura en el mostrador, desviando un poco hacia mí la cabeza dirigida a la puerta, dijo:
—Leiva fue una especie de capataz en El Pedregal. Especie, digo. Me imagino que para el gringo no sería más que un sirviente. Lo demás era mentira; pero cuando la potranca se quebró, el gringo la mató de un tiro y aquel día no comieron en la estancia porque el gringo no quiso. Ni en los puestos.
Estaban callados, mirándose, ella boquiabierta; el tipo ya no le acariciaba la mano: había puesto la suya sobre un hombro y allí la tenía, quieta, rígida, mostrándomela. Seguí hablando para que el enfermero no se volviera a mirarlos; hablé del cuerpo gigantesco del gringo, torcido, apoyado en un bastón; hablé del empecinamiento, hablé del hombre y de la potranca, de la voz extranjera que asestaba, terca, persuasiva, segura del remate inútil, contra la cabeza nerviosa del animal, contra el ojo azorado.
Y ellos estaban mudos y mirándose, a través del tiempo que no puede ser medido ni separado, del que sentimos correr junto con nuestra sangre. Estaban inmóviles y permanentes. A veces ella alzaba el labio sin saber qué hacía, tal vez fuera una sonrisa, o la nueva forma del recuerdo que iba a darle el triunfo, o la confesión total, instantánea de quién era ella.
Algunos entraron a comprar y a traerme historias; un camionero atracó para pedir agua y una dirección; el último ómnibus para Los Pinos pasó sacudiéndose, desganado, cuando el sol empezaba a prolongar la sombra de la sierra. Adiviné la hora y miré el despertador colgado en un estante. Ellos estaban quietos en la mesa, la muchacha con los brazos cruzados sobre el pecho, empujando el respaldo de la silla para ganar distancia y ver mejor; él, de espaldas, ancho y débil, la mano en el hombro, el sombrero escondiéndole la nuca. "Sin otro propósito que el de mirar, sin fatiga, sin voluntad", pensé a medida que daba vueltas junto a ellos, sin resolverme a decirles que el ómnibus para la ciudad debía estar por llegar. Ahora pude ver la cara del hombre, enflaquecida, triste, inmoral. El enfermero me miraba con una sonrisa cargada de paciencia.
—El ómnibus —les dije—. Va a llegar en seguida.
Movieron la cabeza para asentir; volví a mi sitio en el mostrador y hablé con el enfermero de que es inútil dar vueltas para escapar al destino. El enfermero recordó varios ejemplos.
El ómnibus se detuvo frente al almacén y el guarda entró a tomar una cerveza; estuvo mirando la valija junto a la muchacha.
—No sé —dijo el enfermero, haciendo una sonrisa maquinalmente envilecida—. Podemos preguntar. —Parecía enfurecido cuando golpeó las manos—: ¡Ultimo ómnibus!
Ellos no se movieron; el enfermero encogió los hombros y apoyó de nuevo su cintura en el mostrador; yo sonreí al guarda, cara a cara. Ya se había ido el ómnibus y empezaba la noche cuando pensé que no bastaba que ellos estuvieran fuera de todo, porque este todo continuaba existiendo y esperando el momento en que dejaran de mirarse y de callar, en que la mano del hombre se desprendiera de la tela gris del traje para tocar a la muchacha. Siempre habría casas y caminos, autos y surtidores de nafta, otra gente que está y respira, presiente, imagina, hace comida, se contempla tediosa y reflexiva, disimula y hace cálculos.
De pie contra la luz violácea de la puerta —él cargaba la valija y me sonreía, parpadeando, autorizándome a vivir—, la muchacha alzó una mano y la puso sobre la mejilla del hombre.
—¿Vas a ir a pie? —preguntó. El continuaba mirándome.
—A pie. ¿Por qué no? A veces camino mucho más que eso. No necesitamos apurarnos para alcanzar el tren.
Ensayaba, para mí, para los otros, los demás que yo representaba, asomándose detrás de la deliberada pesadez del enfermero, servicial y como una fotografía, una sonrisa de la que no le hubiera creído capaz y que, no obstante, ella contemplaba sin asombro; una sonrisa con la que proclamaba su voluntad de amparar a la muchacha, de guardarla de preocupaciones transitorias, de suavizar la confesada imposibilidad de mantenerla aparte de lo que simbolizábamos el enfermero y yo, el almacén, la altura de la sierra.
Movieron las manos para despedirse y salieron al camino. Tenían que hacer dos cuadras a lo largo de la cancha de tenis del Royal y los fondos del tambo; después doblarían a la derecha para andar entre paredones de tierra rojiza, sobre un sendero zigzagueante, en declive, hasta surgir frente al foco y la bandera del puesto policial. Marcharían del brazo, mucho menos rápidos que la noche, escuchando distraídos el estrépito de alharaca y disciplina que les iba a llegar desde la izquierda, desde los edificios flamantes del campo de aviación. Tal vez recordaran aquella marcha en otra noche, cuando llegó la muchacha y subieron la sierra hasta la casita; tal vez llevaran con ellos, secreto y actuante, pero no disponible aún como recuerdo, el viaje anterior, los sentidos obvios que podían añadirle y extraerle.