Reflexiones de un reexiliado

Juan Carlos Onetti

Arrastrado por otro congreso literario, estoy en Tierra Caliente, sin niña Chole ni padre incestuoso y temible. Tampoco cultivo la esperanza de ser nombrado, ni autonombrarme Capitán General. Sin embargo, se trata de una auténtica sonata de estío hecha por el paisaje, los torvos pájaros y el sol que ya tiene en literatura su propio adjetivo inseparable: implacable.
Árboles, arbustos, pueblos con nombre impronunciables. Pero la cordialidad de la gente, más abierta y agresiva de cariño, me recuerda diariamente los brazos siempre abiertos de mis amigos de Madrid.
Porque a cierta edad, dejando obligado las amistadas, los cafés, las calles tantas veces transitadas que era -y sí que era- como andar por casa, es difícil, no del todo sincero, ir construyendo un nuevo grupo de amigos, amar una ciudad que no es aquélla.
Pero no es imposible. Los días pasan y nuevos cariños se van fortaleciendo.
Lo verdaderamente difícil es vivir un segundo exilio, esta vez no impuesto, hijo del deseo de conocer otras cosas mientras dure el tiempo que nos ha sido asignado. Difícil, repito, entrar sin prevenciones, sin dudosas cortesías en otra ciudad, pueblo o simplemente abandonados a los recibos cálidos de un grupo de nuevos amigos, entrar sin prejuicios en una peña literaria que -oh, timidez-puede ser resbaladiza.
Uno sabe que el segundo exilio será relativamente breve y que el primero es definitivo y se hace extrañar.
Lo extraño, pero sigo. No podría dejar de hacer este artículo una referencia bien concreta a los amigos mejicanos o exiliados en México, donde nadie olvida, mejicanos españoles, cómo fueron recibidos los exiliados del 39. Pero aquí refiero a las clases cultas con las que me fue obligado alternar.
Hablo, quiero hablar, de otra cosa. Del pueblo mejicano, el taxista, la camarera, el mesero. En todos ellos encontré simpatía y ayuda, siempre reforzada cuando se convencían de que yo no era "un gringo turista" sino un ex hispanoamericano (hoy madrileño). Eran amigos pero no olvidaban a Hernán Cortés y a Moctezuma. Hay en el pueblo mejicano, en su gente mestizada, una gran bondad abierta al visitante que no sea rubio y de ojos celestes. Pero también hay -y el mejicano que sepa leer y me lea estará de acuerdo- una reserva ingénita, heredada a través de muchas generaciones, que se traduce en silencio y sonrisa.
Nosotros, me incluyo, somos otros. Somos ajenos, somos visitadores que ven y graban sus miserias. Y, a veces, las escriben y publican. De ahí un leve pero inevitable muro de mudez ante el extranjero, un muro erigido con afecto y dudoso cariño.
Pero todo esto fue escrito por influencia de un rápido crepúsculo tropical.
La verdad, si uno hace una lista de dos columnas, como Robinson Crusoe, es que el balance resulta favorable.
Muchos y buenos son los colegas en evasión y letras que me encontrado en México. La mayoría formada por viejos amigos del Cono Sur, el resto, por frescos amigos residentes en diversas partes del mundo que acudieron al Congreso y me manifestaron simpatía y compresión.
Largas charlas, o pláticas, nos reunieron las madrugadas calurosas y todos comprobamos que no sólo nos unía el origen común de nuestros exilios, sino también la esperanza de que en los países abandonados se produzca un incruento cambio de dictadura a democracia, cambio del que dio ejemplo España.
Hubo también un fortísimo lazo de unión entre todos nosotros, lazo que por consabido parece no notarse: la lengua común, la lengua que trajeron los conquistadores junto con su ansioso afán de oro, de fuentes de eterna juventud y la falta de temor al mestizaje.
Como es sabido, la democracia mejicana consta prácticamente de un solo partido político: el Partido Revolucionario Institucional. Claro que esto despierta muchas críticas entre los opositores. El Presidente de la República, en vísperas de concluir su sexenio de gobierno, designó al hombre que habrá de sustituirlo. De aquí .se derivan numerosos chistes; finalizo con éste.
En un diálogo entre un norteamericano y un mejicano, el primero dice con orgullo:
-En nuestro país tenemos un sistema de computadoras tan excelente que a las seis horas de terminada una elección presidencial podemos conocer el nombre del triunfador.
-Vaya gracia -responde el mejicano-, aquí estamos tan adelantados que lo sabemos un año antes.

(Julio de 1980)